Un beso es una llave que puede abrir distintas puertas.

Y nunca está sólo, es todo lo que va con él.

No discutiré cual es el mejor de los besos. Ni dónde, cuándo o quién.

Sólo narraré como debe darse, según mi opinión, para que este abra la más difícil de todas ellas, la del alma.

 

Jamás tengas prisa por besarme en nuestro primer beso. Jamás confundas por pasión la violencia. Bésame despacio y con ternura.

Porque aunque este sea el primero de muchos, será este con el que te recuerde; el que me traiga tu sabor a la boca, el que erice mi piel. Y cada vez que piense en él, morderé mi labio, intentando en ese recuerdo sentirte otra vez.

Mírame a los ojos, pero sin fijarte en ellos. Busca algo más que mi iris, mi pupila. Busca dentro de ellos para que yo pueda perderme en los tuyos.

Y acércate.

Acércate lo suficiente para que lo único que nos separe sea el aire.

Pégate a mí hasta que sólo quede espacio para nuestro aliento.

Sin dejar de mirarme. Aún no.

Percibe mi energía. Esa que me acerca a ti. Y espera hasta que mis sentidos se nublen por el hechizo que precede al beso, hasta que toda yo esté concentrada solo en tus ojos. Inhala mi perfume y deja que mis pulmones se llenen del tuyo.

Prolonga este momento. Deja que mi mente atesore cada matiz, pero interrúmpelo antes de que sea consciente de todos los detalles.

Interrúmpelo posando tus labios en los míos. Dejándome sentir la suavidad de su textura. Apenas acarícialos, para alejarte de nuevo.

Y vuelve a posarlos.

Bésame cubriendo por completo mis labios con los tuyos, y siente a través de ellos como mi corazón se acelera. Presiónalos inhalando aire, llenando tus pulmones antes de abrir tu boca.

Observa como cierro los ojos para entregarme a ti, porque toda yo, estoy ya en ese beso.

Déjame sentir la humedad de tus labios y permite que yo también tome aire. Y entonces, vuelve a besarme. Dame tu sabor y toma el mío.

Permíteme perderme en la agua de tu boca, moviendo mis labios, encajándolos con los tuyos.

Y entra en mí. Entra en mí con tu lengua. Bienvenida invitada. Déjala que juegue con la mía.

Rodea con tus manos mi rostro y consiénteme apoyarme en tu hombro, en tu nuca. Enreda mi pelo entre tus dedos, y permanezcamos así, atados, mientras nuestras bocas siguen moviéndose, aún despacio, con calma.

Y entonces antes de alejarte déjame retener un poco más tu labio inferior. Deja que lo deguste antes del final.

Abriré mis ojos para mirarte, no para ver más allá, si no para estudiar tu rostro, tu brillo, y percatarme una vez más, que esa energía que me atrajo a ti sigue indemne.

Déjame ver quién ha tocado mi alma.

Y después, no dejes de besarme…

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