La verdad de reencontrarnos

Cada palabra que sale de ti en mi dirección, lleva consigo un golpe de realidad.

Pierdo el tiempo recordando lo fácil que era haber dicho algo y lo difícil que fue quedarme callada. Ahora algo se rompe en mi interior cada vez que me incluyes en un grupo y me río amargamente porque yo hago lo mismo contigo, haciéndonos indiferentes desde hace años, tanto que a veces has conseguido hacer que dude de ti, mientras que yo misma he llegado a dudar de tu importancia en mi vida. Tanto que solo apareces fugazmente en mi pensamiento, a veces.

Pasaron exactamente dos años sin estar, sin verte, lejos, tan lejos que tu cara se difuminaba en mi recuerdo como cuando alguien muere, como cuando lo matas, nos matamos por miedo, siempre por miedo y por respeto a merecernos algo mejor. Y sin más, la casualidad me secuestra tras meses de puñaladas y cicatrices que no cerraban y te ponen frente a mí en el lugar menos pensado, con las personas más aleatorias y desconocidas del mundo.

Me dices que acabas de romper el cartel de “se busca” y pareces otra, más valiente, contándome todo lo que nunca fuiste capaz y haciéndome llorar y reír a la vez por la imposibilidad de tus sonidos, por cómo nos engañábamos constantemente.

Llegaste 7 años tarde, 7, y aunque bailé hasta reventar de rabia rodeada de gente, solo tenía ojos para ti, como nunca los había tenido, como siempre los tuve, porque esa noche no me hizo falta bailar para saber que has moldeado mi personalidad, que me hiciste segura en el momento más oscuro, me agarraste y con solo expresar una verdad a voces que todos sabían, dejaste las pastillas y me regalaste una parte de ti.

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