Después de las manifestaciones contra el pensionazo conviene quizás una reflexión. No se puede dudar de la capacidad de convocatoria de las organizaciones sindicales con respecto a sus militantes y afiliados. Las bases de los sindicatos respondieron con coherencia a su pertenencia y se agruparon en torno a sus dirigentes en la protesta, se mostraron unidos en la reivindicación y ofrecieron la cara combativa de su lucha.
Hasta aquí todo bien. Era lo menos que se podía esperar. Pero eran minoría aquellos, que sin afiliación, salieron a la calle a expresar su descontento, pocos los participantes anónimos, pocos los que hartos de tropelías no aprovecharon la oportunidad. ¿Por qué? La convocatoria fue pública, no excluyente y con una notable publicidad previa. Entonces, ¿por qué no fue un acto social, sólo sindical?
A mi entender, hay dos lecturas. La primera nos situaría en un país pasivo, sin sangre, cómodo ante una situación desesperada y desesperante. Esto no nos pega. No creo que éste fuera el motivo por el que muchos quedaron en casa. La segunda posibilidad se me antoja más real. La desilusión, la apatía ante una dirección política y económica nefasta del Gobierno, la sensación de más de lo mismo al observar la oposición, y la falta de combatividad y fortaleza que han estado mostrando los sindicatos hasta este momento, anularon los deseos de muchos de mostrar su indignación con todo, repito, con todo lo que acontece, no únicamente pensiones. El hecho tangible de la alineación mantenida con el Gobierno por las organizaciones de trabajadores hasta que no les ha reventado la situación en los morros, puede que nos haya conducido a muchos a pensar que la lucha de los trabajadores agoniza y muere: políticos y sindicalistas son lobos de la misma manada. Yo, de Méndez y Fernández Toxo, me lo haría mirar.

(Publicado Información de Alicante 25 febrero 2010)

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