Una flor silvestre a tus piés... con la inmensidad de lo pequeño.

La Real Academia Española te define…

“silvestre.

(Del lat. silvestris).

1. adj. Criado naturalmente y sin cultivo en selvas o campos.

2. adj. Inculto, agreste y rústico.”

Los Botánicos dicen que:

“… los cuatro ciclos florales son:

Cáliz (formado por los sépalos)

Corola (formado por los pétalos)

Androceo (formado por los estambres)

Gineceo (formado por los carpelos)”

 

Y yo… ¿cómo te defino?

“Expresión de amor del Creador”.

Y no quiero saber si eres silvestre o cuáles son tus partes.

Sólo deseo sentir tu belleza; no pensarla ni analizarla. Sólo sentir lo que me produce tu ser.

Ver cómo tu belleza se alza altiva y majestuosa, queriendo alcanzar el cielo y la mano de Dios, para que te proteja de quienes al pasar inadvertidamente te pudieran pisar.

La inmensidad de lo pequeño en ti, me permite sentir que somos uno e indivisibles. Que provenimos de la misma fuente y nos alimentamos del amor existente a nuestro alrededor.

Sentir más que pensar, ya que la razón y el análisis nada tienen que hacer en el mundo del amor.

Frenan o rompen nuestras alas y nos convierten en uno más de los ángeles caídos en su mundo. Mundo de la aparente seguridad que el materialismo nos proporciona.

Sea la razón en este plano, sólo un puente entre lo divino y mundano y nos permita cruzar de la inteligencia razonable a la sensibilidad del amar.

Desearía que la Real Academia Española me definiera como:

“Humano Silvestre

Del lat. Homo silvestris

1. adj. Creado Naturalmente e Inculto en la sociedad actual.

2. adj. Carente de razón por la gracia de Dios”.

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