Con liviana humanidad, etérea
soñé ayer que volaba
alto, por la deslizada huella
que el soplo de la noche dibujaba.
Orgullosa, altanera y escapista
iba mi libertad encamisonada
mientras en la ciudad, sobre las calles
altiva, con desdén, la madrugada
le ofrecía en dolor al pavimento
lentejuelas plateadas.
Los cables negros, altos, infinitos,
prolijos pentagramas,
deshacían su música de ausencias
en notas cenicientas y apagadas.
Las casonas, los autos, los jardines
aquietados abrazan
la sombra de la luna que bosteza
rutinas desveladas.
Henchido de aire mi extasiado asombro
atiborrado vaga,
mudando los pulmones de la urbe
de su sueño de ramas.
Desciendo lento al cuarto y por los ojos
claros de mi ventana
en puntillas de sol ingresa el día
y se enrosca en mi cama.

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