PRUDENCIO ALCANTARA era el director de un reformatorio para jóvenes infractores, los que en la mayoría de los casos habían sido más bien delincuentes de un deseo, con el que asaltaban a mano armada, al llegar al mundo, a sus familias. Prudencio Alcántara, había llegado allí, a este reformatorio, en uno de esos chistes del destino, en el que pone al hombre más contradictorio a su contexto, a dirigir. 

Prudencio Alcántara era un hombre de libros, poemas, prosas cortas y largas, de pulcritud en su vestir, siempre con un pañuelo blanco en su solapa; de un humor irreverente y una mentalidad académicámente liberal. Guardaba un secreto, al que parecía que toda su indumentaria tanto material como de compostura trataba de resguardar ferozmente; ese secreto revelaba que su llegada a ese lugar no era un chiste sino una coherencia del destino.

Prudencio Alcántara intentaba ser amigo de los muchachos, escucharlos, conocer algo de las maneras en que sus caminos habían decidido cruzarse con ese lugar muerto, tratando de develar en las historias de ellos un consuelo para su caso, el de una reclusión voluntaria, hasta inconciente, frente a un delito secreto, y hasta peor que el de los jóvenes a los que escuchaba. Estaba allí sin saberlo para reformar no algo en los otros, sino en él. Sin tomar en cuenta que esa empresa estaba ya perdida desde el día que decidió dirigir en vez de escribir.

En medio de sus súbditos, pues así los llamaba el gobernador de la ciudad, quien era el jefe directo de Prudencio Alcántara, él era un hombre amable, un amante de la libertad, de la expresión, de crear. El se mostraba de estas maneras, aún cuando en su interior estaba en una prisión mayor que los clientes del REFORMATORIO que dirigía, aún cuando en su interior su amabilidad se convertía en una extraña aspereza, que él cubría haciéndola ver como una suerte de acto de libertad mayor, esa aspereza era su respuesta ante los intempestivos ataques que para su desgracias le hizo el amor.

Prudencio Alcántara , tenía casi sesenta años, en eso pensaba aquella mañana en la que llegó ofreciendo manteles una señorita de Italia. Buongiorno!!, le dijo con cierta gracia, y un acento más boyacense que italiano. Esta señorita, había venido de Italia buscando a sus padres, ya que había sido adoptada por los tiempos en que en medio de la excusa de una catástrofe natural, se hicieron desaparecer tantos niños de sus familias, que parecía que no habría un cambio generacional posible, pues no quedaba a quien entregar las banderas de la adultez.

La SEÑORITA ITALIANA en medio de su búsqueda, perdió sus papeles, las direcciones, las averiguaciones, los posibles nombres de sus papás, y hasta la esperanza perdería, no en encontrar a sus padres, sino en la amabilidad, que se espera, solo por el placer de la certeza del otro.

Paradójicamente PRUDENCIO ALCANTARA se encontraba preparando un estudio acerca de la palabra amabilidad, denotando que en ella se encontraba inmersa la palabra ama, y la referencia, obviando el accidente ortográfico, a abilidad. Habilidad de amar, pensó. Con ella organizó lo que sería su siguiente exposición ante un auditorio tan áspero como su interior, tal vez por eso le temía tanto.

Cada mañana la señorita italiana, que no era italiana, y tal vez tampoco señorita. Se sentaba en un escalón, al que Prudencio llegaba a hablarle de sus sueños, sus conjeturas y sus ideales de libertad. Pasaron así algunos meses, que tal vez fueron años, ellos no se percataron del tiempo, ya que el tiempo se escabulle, se vuelve relativo, indefinido cuando ocurre un encuentro.

Prudencio Alcántara durante esos años se empoderó de la batalla, de insistir en la importancia de decir las cosas en tonos amables, insistía en la necesidad de tratar a los jóvenes con amabilidad, en plantear desacuerdos con la habilidad de amar. Y en eso pasaba sus guerras teóricas, porque las del corazón nadie las conocía. Así era Prudencio Alcántara tan libre, tan amable en su vida pública, tan áspero, tan secreto, tan amarrado, en su vida privada.

Cierto día Prudencio Alcántara no llegó al escalón, donde se sentaría con esta señorita italiana, que le enseñaba a decir Boungiorno, il mio caro amico, en un juego ininteligible para la razón, pero claro para el ser que se aferraba, el del uno al otro; palabras sonoras de un idioma de otras tierras, pero que corresponderían también a un corazón de otra especie a la de Prudencio Alcántara. Ella se preocupó ante la ausencia no común en él, a su cita diaria, al averiguar por él, supo que había tenido una caída y no iría ese día a trabajar.

Ella insisió en saber de él, si necesitaba algo, si sentía dolor, si podía verlo para cumplir su cita en otro lugar; buscó apresurada su número telefónico, lo llamó. El con un diplomático reproche por la supuesta invasión de esta SEÑORITA, le habló cortante y distante, le explicó que estaba mejor; ella le dijo que iría a visitarlo, creyendo tener el derecho ganado por los tiempos juntos, por ello planteaba que el tiempo es relativo, él le dijo ásperamente: mejor no, no estoy,  ni estaré nunca para tí.

La señorita italiana, que no era señorita, ni italiana, supo que PRUDENCIO ALCANTARA, a pesar de estudiar tanto, no conocía la habilidad de amar, la AMABILIDAD  era solo su teoría, lo recordaría años después, solo como una ilusión, la de la VISITA DE UN AYER.   

Comparte este Goo:

¿Tiene contenido inapropiado?

Comparte este goo con un amigo: