Hay cosas en la vida para las que nunca estamos preparados, hay cosas que nos rebasan, que se escriben en la más irreal de nuestras pesadillas, que quisieras que nunca pasaran ni a ti, ni a la gente que amas… y aun así suceden.

El tiempo del proceso de nuestra vida, nos dice por sentido común, que veremos morir a las personas ancianas, a nuestros Abuelos y a nuestros Padres.

Pero ¿Qué sucede cuando un hijo muere?

Algo en el tiempo y la persona se fracturan, lo comprendí en experiencia propia, y hoy, aunque ya pasaron más de diez años, sigo tratando de asimilarlo.

Fui madre muy joven, inexperta e inmadura, con la responsabilidad de una hermosa niña a quien puse por nombre Paloma. Fue un embarazo complicado y difícil, aparte de los achaques normales de todos los embarazos, se presento una infección viral en el primer trimestre y una apendicitis en el quinto mes de embarazo. Con todo y esto, el día más feliz de mi vida, fue cuando pude conocer su rostro. Inmediatamente me asalto ese amor de madre, esa sensación de que nunca más estarás sola en la vida, esas emociones hermosas que te invaden cuando acabas de tener un hijo.

Sin embargo, la situación se torno complicada con su salud desde el primer día, volver a casa sin tu bebe en brazos es muy doloroso. Acudía cada tres horas al hospital donde se quedo internada para tratar de amamantarla, para conocerla y estar cerca de ella el mayor tiempo posible. La tristeza me invadía cuando era hora de partir y dejarla nuevamente ahí, con la promesa de regresar temprano, ya que no te permitían quedarte puesto que acababas de pasar por una Cesárea y había riesgo de infección. Así que te invitaban a irte a tu casa a tomar un baño, curar la herida y descansar. Cosa que tampoco podía yo hacer, ya que no dormía pensando en todo lo que estaba aconteciendo.

Cuando por fin tuve a mi hija en casa, vino el segundo golpe, aquel donde nos dimos cuenta que ella no veía, o que su visión era sumamente limitada. Debido a esto hubo un retraso en su desarrollo, el cual tratamos de compensar con mucha terapia física y estimulación temprana. Ella era perseverante y pronto alcanzo el desarrollo normal de un niño (alrededor del año de edad) con la diferencia solamente de su falta de visión. Lo que la hacía caminar con cuidado y agarrada de las cosas para no tropezar.

Una madrugada empezó a convulsionar, solo recuerdo que llegamos nuevamente al hospital sin saber siquiera que le estaba sucediendo, ya que yo en ese entonces desconocía lo que era una convulsión y sus causas y efectos. Ella tenía al parecer una lesión neurológica, la causa nunca la especificaron del todo, aunque le realizaron miles de estudios, miles de análisis y terapias alternativas; así como su respectivo medicamento que se cambiaba cada cierto tiempo.

Lo anterior nos dio dos años más de completa felicidad, ella empezó a hablar, a seguir caminando, a ir a la escuela, a aprender, a reconocer a las personas por su voz y a interactuar con el mundo. Le gustaba cantar, comer pastel y bailar con su música preferida.

Un día sucedió lo que jamás me imagine, a raíz de una convulsión, la volvimos a internar, pero esta vez ella ya no despertó. Recuerdo que la Doctora me comento que la habían sedado para que el cerebro dejara de tener actividad convulsiva. Por lo que la tuvieron que entubar y pasar a cuidados intensivos.

Esa semana aun la recuerdo muy bien, pasábamos a verla solo media hora durante el día, ya que todos los niños en esa sala estaban graves y muy graves, así que cuidaban mucho la higiene y que la sala no tuviera muchas personas dentro. Yo soñaba con verla despertar, con oír su voz nuevamente, con sentir un abrazo de ella otra vez. Pero no volvió a suceder.

Una semana más tarde nos avisaron que la probabilidad de que tuviera muerte cerebral era muy alta, por lo que nos invitaban a analizar las diferentes decisiones que podíamos tomar al respecto, una de ellas era la donación de órganos. Cuando la muerte cerebral de mi hija fue confirmada, firmamos todos los papeles necesarios para donar sus órganos, sin embargo antes de realizarse la cirugía su corazón de detuvo, por lo que no fue posible.

Algunas veces creo que junto con su corazón se detuvo el mío muchos años. El mundo se torna gris, y algunos días, un completo color negro. Viví mucho tiempo de manera automática, despertaba, me bañaba, trabajaba, comía y volvía a dormir. Tratando de no pensar, tratando de no sentir.

El dolor es tan grande que físicamente lo puedes sentir, en el pecho, en la cabeza, en el estomago y en los días difíciles en todo el cuerpo. Pero quieras o no, todo lo anterior va pasando con el tiempo. Y años más tarde me doy cuenta que la clave está ahí, en el tiempo. Poco a poco el dolor va siendo menos, aunque nunca se va, pero aprendes a vivir con él. Y lo más importante, es que me propuse rendirle un homenaje a mi hija en base a mi propia vida, me propuse dedicarle cada cosa que yo hago, disfrutar, reír, viajar, soñar y seguir respirando.

Trataba de realizarme la siguiente pregunta: ¿Cómo le gustaría a ella verme? ¿Cómo quisiera Paloma que su mamita estuviera? Y en base a esas respuestas fui tratando de encontrarle el sentido a seguir viviendo.

Hoy las cosas han cambiado mucho, después de su muerte, un divorcio y diez años que han pasado. He vuelto a ser Mama, lo cual debo confesar no ha sido fácil y ha en cierto modo despertado muchos temores y miedos por lo ya vivido. Sin embargo, sigo teniendo presente mi convicción de tener una vida llena de cosas felices, y ser una persona que pudiera llenar de orgullo a mi Paloma y hoy en día a mi Sofía también.

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