No había pensado qué iba a suceder ese día. Meditaba dentro de mis cobijas que yo había pensado en la relatividad antes de saber que existía… pero apareció alguien y me hizo caer en cuenta de que inevitablemente algo pasaría…

Era lunes, para algunos mortal pues es el inicio de toda una semana cargada de trabajos y parciales. Para mí era normal aunque no voy a negar que me daban ganas de verlo.

Llegué al salón del edificio IEI, siglas que de casualidad coincidían con “Ingenieros en Instrucción”. Pensé que llegaba tarde a clase, dejé la cicla en el soporte metálico que parecía más bien una cercha a la que no le vieron otra utilidad que soportar bicicletas, subí las escaleras de a dos, corrí por el corredor de madera, que crujía estrepitosamente, y finalmente llegué a la puerta del salón de geología. Estaba la mitad del salón pero no había llegado ni el profesor ni él, aunque menos mal estaba Coco y Gigi. Hablamos de identidades desconocidas de un cuento creado por mi imaginación y la realidad.

A las 2:11 P.M. llegó el profesor. Eran un señor canoso que, para mí, parecía un conejo, jefe de su madriguera. De todas las personas que se encontraban en el salón, me pidió el favor de sacar unas fotocopias para la clase de ese día y justo cuando me dio el taller llegó el de agujeros miel como ojos (¡QUÉ MALA SUERTE!). Tenía una camisa amarilla, que le había visto antes, un miércoles raro hacía ya un semestre, en el que eran las 7 de la noche, llovía torrencialmente y me dijo que no había traído saco ni sombrilla pues no pensaba demorarse en la universidad hasta tarde. Lo compadecí. Venía solo, nos cruzamos las miradas mientras el entraba y yo salía.

Cuando volví el profesor había salido a cuadrar la salida de práctica de esa materia. Entonces, el de camisa amarilla se acercó a mí y me susurró al oído: - Me quemó el CD?-, le dije que no y tenía la refutación lista pero sencillamente dejé las cosas así. El comenzó a hablar con mis amigas y de eso no voy a comentar. De repente volvió el profesor, y me dio risa ver correr a Francisco en la punta de sus pies hacia su puesto. El profesor dijo que ese día trabajaríamos en grupos de 4 personas y de inmediato mi mente comenzó a hacer de las suyas:

En el salón, estaban los siguientes personajes que yo conocía y podían ser potenciales grupos de trabajo: Coco, Gigi, Pepi, Beth, Ago, Del, Mirada Sulfúrica, Hugo, Paco, Luis, Pacho y yo.

Era como resolver un sudoku, pensar a quién colocaría en cada casilla para que llenara un bloque, o grupo en esta situación, que tuviera coherencia teniendo en cuenta afinidades amistosas y no los número del 1 al 9 como en el juego original, y además que cumpliera con mis “necesidades”. Grande labor la que me esperaba y lo peor es que debía realizarla en menos de un minuto. Miré a mi izquierda, estaban Pepi y Beth. A ellas les faltaban dos. Miré a mi derecha, estaban ya juntas Coco, Gigi y Del. A ellas les faltaba uno. Miré para atrás y estaban Hugo, Paco y Luis. A ellos les faltaba uno también. Como el de la camisa amarilla se la pasaba mucho tiempo con Pepi y Beth se hizo con ellas. Ahora les faltaba uno a cada grupo y lo peor es que con los dos grupos que simpatizaría mas, serían con aquellos donde no estaba Francisco. ¡Damn it!

Con desgana en mi interior, me fui cambiando de lugar con Ago pues él había decidido hacerse en el grupo de Pepinillos y yo en el de Coco. Y por último, Mirada Sulfúrica se hizo con Hugo, Paco y Luis aunque nunca los hubiera visto. Otro intento fallido en mi vida.

El resto de la clase me pareció interesante pues fue algo así como un juego creado por mi materia gris, en el que quería distinguir cuando este hombre me miraba a mí o cuando miraba a su compañera de grupo pues mi mirada estaba a tan solo un ángulo de distancia de los ojos de su amiga en el rango de visión de él. Nunca pude descifrar a quien miraba en realidad.

La clase se acabó y quería salir de inmediato de ese horno que se hacía con el calor de 33 personas embutidas en una pieza de 10x10 m2. Salí con mi grupo pues teníamos que deliberar cosas para la entrega del trabajo. Llegamos a otro edificio donde nos encontramos con “Nero” y con “El manipulador de la materia”.

Sentía que me estaba sofocando del calor. Me daba rabia que en esta ciudad hiciera calor cuando se supone que debe ser fría. Me estaba comiendo mis galletas favoritas. Tenía mucha hambre así que me las comí muy rápido. Estaba vacío el paquete cuando llega el personaje que tiene ojos bonitos y mirada confusa, y me dice: - ¡Yo quiero una!-, pero le señalé el paquete vacío pues tenía llena la boca, por lo que puso cara de Ash! Al parecer buscaba a alguien y siguió con su sondeo. Me resigné a acompañar a mis amigas al gimnasio. Estaba recogiendo mi maleta y de la nada él grita: - Manuel Camilo! Cómo es su número celular?-.

¡What the fuck! En esa frase habían demasiadas cosas interesantes que mi mente trataba de asimilar instantáneamente: Manuel Camilo? Nunca en la vida me había llamado así, inclusive, él no sabía que mi segundo nombre era Camilo hasta que hizo un quiz personal, además porqué me estaba preguntando por mi número celular? Para que lo quería? Acaso me iría a llamar alguna vez? Y porqué solo a mí? Me sonrojé al escuchar eso pues sabía que mis amigas también lo habían escuchado y no sabía que estarían pensando. Le dije literalmente lo siguiente: - Emmm… 313…- y salí a buscar una bolsa de basura para botar el paquete de galletas pero era más para esconder mi cara pues no sabía exactamente que estaba mostrando en ese momento, si un shock momentáneo o una sonrisa de la emoción.

Cuando volteo, miro su cara y me doy cuenta de que me observa como si yo estuviera loco, luego me dice: -Oiga, cómo es!?-. No quería hacerle todas las preguntas que me había planteado y otras más absurdas que ni entenderían, pues de pronto colocaba esa actitud de ¡I don’t care a shit!, así que me resigné y se lo dije. Después le pregunté que como era el de él y me lo dio aunque se preguntó para sí mismo y sarcásticamente: -“Cuál de todos le doy?”-.

De repente le sonó el celular y se quedó quieto. Su cara se había puesto pálida, su mirada vacía y se fugó la sonrisa de su cara. Oí la voz de una mujer que habló gran parte de la conversación. Luego dijo “Chao” y colgó. Me miró, caminó hacia mí y me preguntó con un susurro al oído:

- Qué es lo que usted ha estado escribiendo sobre mí?

 

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