Deambulaba por la avenida vestida de lo que el hombre llama miseria. Sus harapos trasegados, sus cabellos revueltos y amantecados  por la grasa mugrienta de varios días sin conocer  el agua; Iba descalza aunque no parecía, ya que sus pies tenían la negritud de los zapatos de cuero. Sus ojos delirantes  asaltaban a los demás. Balbuceaba, decía, gritaba, peleando con los interlocutores invisibles que le escoltaban, esto le acentuaba como la más loca de la ciudad.

 

La gente temerosa escapaba a su cercanía,  para evitar el contagio de su delirio o el ataque imprevisto de su cuerpo corpulento. “ !Esa  loca indigente¡ deberían encerrarla para que no pudiese hacer daño”,  decía un transeúnte mientras una coral  de afirmación ciudadana avalaba sus palabras. Siempre he pensado que  a la zaga de este rechazo se encuentra el temor de ser contagiado por esta enfermedad de la mente, convirtiéndoles en  entes  prisioneros de una disipada  cordura  facilitando el paso de los demonios internos.

 

En cambio, esa loca para mí representaba la posibilidad de poder incursionar en los suburbios de la mente enferma. Una poderosa obsesión infantil que siempre me acompañó y que ante la pregunta de los adultos de: ¿Qué quieres ser cuando seas grande?  me obligaba a responder:

- Quiero construir una nave y viajar  dentro de una loca,  para visitar los otros mundos que hay en ella y conquistarlos.

La primera vez que la vi, supe que gracias a ella  el niño que aguardaba cumplir el compromiso con su imaginación, vencería a esos pesimistas adultos que trataban de sentenciar mi anhelo explorador con su frase: “definitivamente fantasías de  niño, crecerá y esas extrañas ideas desaparecerán.    

Solo mi abuela una indígena mapuche me alentaba con sus leyendas y mitos, donde los hombres hacían posible sus ensoñaciones. De sus muchas paradojas recuerdo dos

-           Has nacido en otra y serás tu padre y  tu hijo  renaciendo en la delirante.

-          Cóndor pionero que visitará eternamente  “la selva arremolinada de enredaderas que con sus manos y brazos desnudos apresan a la mujer esclava”.   

Frases confusas que me impulsaron a buscar explicaciones entre chamanes ocultos.

En uno de esos trances donde el único alucinante es los tum, tum del tambor de un indio experto en las artes de la percusión,  sentí como mi cuerpo    el arrullo de la madre que interna a su bebe en los confines del adormilamiento hasta dejarlo en placentero estado de somnolencia profunda. Los tum, tum, tum, se dejaban fluir entre mi piel y a medida que esto sucedía, los latidos agitados de mi corazón llevaban la sintonía  con ortografía musical, las restricciones ya no existen, me alzo en el vuelo de una danza intuitiva y libre. Por los poros emanan humores sudorosos que oxigenan mi fisiología.

Tres horas de intensa danza ancestral, desarticularon mis  estructuras anatómicas produciendo bélicos encuentros en el núcleo de todas las células, que comenzaron a desfilar en un festín de luces y resonancias que escapaban de mí,  para ser absorbidos por un largo túnel en  torbellino que finalmente me arrastra a un “no sé a  donde”.

Después de esta breve confusión logré reconocerme en una especie de manto brillante que flotaba por toda la habitación, luego traspasé la ventana y arrojándome a la calle. La topo de frente; ella intenta resistir esquivando a su nebuloso agresor. Inútilmente arremete con un palo sobre el polvo dorado de abejas. Decidió entonces correr en una huida impotente que demostraba orfandad de poder; mi fantasmal representación la acorraló en la esquina boscosa de la cuadra. Indefensa se tornó dócil permitiendo  que la cazadora envoltura se posesionará en ella. Su  agitado cuerpo regresaba paulatinamente a la calma  mientras la calidez y protección de un vientre gestante la hacía suya. El feto invasor se desarrolla apresuradamente, hasta que se oye el grito primal del renacimiento. 

Si pudieran contemplar mi sueño realizado, seguramente se disculparían por todos esos desalientos:

-          ¿Con dieciséis años y todavía con esas pendejadas? Póngase mas bien a estudiar a ver si sirve para algo  en la vida.  Palabras más y más, era la cantaleta diaria de mi madre que se acompasaba a dos voces con los ecos de mis hermanos mayores

 

Estimulo sus corrientes corporales e integro en sinapsis de cordura mi incorpóreo ser. Por un instante su escindida percepción sé cohesiona, hecho que aprovecho para solicitar el permiso de recluirme aun más en su caos mental. Ella accede.

 

Desde que mi abuela una mujer indígena me enseño la importancia de pedir permiso a cada ser para relacionarse profundamente con él, lo he convertido en un indispensable ritual. Hasta un ser humano enturbiado por las alucinaciones y delirios es libre de decidir el consentimiento o no de ser conocido, solo esto permite que el turista goce con pertenencia los paisajes inhóspitos de la geografía. 

 

Entre al vistazo; multitud de fuerzas chocaban en esa “ selva arremolinada de enredaderas que con sus manos y brazos desnudos apresan a la mujer esclava” selva de corrientes avanzo en mi camino colisiono con una gruesa enredadera de manos y brazos desnudos, que encubren  a la mujer esclava. Vive en permanente estación de verano, donde el ardiente sol le consume su deseo con el acompañamiento de voces que susurran de todos los puntos cardinales acalorando aun más su erótica existencia.

 

Un mundo de arremolinamientos y precipitaciones extraordinarias  imágenes, sonidos y movimientos telúricos de la compleja geología psicológica de Gina Paola Fernández. Me siento envuelto en ideas y emociones que como esbirros atisban la presencia extraña, Por fin un emisario de aquella turba de huéspedes se aproxima. Evoca aquel ser imaginario que rasgaba el velo de mis sueños nocturnos de la infancia, para robarme las cálidas cobijas que arropaban mis fríos temores oníricos. Su figura merlinesca de barbas y mechas canosamente descompuestas, apoyando su juventud en un báculo rojizo.

-          Vienes a conocerme, pronunció con ronca suavidad

-          Soy un etnógrafo y  exploro con placer esta región, respondí.

 

No hay mayor insania que estar dentro de una loca. Envidia del cura Gonzalo y del Psiquiatra Constaín  obsesionados por penetrar y navegar libremente por entre las alucinaciones y delirios de sus demandantes. Arrinconados en sus estanterías cuadrillas de textos psicopatológicos, antropológicos y teológicos herramientas agrícolas con las que excavaban  las montañas enmalezadas de pecadores, neuróticos, sicóticos y sociópatas. En el Estado tenían gran reconocimiento por sus proezas investigativas que inoculaban en víctimas durante las sagradas sesiones terapéuticas.  Nunca podrían tolerar que un Jasón con tambor se titulase en maestría de la enajenación, al traspasar pionero las puertas esotéricas de la mujer que ningún experto pudo violentar.

 

Paso por ahí uno de esos días tristes en los que su dueña perdía la dirección. Ella al sentir como le estremecía en sacudones de excitación decidió dejarle como el amante huésped que succionará los fluidos de su desvalida corporalidad. Así este seudo bardo se convirtió en guardián del lugar. Preservó las luchas para mantener su dominio, administrando con juguetería las fibras del fino tejido para mostrar en las calles citadinas la dramaturgia de sus trazas de loca.

 

Su memoria continúa narrando el historial, infantiles añoranzas destruidas por las agresiones permanentes de los deleites masculinos de su propia sangre, la vida fue desgarrando sus entrañas. Creció agitada por la violencia de los grupos guerrilleros y paramilitares,  liberadores verdugos que desangraron sus vínculos parentales  empujándole a los quince años en escape traumático de los terrenos de su germinación.

 

Dibujo en mi mente la acuarela de mi país. Allí ronda la locura, vivir en él es un viaje permanente por los paisajes de la violencia, rostros envejecidos por el dolor de los ausentes, arrebatados por la hambrienta y devoradora guerra de  muerte o atrapados en el cautiverio. Lo  desangra una minoría hambrienta de poder que le succiona a los demás residentes desde los bienes de ningún valor hasta la misma muerte.  Este lugar es una copia de aquel, otros esgrimen las armas y terminan en una misma consumación. Ahora entiendo la predicción de la abuela:   “aventurero que descubres los mundos enfrentados, siempre encontrarás en otras ropas el mismo  oponente”.

 

Al llegar a la ciudad, encontró una paisana que tenía sembradas raíces hogareñas. Logró por intermedio de esta conseguir un cargo de auxiliar en una casa donde realizaba labores domesticas mientras adelantaba estudios semestralizados. Transcurrieron cinco años y obtuvo el cartón  que le habilitaba un cargo de secretaria. De manera inmediata ingresó a una empresa donde se elaboraban piezas pequeñas para maquinaria industrial.

Se destacó como un ser inteligente que seducía fácilmente por su belleza mestiza con matices anglosajones. Asumía con responsabilidad y profunda dedicación a sus obligaciones escritoriales, lo que la ubicaban en una reconocida posición que al criterio de las directivas le auguraban  progresos administrativos.  Productiva que emprende seriamente el compromiso económico que le permita escalar  exitosamente la cumbre ejecutiva.

El sino de su historia marca el día veinte, estar en ella hace que en mi se reviva la experiencia:

 “Hora tardía. En este último tiempo el estrés ha ido en aumento minando mi propia resistencia. La sombra acecha  su presencia me avasalla, miradas furtivas  que hieren mi cuerpo, esas voces extrañas que susurran una conspiración en mi contra. No puedo evitarlo mis piernas emprenden carrera,  persiguen lamiendo mis huellas mientras su respiración agitada  embriaga mis sentidos; una poderosa red me atrapa. La lucha es intensa mi resistencia sucumbe finalmente a sus pretensiones”.

 El cuerpo está en calma y se deja fluir por una danza intuitiva con las notas de una melodía alucinada, la libertad se encarna en mis brazos y piernas provocando movimientos y gestos que rememoran la animalidad, una orgásmica sensación que fusiona  cordura y  alineación. Soy de ella y ahora  ella es mía.

 Este cautiverio obliga al destierro del león guardián, que herido de muerte se sostiene sobre el báculo plateado agitando sus largos cabellos. El ostracismo ha sido promulgado; un nuevo regente luce  ágilmente su melena sobre el territorio conquistado.

Las  caricias y los ecos fantasmales me hacen levantar de la camilla en la que he estado narrando mi aventura al hombre de blanco. Me invita al espejo. La imagen de una hermosa mujer: largos  cabellos de resbaladiza negrura, maneras mestizas que en sus labios labran las frases de mi adormilamiento y en su mirada aventurera me reconozco a mí mismo.     

       

   

 

           

 

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