INTERNET saca lo mejor de cada uno, y la experiencia contenida en los medios, de alguna forma, se comunica de una manera unidireccional con el usuario, que ya se ha convertido en un mero espectador que se se siente conquistado con aquello que le expresa una pantalla. A través de una imagen, de un video, radiografiamos el sentido más puro de lo que, supuestamente, todos queremos conseguir: millones de visitas, miles de agradecimientos y un sinfín de características notables y positivas que reconocerían nuestra trayectoría de una manera casi influyente.

Creamos una pequeña porción de información sobre algo que nos conviene, y permanecemos imperturbables hacia aquello que más nos entretiene. Nos despejan fragmentos de pocos minutos de duración, y que hacen que la red de redes sea, cada día, una fábrica de documentos gráficos diferentes y hetereogéneos. Somos lo que buscamos, e intuimos sabiamente que el mundo en el que vivimos proporciona éxito de una manera fugaz hacia todo lo que no interesa, pero que sí llama la atención. Es el ejemplo de los videos virales, una denominación que nos llega en un formato dilatado dependiendo de la manera que veamos el concepto de provecho.

Los hay para todos los gustos. Algunos tratan temas musicales, otros permiten que nos veamos desarrollando habilidades, los hay de animales, etc. Juntos conforman un estudiado complot que nos hace dirigir nuestra mirada hacia algo carente de contenido y falto de información, algo que se diluye en el tiempo y que no aporta más que una mueca o la intención de una carcajada. No es posible afirmar que su finalidad no se acerque a la realidad; muchos son espontáneos, otros parecen montados a la perfección, pero sin duda lo que los hace improbables es precisamente su aleatoriedad. No podemos asegurar cuál es capaz de hacernos vibrar, reir o reflexionar.

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