A comienzos del Siglo XX una cantidad considerablemente grande de venezolanos tuvo acceso a la poética de Andrés Eloy Blanco. Los procesos de edición de la época permitieron, aún con sus naturales limitaciones, que muchos ciudadanos tuviesen contacto con aquellas producciones. Cada estudiante de los niveles: inicial, primaria y secundaria, pudo disfrutar, analizar y justipreciar los poemas de este célebre escritor. Podría asegurarse que fue el autor más difundido de ese entonces y por tanto, uno de los más reconocidos, valorados y recordados. Por ello tal vez, es que para las nuevas generaciones es vital que se abran oportunidades de edición y difusión de las obras literarias que consiga, al igual que la obra de Blanco, llegar a más y más número de lectores posibles. Habrá muchos que estarán diciéndose que el riesgo mayor de hacer una masificación de obras “noveles” es que se pierda tiempo y dinero, pero ¿No será peor que no se les conceda una oportunidad a los nuevos talentos por considerarlos una inversión poco rentable? Si no pensemos por un momento en ¿Quién fue alguna vez un Ramos Sucre? O ¿Un Manuel Felipe Rugeles? La fama y la gloria no son la única inspiración que mueve a un artista a producir obras de arte. De hecho, los más grandes maestros, como el inolvidable Aquiles Nazoa, han señalado, aunque pueda sonar gracioso y hasta paradójico, que “si se escribe para comer, ni se come ni se escribe”...Ahora bien, si la edición y difusión se resuelven, quedaría aún un problema ¿Cómo hacer para que leamos al talento nacional y al regional, si por lo general nuestra actitud ante lo autóctono es un tanto egoísta y preferimos la mayoría de las veces a los artistas extranjeros? ¿Cómo convencemos a un maestro apegado a la vieja escuela que un poema sin métrica y rima de Yildret Rodríguez tienen la misma profundidad que los de Blanco? ¿Cómo acercamos a un amante de la poesía clásica, a los poemas propuestos en los “Dragones de Papel”  o los de la “Antología de la novísima poesía merideña”? ¿Cómo convencemos a un maestro apegado a la vieja escuela que la novela “La huella del bisonte” de Héctor Torres es tan interesante como la tradicional “Piedra de mar” de Massiani? Buenas preguntas!!!! Sobre todo para aquellos que promueven la poesía con las “Coplas a la muerte de mi padre” de Manrique o torturan a sus alumnos haciendo el árbol genealógico de los Buendía.

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