Algna vez escuché este chiste:

Me quiero ir a Cartagena como el año pasado,

-el año pasado, ¿fuiste a Cartagena?

-No. Es que también quería ir.

Y a veces, parece que la vida y sus decisiones, oscilan en la diferencia entre lo que se quiere, y lo que se desea.

Era diciembre ya.

Ella había esperado el momento justo para arriesgarse a un turcito que le han venido mentando con tanta insistencia, que la insistencia se convirtió en dulzura y lo dulce, no solo es algo que le encanta, sino que necesita. Para ella es como un sinónimo de chocolate, quizás su cosa preferida en el mundo, y claramente, una de las dos tentaciones, frente a las que no puede resistirse.

El viajecito le suena reparador ante cierto cansancio que se ha vuelto crónico y que percibe se le ha acumulado en el hígado, según dicen, es el órgano que lidia con los esfuerzos excesivos de autocuidado entorno a la vulnerabilidad privada. Hay que aprender a limpiarlo y sonreír con él, como una intervención médica y mágica, eso escuchó de un maestro indú.

Es un viaje minuciosamente planeado por la ciudad amurallada, el mar, la brisa, el color, la arquitectura, las pinturas, los caballos, el olor, las personas, los cafés, los restaurantes, el atardecer… todo sencillamente mágico. Es verdad, ¡¡ Cartagena es una ciudad que trae alivio a la memoria!!, tanto de coterráneos como de extranjeros, no discrimina.

Es que la memoria parece, no depende, ni tampoco toma tanto sus matices de una historia común, sino más bien de las pérdidas propias, y su alivio, por lo tanto, no depende de ser o no ser de un lugar, sino de las esencias arcaicas y arquitectónicas en ese lugar, que sanan, y reparan, mientras vivimos y sentimos sus formas en una suerte de elixir.

Los episodios y acontecimientos de la vida del último año, no los ha precipitado; ella se ha tomado el tiempo de los días y de las lluvias con calma, despacito con la vida, se ha dado el compás necesario para esperar el momento y la ocasión para degustar o retractarse en cada sorbo nuevo, en medio de un tiempo de su vida que le sorprende como la arcilla en las manos del escultor, son días no esperados, no formateados, todo y nada se juega, han roto cualquier pronóstico, y ella casi, casi que siente que es otra persona, o mejor que es la que era antes de todo y antes del antes.

Algo de su identidad y por ende de su destino, está en juego.

Para su mayor sorpresa, las convergencias temporales de la época, las vacaciones para algunos, las decisiones de otros, el dinero y la falta de él, las emociones de ella, lo que avanzó para todos y lo que se detuvo con alguno, definieron el ahora de un viaje postergado por un año. Hace más o menos doce meses ella quiere ir a la hermosa CARTAGENA; pero a la vez, sabe que era necesario esperar a que las cosas se decantaran, y en últimas saber, quién es quién, quién quiere qué y quién quiere a quién.

ELLA quería poder pedirle a él que se quedara, que se quedara con ella, plenamente con ella aunque fuera unos días, unos días reales entre los dos, decirle que no la dejara sin él en fechas sin mucha importancia, pero con tradición larga en su vida, que no se fuera tantos días, tantas noches, que aquí se le extrañaba y que irremediablemente ya, había una parte de él en una mujer que él sabe, lo quiere tanto.

Pero durante los doce meses del último año, descubrió que él casi nunca se conmovía ante sus peticiones y que tampoco le gustaba hacer demasiado evidentes los sentimientos por ella, y menos reconocerle un lugar en su vida que le implicara decir no a otros, y a otras muchas cosas, no tantas en verdad, pero sí a algunas; sino que más bien le gustaba mostrarse como si ELLA, fuera lo más prescindible en su vida, lo más postergable.

Ella a veces lo veía como alguien que tiene encima de su escritorio una caja llena de cartas con palabras y peticiones amorosas de diferentes personas que él sopesara tan encantadoras y especiales como ella, y como si él considerara también, que su corazón y otros órganos de hombre, se movilizan o se pueden mover hacia cualquiera de las emisoras de esas cartas o misivas; como si creyera que el deseo intrínseco en el amor no fuera finalmente tan selectivo.

En conclusión es como si entonces él estimara que el amor, el cariño, la ternura y la acogida de una mujer, vale anotar, una mujer como ella, fuera fácil de hallar, y en tal caso, fuera algo para desechar sin mucha alharaca.

Ella en cambio, guardaba el secreto en el collar de caracol que le fue entregado en algún momento impreciso de su vida, quizás por un ángel. Sabía que no era fácil encontrase en la vida con otro, vale anotar, otro como él, con quien se aliara en trascendencia y esencia, y con quien dar el paso a un cariño que fuera un amor especial en su- vida; eso se da si acaso una, o ninguna vez, en la vida. Ella lo sabía.

A veces sus acciones expresaban claramente que ella era muy significativa para él…, pero eso se borraba de repente, con una espiral de multiformes ausencias, silencios y una especie de frío, como si él más bien se esforzara y quisiera demostrarle y hacerle entender recurrentemente, el mensaje de lo contrario; nadie sabía si era por miedo, ni miedo a qué, que él se comportaba así.

No se preocupó o no sabía o nadie le enseñó o no recibió en la clase de masculinidad en su vida, la inevitable y encantadora labor del amante: hacerle saber a ella que siempre, siempre ella es importante para él, que no la quiere por partes o por ratos, sino la quiere a ella, porque sencillamente ya, es parte de su vida.

Sino que más bien él se comportaba como si ante la ausencia posible de ELLA, como si el que ella no estuviera en sus días, le implicara alguna leve incomodidad fútil para luego simplemente escoger una carta de reemplazo en alguna ocasión necesaria y que aún la carta de nadie, parecía hasta llegar a preferir por momentos, para conservar y salvaguardar una mezquina rutina de vida sin amor, que según él a veces creía preferir.

Aunque ella en el fondo ponía en duda que esa fuera realmente la preferencia de él.

El quería ser amado sin compromisos, y amar sin compromisos, lo que en sí mismo es una antítesis. Aunque también parecía que iba entendiendo algo nuevo al pasar los días juntos, pero nadie sabía si eso sería suficiente y a tiempo.

Durante esos doce meses, mayor aún al hecho de saber que las peticiones de ella como la mujer con la que él amanecía algo descuartizado de la mejor manera en que un hombre puede ser descuartizado, y también despertaba sabiéndose tan querido por otro ser en este universo, acogido y aceptado; no lo conmovían; era el hecho de lo que ella aprendió: una cosa, son ciertas torpezas reeducables en un caballero en el sentir y el querer, y otra cosa, el campo de su deseo como hombre, y ahí sí, en ese espacio ella no se metía, si él quiere irse a pesar de los pesares, pues que se vaya, y si él no quiere estar a su lado a pesar de las dichas y también las desdichas, pues que no esté, y otro asunto más, el punto en sí, no es si se va o si se queda, si no cuánto y cómo, y qué pasa en la antesala, y durante el evento en cuestión.

ELLA lo esperó en seis ocasiones anteriores, esta era la séptima vez, se avecinaban vacaciones y él se iba y todo se resquebrajaba entre los dos. Estaba algo saciada de esa faceta de hombre huidizo, en la que él siempre se quería ir o escurrir, ella leía el temor manifiesto en las acciones, no sabía si era susto por lo que él mismo sentía por ella, por lo que no quería asegurar o permitir, o por lo que él percibía que ella sentía por él, o por lo que él sabía que ella quería con él o por lo que eran juntos, o quién sabe, si por lo que no eran.

Pero él se encargaba de marcar sus días con un letrero de luces subrayadas, que decían: ocupado, ocupado, ocupado, quizás como una manera en que ella no se tomara las libertades que da el amor, de contar con él.

Por lo demás, aparte de esa necesidad intrincada de sentir, ratificar y reivindicar una y otra vez, que él no le pertenece a nadie, ni nadie le pertenece a él; él era un hombre con el que ella se deleitaba de muchas maneras, lo veía como alguien bello y además con quien sentía que podía ser ella, la que en algún momento se refundió; pero esa espinita que a ella lastimaba, creada por las demarcaciones territoriales, espaciales, cósmicas, geográficas y universales, tan fuertes, que él necesitaba, no los dejaban creer posible un encuentro más…, quizás más firme o decidido, entre sus dos mundos cotidianos para nombrarse como el amor nombra a los que bajo él se cobijan.

Durante el último año, doce meses, fue que ELLA en medio de una de las ausencias de él conoció al guía que le ofrecía este viajecito con sabor a huida, receso, descanso, riesgo, oportunidad, o paso a otra cosa. El, un hombre nacido en el sol, parecía que llegaba un poco tardío a la vida de ella, lo fue conociendo mientras intentaba desaprender algunas mañas que ella sentía tan arraigadas en su forma de entremezclarse con el mundo. Es que a veces pareciera que fuera venida de otro espacio, de un mundo donde el amor, la magia del café, el romance y el más dulce compromiso bohemio, definieran las grandes acciones y políticas del universo.

Hubo ocasiones en que sintió que a este lo quería profundamente, así lo fue conociendo, mientras le enseñaba, cómo un hombre quiere sin tapujos, ni adicciones. Ella se sorprendía de no tener nada de qué defenderse o cuidarse de él, solo de su exceso de amor.

La llenaba de delirios en los que ella parecía la princesa de un imperio, creado por él para que ella se sanara de las heridas viejas de la ingratitud y la ceguera.

Vivían cosas pacíficas y compartidas, sin rollos de territorios, o propiedades privadas, más bien a su lado ella se sentía sostenida sin condiciones, mientras se despellejaba, cambiaba de piel, recibía un nombre nuevo, y volvía a ser la de antes del antes, la que nadie conoció, la que se desvío en medio de los destellos de la felicidad ajena.

Este hombre, escritor, músico, romántico y generoso, intentaba aproximaciones a aquel con quien ELLA vivía su propia búsqueda del tiempo perdido, él hacía cosas que a ella en lo privado tendían a enamorar, como escribir mensajes otrora los antiguos citadores a duelo, para algo así como disuadir al caballero de que se alejara de la mujer que él sin resquemor, confesaba a diestra y siniestra amaba.

Lo que determinaba y decidía que ella no descansara de tanta guerriadera con la ceguera masculina, y se tumbara en los brazos de este príncipe de tierras azules, es que el caballero a quien quería, era un hombre al que sentía hacía mucho tiempo y en todo el extensor de la palabra, dentro de ella -sin saber muy bien como explicarlo- él se acomodó en su esencia, y fue con él mismo con quien fue descubriendo cuánto lo quería, no desde ahora, sino desde antes, él fue quien por su presencia y no tanto por su valiente amor -lo que habría sido lo justo en esta historia-le dio el valor a ELLA para dejar toda su vida pasada, dar un paso de adios y dejar la vida que llevaba, inspirada por algo parecido a una promesa hecha por él.

Era su amigo, fue su compinche y cómplice en escenarios dantescos donde libraron batallas desiguales pero descaradas, de alguna forma ella inspiró en él a un nuevo guerrero en esos territorios. Tenían ya algo común y especial hace tiempo, que no fue necesario esperar a encontrar o crear, sino que estuvo en ellos y lo percibieron en un nivel diferente al de la conciencia racional, muy pronto al conocerse, fue algo que no reconocieron abierta sino tácitamente en su momento, y que ella fiel a su convicción, hoy valoraba por saber que eso era una suerte de tesoro, mensaje, encuentro entre dos seres, difícil de hallar.

Realmente sentía que lo que tenía con él, era como una fortuna, que por gracia divina se les había entregado, una cierta comunicación o quizás conexión, complicidad verbal, corporal, esencial, trascendental, sexual, hedonista y vital, que a pesar de tantas conversaciones, momentos y miles de hermosos detalles, aún no tenía con ese otro hombre, el príncipe allegado del sol y de color cielo.

Por esos días de diciembre había empezado a pensar que a veces la perseverancia vence lo que la dicha no alcanza, que tal vez para aquel, la historia y conexión, no eran tan bellas ni trascendentes, y que al final, si no deseaba lanzarse en caída libre con ella, quién era ella para resentir o hacer algo frente a eso, simplemente parece que hay ocasiones en que habría que decir: no, esto que me das no es suficiente; y que quizás si dejaba cierta obstinación tan mentada por las voces que la rodeaban y le daba la oportunidad a otro hombre, tal vez, surgiría lo suficiente, con el mismo peso aunque fuera diferente y ese no podía ser otro que el príncipe que la esperaba hacía doce meses para ir a CARTAGENA.

Ella le contó del del viaje. Un viaje a Cartagena con un príncipe vendio del azul del sur. Hacía todo lo posible por no guardarle secretos que se volvieran un boomerang de un mundo aparte. Pero él sabiendo todo lo implicado en un viaje así, no tuvo ningún reparo en no oponerse, lo que al final era lo que ella esperaba, fue tal vez una manera de dejarla ir, quizás así, quería decirle que prefería que se fuera de su lado o posiblemente fue un simple alarde, de un cierto liberalismo absurdo.

Y entonces, en las cosas del deseo de él, ella no se inmiscuiría y tal vez solo debía dejar fluir el asunto hacia otro lado.

Ella acostumbraba a tener miedo, esa era la maña fundamental que necesitaba desarraigar. Sabía de la definición filosófica indilgada al anónimo, acerca del amor, “darle el poder a alguien de destruirte pero confiar en que no lo hará”.

Aceptaba el poder otorgado al amado, pero no estaba segura de que no fuera a ser usado, los especímenes con los que se relacionaba, influyeron en relativizar el concepto de confianza, diseñó entonces todo un código de autoprotección, en vez de optar por la posibilidad de dejar de amar.

Ella pretendía renunciar a ese código que le hacía cuidarse tanto de los que amaba, pero aún así amarlos, y quizás, mas bien, explorar el campo imperativo del deseo del otro y la libertad en ella para quedarse o irse.

Eso era ¡¡todo un mundo nuevo!!

Ese mundo nuevo, era la antesala de su viaje a Cartagena.

Finalmente parece que ella quería VIAJAR  a CARTAGENA, y a la vez parece que en realidad lo que deseaba, era  a pesar de los pesares, de las dichas y las desdichas, posiblemente, solo y simplemente, estar con él.

ella y el viaje a Cartagena

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