Pedro decidió eliminar la alarma del teléfono; cada mañana los vecinos del fondo, faltando quince minutos para las seis de la mañana encendían el radio y lo despertaban, o mejor, le anunciaban la hora; porque  en realidad lo despertaba el sonido de la verja de Tato, cuando este la abría para salir a trabajar.

  Había intentado un cierre hermético de su habitación, pero sin resultado: el crujir de la verja burlaba aquella «hermeticidad».

  Lo intentó también colocándose algodoncitos en los oídos como le aconsejó su hermano. Pero nada.

  ¡Pedro, Pedro! Así tenía que ser solicitado por las mañanas en su oficina porque el sueño lo vencía mientras «meditaba» por encontrar una solución en su lucha contra la verja de Tato.

—Es que estaba entretenido —era su respuesta habitual.

  Así cada día.

  Como todas las noches se acostó cansadísimo y también como siempre le pareció que la verja lo despertó muy pronto.

  Pero bueno ¿qué hacer? Se levantó, aseó y vistió en los veinte minutos acostumbrados. Y como también era costumbre miró, antes se salir, el reloj que estaba junto a la puerta. ¡Dos y media de la madrugada!

  Al reclamarle a Tato por la inapropiada hora en que hizo sonar la verja, este le respondió:

—Disculpa Pedro, es un sobrino que vino a vivir para acá y llega a esa hora del trabajo.

  No lo podía creer, ¡dos y media!

  A la tercera mañana, mientras caminaba para el trabajo tuvieron que gritarle mientras cruzaba tres semáforos para que no fuera arrollado, porque no dejaba de pensar en las próximas madrugadas y en el sobrino de Tato, ¡dos y media!

  Ese día en el trabajo ni siquiera almorzó, tenía que encontrar la solución: cerrar más hermético, más algodoncitos, poner música suave toda la noche, permutar o… ¡claro!, ¡quitar la cama de al lado de la ventana!, pero ¿y el escaparate y la comodita?

  Entonces habló con Juan, el arquitecto:

—Necesito que pongas en función toda tu arquitectura y resuelvas el problema que tengo.

—Mira —le respondió el amigo—, te vas hoy conmigo y en mi casa dibujamos un croquis y redistribuimos tus muebles. Incluso hoy te puedes quedar allá, porque Mariela está con su mamá.

  Tal vez el remedio fue peor. Al acostarse no pegó un ojo esperando el chirriar de la verja.

  Ya en la oficina, después del almuerzo, se durmió preparando unos documentos.

  Pero en la tarde iba contento para su casa; llevaba cuatro variantes para colocar los muebles en la habitación.

  El fin de semana hizo el cambio.

  Satisfecho se acostó el domingo, dormiría tranquilo.

  No había escuchado el sonido de la verja, incluso se despertó retrazado para el trabajo. Pero iba apurado y deseoso de llegar para contarle a Juan.

 

— ¡Doctor este hombre se nos muere! Prácticamente no tiene pulso, no reacciona, casi no respira. El golpe del carro fue muy fuerte y tenemos…

  Todos corrían a la entrada del hospital.

— ¡No despierta doctor! Ya se le aplicó corriente dos veces sin reacción.

  Pedro los escuchaba y quería decirles, pero hasta que el sobrino de Tato no llegara del trabajo y abriera la verja él no se despertaría.

El hombre llega al hospital

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