Vértigo en el Firmamento

Recuerdo cómo admirábamos verlo llegar, en su potente carro deportivo a toda marcha levantando una gran polvareda en el campo sabanero al avanzar raudo por el destapado camino de acceso y frenar bruscamente justo frente a la casona solariega, que era el Colegio; bajándose de un veloz salto botando a propósito con fuerza y estrepitosamente la puerta del negro automóvil y mirando a lontananza, como el torero que remata una gran faena de verónicas, chicuelinas y no sé qué más necedades, y expectante desea el reconocimiento apoteósico y vibrante del respetable, calándose con gran estilo y precisión su sombrero tirolés de fino fieltro y primorosas plumitas rojas y verdes, detalle este exquisito, posiblemente para su peculiar gusto; seguidamente con paso solemne y ceremonioso como el pavo real en su jardín, se dirigía zigzagueando sin rumbo aparente por entre sus atrayentes muchachos, algunos de los cuales, los más íntimos y preferidos venían y se le abalanzaban y él dispuesto los recibía abrazándolos afectuosa y cariñosamente en forma casi maternal, reclinándolos fuertemente por unos prolongados instantes contra su amplio pecho, desordenándoles juguetonamente sus pulcros y aún húmedos peinados, al entretejer sus manos en las frondosas y lacias cabelleras, hecho que seguramente alteraría sus hormonas.

Finalmente sonriente, siempre sonriente se instalaba estratégicamente al frente de las filas de estudiantes donde su alta contextura y epidermis sanguínea sobresalía para observar y ser observado. Estando allí no faltaba su maníaca y chocante maña de hurgarse el oído con el dedo meñique zarandeándoselo convulsivamente con gran violencia, mientras entorchaba en una leve contorsión su cuerpo, suceso éste que me recordaba las frenéticas, repentinas e incontrolables rascadas que se daba “Trotsky”, el pulguiento y sarnoso perro callejero del vecindario; cubierto este obligado y diario espectáculo pendular nos dirigíamos “marraniando” a los salones de clase a iniciar otra jornada del ininterrumpido zafarrancho.

Otras veces nos sorprendía con la algarabía de sonidos estridentes y discordantes que le arrancaba muy complacido, emulando a algún acompañante de jazz, de los famosos músicos Benny Goodman, Duke Ellington o Glenn Miller, a su reluciente y recién comprada súper equipada batería; o con las descrestantes fotografías instantáneas a color tomadas por su cámara Polaroid que incorporaba todo el proceso de revelado como última tecnología, y que risueño enseñaba al tumulto de seguidores que apeñuscados formando un grupo compacto, estirando la nuca lo acompañaban por las instalaciones del Colegio comprobando los prodigios de la mágica caja. Cuando no se dedicaba en las mañanas soleadas, en el momento que los alumnos permanecíamos en clase, a dirigir desde la improvisada caballeriza el acicalamiento y alimentación de Calisto el bien cuidado joven y fuerte semental pura sangre, otro orgullo del rector, atento que lo cepillaran de la crin a los cuartos traseros y le dieran su dieta preferida, mezcla de zanahoria, avena, cebada y melaza, dejándolo después libre, que galopara a sus anchas por el pastizal que servía también como inapropiado campo a los cortos partidos de fútbol. En aquel directivo todo lo que significara en su vida aparecer como único centro de atención, estuvo a la orden del día, era parte distintiva de su naturaleza.

 

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