Vientos de Transición

Recordé la cafetería del almacén Sears, inaugurado en Bogotá con gran despliegue alrededor del año cincuenta y cinco, construido en los terrenos del antiguo hipódromo de la 53, cuando años después, de vacaciones en Orlando, Florida, recorriendo las hollywoodenses instalaciones de los Estudios Universal encontré la réplica de esta fuente de soda. Desde allí me transporté por unos minutos a aquella olvidada época donde el estilo de los muebles, las lámparas, el diseño del piso, los utensilios y los avisos de neón, me hicieron revivir mil recuerdos, como aquél del primiparo Cream de la calle 68 con la 13, frente a la mansión amurallada del empresario periodista e influyente ex-presidente, que era lugar común y obligado de encuentro, donde en el parqueadero central chirreaban una y otra vez, como en el hangar de la pista, las llantas de relucientes bandas blancas de los automóviles monumentales y automáticos, Buicks, Oldsmobil, Cadillac, Ford o Chevrolets o demás marcas gringas, prácticamente únicas existentes en el país, que entraban o salían vertiginosos. A reventar de estridentes adolescentes donde consumíamos humeantes e insuperables perros calientes, hamburguesas, papas a la francesa y bebimos los primeros sifones negros a ritmo de rock y twist.

O la asistencia a la docena de modestas salas de cine con nombres épicos o mitológicos que moraban en los barrios residenciales, llenando las expectativas de los cineastas. Allí reíamos, a pesar de su simpleza, con Stan Laurel y Oliver Hardy, o mejor El Gordo y el Flaco, con la genialidad incomparable del Charlot de Chaplin, con los surrealistas y pesados hermanos Marx: Grucho, Harpo y Chico, o los franceses Fernandel y Jacques Tati en las vacaciones de Monsieur Hulot, o el inolvidable Cantinflas. Más trascendentales, de cine político y social, las de vanguardia de los italianos Fellini, Pasolini o De Sica, y las francesas de Truffaut, Godard o Vadim.

Pero quizá de todas las salitas de cine, María Luisa, Diana, La Comedia, San Carlos, Escorial, Arlequín, y doce más, el teatro de función rotativa de mayor recordación por ser el más concurrido en las aventuras cinéfilas, sobre todo en los horarios de colegio, era el Imperio, sonoro adjetivo que evoca esplendor y grandeza hasta los confines del mundo, pero que en este caso servía para denominar el modesto potrero cubierto localizado frente al Parque Lourdes en pleno Chapinero, cuyas paredes tenían gruesos y pesados faldellines a manera de nobles damascos decorados de color indeterminado, con su amplio telón agujereado y tachonado de bodoques fabricados éstos con el apropiado papel satinado de las revistas Selecciones del Reader´s Digest o Life, enviados con afinada destreza digna de nativo amazónico, desde cuidadas cerbatanas niqueladas y que pendían como somnolientos murciélagos a lo ancho y largo de la sábana de proyección del establecimiento, permaneciendo en este estado cataléptico por generaciones, distorsionando con sus sombras las imágenes de la pantalla del cinema. De recordación son también los apestosos e intransitables baños que tenía el teatro, por llamarlos de alguna manera, éstos estaban dispuestos paralelos a la sala en toda su longitud, en sus costados laterales que no eran sino unos angostos corredores a cielo abierto. Con la comodidad de poder mingitar en cualquier parte, su acre y putrefacto olor matizado con la impregnante creolina era otra cosa, propia para las brigadas de higiene, que quién sabe dónde tendrían metidas sus narices.

Como en un ritual, a la llegada al cine y traspasando el portal de la entrada de cojas puertas de pibote, se debía permanecer unos minutos absolutamente inmóvil, como un felino al asecho con el fin de habituarse a la oscuridad reinante y a la densa y pesada atmósfera de humo asfixiante que cubría todo el ambiente del recinto, para luego acomodarnos en aquellas sillas con espaldar de dura madera y una vez bien instalados zambullirnos en aquella espaciosa caverna de rechinante acústica con cigarrillo en mano, conocer y admirar en mil tardes los inalcanzables e idealizados senos de Brigitte Bardot, por ahora los únicos a la mano, o la acción de los victoriosos y previsibles duelos de John Wayne y la caballería montada, el clásico gringo buenazo y noble, ¡Qué jartera!, con su imperturbable, indestructible, higiénico y amplio sombrero de cowboy. De pronto y con mucha frecuencia sucedía si la proyección se trababa y detenía momentáneamente, la fenomenal rechifla y silbatina no se hacía esperar y era felizmente incontrolable, hasta cuando se iniciaba con dificultad y a tropezones nuevamente la película.

Posiblemente en aquellos tiempos imperiales las autoridades pretorianas, locales y de censura no habían nacido, o si lo habían hecho ya estaban tan compradas y corrompidas como las de ahora, no es otra la explicación, porque allí nunca se supo de multas fastidiosas o sellamientos impertinentes al negocio que hubieran contrariado nuestra periódica asistencia. Extinguidores, ni otras medidas de seguridad se consideraban necesarias, e indispensables, afortunadamente la diosa de la suerte y la buena fortuna nos acompañó.

Estos recuerdos volví a vivirlos plenamente con mi hermano Daniel tomándonos un oportuno refresco en esa distante y colorida réplica del pasado.

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