Dios no sólo nos ofrece la posibilidad de mantener una relación personal e íntima con él, quien es nuestro Padre, sino también de formar parte de la familia cristiana y de vivir felices, sintiendo el afecto que reina en ella.

Los privilegios de esta familia no nos son concedidos por una autoridad religiosa, sino por la fe. Y en esta familia cada uno:

–Está inscrito por toda la eternidad en el registro civil del cielo, porque ha creído en Jesucristo.

–Mantiene una relación afectiva de un hijo con su Padre, a quien conoce y ama.

–Tiene derechos de heredero, de coheredero con Cristo (Romanos 8:17) en la futura gloria del cielo.

–Tiene un lugar preparado en la casa del Padre, morada de paz y amor (Juan 14:2-3).

–Vive activamente el lazo que lo vincula con los demás: “Que os améis unos a otros; como yo os he amado” (Juan 13:34).

En esta familia la responsabilidad de los hijos es reproducir los caracteres del Padre: santidad, luz y amor, mientras esperan el regreso de Jesucristo.

No permanezca mirando de lejos esas realidades: ¡son riquezas que están a su alcance!

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