Hace tiempo asistí a un taller en las cuales el facilitador propuso llevar el libro que más nos había impactado para “convencer” al resto de los participantes de leerlo. Debíamos entonces despertar el interés de los demás por esa maravilla que había calado tan fuerte en nosotros y nunca en la vida podríamos olvidar. Antes de  tomar la palabra, teníamos que colocar nuestros libros sobre una mesa, como en una especie de exposición de obras de arte. Con ello se despertaría nuestra curiosidad. Al pasearnos por aquellas reliquias intuí cierta aversión por el libro que yo llevé, sobre todo por parte de quien dirigía el taller. Cuando llegó la hora de hacer nuestra presentación formal del libro, no intervine, pues la mirada prejuiciosa del tallerista había acabado con mi deseo de participar. Aquél hombre de mirada fría y hostil, hizo que por primera vez en mi vida me sintiera avergonzada de lo que había leído. Hoy día puedo agradecerle, pues, desde ese entonces no he dejado de leer con ahínco todo lo que pasa por mis manos, es como si quisiera demostrarle que yo sí puedo llegar a manejar obras literarias de envergadura y no simples “libritos”, como aquél que llevé ingenuamente al taller. También puedo asegurar que no hay peor error a la hora de promocionar la lectura, que censurar lo que a los participantes de la actividad les gusta leer, pues, aunque yo no creé un rechazo hacia la lectura, otra persona en iguales circunstancias lo hubiese hecho, pues, -y no está de más aclararlo- aquél tallerista le faltó averiguar por qué una adulta como yo, podía sentir tanto apego por un libro tan “insignificante”, en vez de hacer conjeturas inmediatas y simplistas. Como promotores de lectura debemos reconocer y respetar el potencial de los demás, aún cuando éstos sientan preferencia por tendencias contrarias a las nuestras. La cuestión sería ¿Por qué quien promociona la lectura cree tener el poder para decidir qué o cómo deben leer los demás?... Por los momentos sólo puedo contarles que mi “librito” se trataba del famoso Manual de Urbanidad, el cual conservo con especial cariño por ser el primero con el cual leí por iniciativa propia. Paseaba por sus páginas con deleite, pero antes me pasaba horas mirándole la portada y preguntándome ¿Por qué los niños de la foto tenían ponqués, nata, leche, queso, frutas para desayunar y yo solo una arepita?

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