Santiago de Tolú es un pueblo ubicado en las costas del Golfo de Morrosquillo. Se dice que fue “descubierto” por los españoles para el año de 1535 y, debió haber sido una villa de indígena con techados de paja, tal cual puede apreciarse en unas pocas decenas de casas que hoy, medianamente las conservan: Son excelentes para evitar el calor y su fragor, pero peligrosas ante los fáciles incendios, por los roedores que tienden a guardarse en su cobijo, junto a ciertos insectos que producen otros daños (es común ver cómo se reproducen las termitas).

 

Tolú fue la 1ra población del actual departamento de Sucre, misma que fue desplazada por Sincelejos, a unos 50 Kms lejos de la costa hacia un pequeño sistema montañoso (Tolú es –prácticamente- un llano poblado de árboles forestales, lagunas artificiales para sus rebaños y un centro turístico por temporadas).

 

No hay muchos habitantes. En su mayoría se dedican a la pesca, a trabajos informales y extemporáneos y llama mucho la atención del turista la cantidad de bicicletas que pueden notarse. Si uno saca algún promedio, por cada motocicleta o auto, notamos 5 ó 10 “bicitaxis” o “ciclas” de uno o dos pasajeros (han hecho arreglos estructurales en sus bicicletas para añadir un remolque –tipo zorra- que les sirve para llevar 2 ó 3 personas, cuando menos y, en otros casos, añaden una estructura alargada con 4 ruedas de bicicletas que transporta desde 4 personas a 12).

 

En efecto, es un paraíso para los que gustamos evitar el humo y andar en “ciclas”. No hay semáforos y todos las conducen a un paso tan relajado, que hay que cuidarse en tal lentitud cuando se desea cruzar la calle o acceder a las esquinas de sus calles. Sincelejos, como contra parte, es peor que Petare. Hay semáforos, pero todos andan desmandados y parecen una autopista de hormigas. Si no se toman la debidas precauciones –en ese pueblo capital de Sucre- pueden arrollar a cualquier despistado o arrebatarle algún bolso que no se lleve con la necesaria precaución.

 

La gente, casi todas las mañanas, barre con unas escobas tejidas con paja el frente de sus calles. Cada vecino conoce “el límite” del barrido del otro y, por lo general, se ayudan mutualmente en ese trabajo que no hace ningún organismo público del municipio y, sin embargo, regularmente una vez por semana, pasa un camión para llevarse la basura.

 

He visto -con desagrado- la manera en que muchos se deshacen de sus bolsas de agua. Como les cuesta 100 o 200 pesos, una vez que la beben, las tiran al suelo con cierto desgano y no se aperciben de convertir en basura un recurso renovable y evitable. Es curioso lo que hacen ¡actúan como niños! En lugar de buscar la papelera (caneca) dejan caer las bolsitas y, por otro lado, son inconscientemente afortunados, pues, si tuvieran que utilizar envases más grandes –de cartón o plástico más duro- ¿qué sería mejor que deshacerse del problema con más orden y limpieza?

 

 

 

 

Son pocas las cuestas, subidas en el pueblo. Casi todas las esquinas y cuadras son planas y hasta me aburro y fastidio de ver que todas tienen mucho parecido y, al no tener edificios o montañas altas, el turista desapercibido tiende a perderse en sus calles (hay muy pocos puntos de referencia altos).

 

Luego de un tiempo, uno de tanto errar, aprende algunos atajos y ciertos caminos, pero no es raro que los mismos provincianos se confundan dando las direcciones o siguiendo en la búsqueda de sitios que les son infrecuentes.

 

El mar no es frío, sin embargo, el cieno del fondo siempre está alborotado y, durante un más de mes, no he visto el agua clara ni el fondo de la arena (a diferencia de muchas playas en Venezuela). La arena es gruesa y en el golfo de Morrosquillo, normalmente, hay mucho sedimento circulante en las orillas de sus playas, con materia vegetal particularmente.

 

Cuando llueve, no es extraño, algunas cloacas se desbordan por el alcantarillado de aguas negras, así –para los ajenos- no es extraño oírles decir: “Mierda” cada vez que hablan (en realidad se comen algunas letras, para ciertas palabras).

 

A pesar del mar revuelto, contraproducente por las “aguasmalas” (una clase de medusas) pocas personas se arriesgan a bañarse para no ser picados por aquellas y, aún así, en la desembocadura del río Chipilín, uno puede ver que algunas personas se dedican a capturar cangrejos rojos… Según se comenta ¡son deliciosos! (atraparé uno, pero no lo he tragado sin la dirección debida para la cocción).

 

En cuanto al diccionario de COSTE-ÑOL, que estoy desarrollando, el acervo cultural se está aumentando (no lo publicaré). Ayer, en casa de unos “paisas”, les oí decir: “¡Uy! ¿Se dieron cuenta de cómo llovió ayer de miedoso?

Uno, desapercibidamente, ni sabe qué es lo que dicen, pues, no es cuestión de miedo o de copioso, sino que fue una lluvia afeada por lo tormentosa, pero iré sobreviviendo cotro día con pocas herramientas y una leal traductora.

 

Viernes, 9 de Abril del 2010

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