Dios es luz y conoce todos los pensamientos de los seres humanos. Esta realidad debería hacer reflexionar tanto al creyente como al que todavía no ha aceptado el perdón ofrecido por Jesucristo.

Para el creyente, este pensamiento de la luz de Dios lo vuelve serio y apacible. En su gracia Dios quiere enseñarle a dejarse iluminar por la verdad, a evitar los caminos de muerte y mentira que seguía antes de conocer a Jesús. El hijo de Dios sabe bien que es propenso a pecar, que en su corazón pueden nacer muchos pensamientos malos. Entonces, como David, puede pedir al Señor que lo ilumine y lo dirija: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno” (Salmo 139:23-24).

En cuanto al incrédulo, que no piense que puede escapar de la mirada de Dios. Debe aceptar y decir, como esa mujer que Jesús encontró cerca de un pozo: “Me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo?” (Juan 4:29).

Cristianos, permanezcamos en la luz de Dios, la luz moral de su Palabra. Ella alumbra nuestras motivaciones más secretas, y esto nos mantiene humildes. También nos muestra cuál es el verdadero carácter del mundo dirigido por Satanás, para así mantenernos separados de las tinieblas del presente siglo malo.

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