Hoy es  11 de marzo, viernes después de Ceniza.

Al comenzar a rezar, intento hacer un poco de silencio. Me detengo en medio del ritmo de cada día. Me hago especialmente consciente de que Dios está cerca. Me dispongo a escuchar su palabra. A dejar que resuene en mi interior e ilumine mi vida.

La lectura de hoy es del profeta Isaías (Is 58, 1-9):

Esto dice el Señor: “Clama a voz en cuello y que nadie te detenga. Alza la voz como trompeta. Denuncia a mi pueblo sus delitos, a la casa de Jacob sus pecados.

Me buscan día a día y quieren conocer mi voluntad, como si fuera un pueblo que practicara la justicia y respetara los juicios de Dios. Me piden sentencias justas y anhelan tener cerca a Dios. Me dicen todos los días: ‘¿Para qué ayunamos, si tú no nos ves? ¿Para qué nos sacrificamos, si no te das por enterado?’

Es que el día en que ustedes ayunan encuentran la forma de hacer negocio y oprimen a sus trabajadores.

Es que ayunan, sí, para luego reñir y disputar, para dar puñetazos sin piedad. Ese no es un ayuno que haga oír en el cielo la voz de ustedes.

¿Acaso es éste el ayuno que me agrada? ¿Es ésta la mortificación que yo acepto del hombre: encorvar la cabeza como un junco y acostarse sobre saco y ceniza? ¿A esto llaman ayuno y día agradable al Señor?

El ayuno que yo quiero de ti es éste, dice el Señor: Que rompas las cadenas injustas y levantes los yugos opresores; que liberes a los oprimidos y rompas todos los yugos; que compartas tu pan con el hambriento y abras tu casa al pobre sin techo; que vistas al desnudo y no des la espalda a tu propio hermano.

Entonces surgirá tu luz como la aurora y cicatrizarán de prisa tus heridas; te abrirá camino la justicia y la gloria del Señor cerrará tu marcha.

Entonces clamarás al Señor y te responderá; lo llamarás y te dirá: ‘Aquí estoy’ ”.

¿Cómo me siento al escuchar esas palabras? El ayuno que yo quiero es este: abrir las prisiones injustas, dejar libres a los oprimidos, partir tu pan con el hambriento. ¿Quizás es para mí una propuesta, una llamada, un reto?

La lectura termina diciendo: Entonces clamarás al Señor y te responderá. ¿Cuál es mi clamor hoy? ¿Cuáles son mi pregunta, mi petición o mi ofrenda a Dios?

Al escuchar de nuevo las palabras de Isaías, presto especial atención al contraste entre el ayuno vacío de quién sólo quiere ser aplaudido y lo que propone el Señor, que es un canto de justicia, liberación y amor.

Termino este rato de oración, poniéndome, una vez más, en presencia de Jesús. Él es quien repite esas palabras y las hace vida. Él es quien abre las prisiones injustas, viste al que está desnudo, parte su pan con el hambriento. Quizás ante eso basta contemplar y agradecer.

Tomad, Señor y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, y toda mi voluntad. Todo mi haber y poseer. Vos me lo disteis, a vos, Señor, lo torno. Todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia, que esta me basta.

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