Este proverbio latino significa: «la voz del pueblo es la voz de Dios», es decir, lo que el pueblo decida de común acuerdo debe imponerse como si fuera la voluntad divina.

Sin embargo, la historia presenta muchos ejemplos que muestran la inexactitud de este proverbio. Sabemos cuán influenciables son las muchedumbres. En el pasado algunos dirigentes hábiles supieron manejar las masas con el propósito de lograr sus propios objetivos, lo cual dejó trágicas consecuencias.

Varias veces la Escritura habla de la actitud negativa de las multitudes. Por ejemplo, cuando hubo un motín en Éfeso, la Biblia dice que “unos, pues, gritaban una cosa, y otros otra; porque la concurrencia estaba confusa, y los más no sabían por qué se habían reunido” (Hechos 19:32). Pero la prueba más evidente de que la opinión de la multitud puede oponerse a Dios nos es dada cuando Jesús fue condenado. Frente a la muchedumbre aulladora que pedía su muerte, el gobernador Poncio Pilato accedió al deseo del pueblo, entregándoselo para ser crucificado. Solo en la hora de su suplicio, Jesús soportó todo para salvar a seres perdidos. Murió rechazado por el mundo, para que el cielo pudiera recibir a los creyentes salvados por su sacrificio en la cruz.

La Palabra de Dios también habla de otra multitud. Se trata del conjunto de los creyentes rescatados por la obra de Jesús en la cruz. Llegará el día en que adorarán y darán gracias al Señor en perfecta unanimidad.

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