Era una noche de sábado vacía, de esas que Ana apenas recordaba, como ícono de una guerra ya pasada, que visitó, y de la que escapó.

Esa noche escribía, mientras algunos ruidos de fiestas de los vecinos retumbaban lejanos, como ecos de su propio pasado. Su perro dormía, y Matilde, la vaca, rumeaba como cada noche antes de dormir; en un baile visceral, como para tragar de a pocos, y sin apuro, sus propias ensoñaciones.

De repente alguien llegó, era José, el uruguayo, a quien Ana había conocido a una velocidad extraña, y con quien en un viaje no emprendido, se iría lejos. Ella creía que él se había marchado, luego de la última conversación, en la que ella se retractó de viajar con él. No lo esperaba, y menos, creía saber de qué conversar con él; pues la despedida, les había cerrado toda posibilidad de un panorama juntos.

José llegó con el vino de costumbre, sonriente, con el semblante del que lleva noticias,  que se cree, descubrirían un atajo que no había sido tomado en cuenta, para llegar a la luna. A Ana le encantaba, ese aire bohemio, que llevan en la sangre los descendientes del sur;  José lo combinaba con tal, con tal tranquilidad; esa tranquilidad real que tiene forma de madurez otoñal, que era imposible, no sentir con su simple presencia, una familiaridad infinita.

Hola mariposa!, era su saludo de siempre; a ANA causaba cierto estremecimiento, el acento de JOSE. Supe que te ibas, y no podría dejar pasar la posibilidad de retenerte. Ana, sonrío extrañada diciéndole, José Pérez, esa coversación ya la clausuramos. José sonrío diciendo, tú la clausuraste, pero yo no; te quiero proponer algo. Quédate, dame un tiempo para acercarme a tí, permítemelo; extraño nuestras tardes, y estoy seguro que podemos llegar a irnos juntos.

Ana puso el agua para el café, mientras sacaba dos pocillos con la estampa de Matilde en cada uno de ellos, uno rojo, otro verde. José sirvió el vino, y empezó a leer un cuadernillo que Ana tenía en la mesa de su cama. Era un cuadernillo de poemas, escritos por una sombra de otro que cuando se conoció con Ana, se miraba al espejo en ella, a través de ella, y a costa de ella; reflejando visos, solo visos, de otro que se resistía cada vez menos, a tomar vida.

Lo ojeó, una y otra vez, en silencio, comentando algunos errores, según veía José de escritura en ellos;¿de quién es el cuadernillo?, ¿de él?, ¿el poeta sigue dándote vueltas?; ella no dijo nada; luego de un largo silencio le dijo, son poemas que me prestaron, y sí son de él.

JOSE la miró como cuando alguién está pasando un bocado lento y detallado, finalmente dijo: Ana, yo te quiero hacer mi poema; no darte poemitas de otras musas, ni siquiera que seas mi inspiración, tú eres el poema mismo para mí. Oh por Dios!! uruguayo, qué dices con tanta palabrería, río Ana.

Se sentaron como acostumbraban, con cierta distancia que ANA demarcaba; sabes con qué frase termina el libro que estaba leyendo, dijo Ana: ¿acaso no depende todo de nuestra manera de interpretar el silencio que nos ronda?.

Ella lo miró sin muchas ganas de hablar, y se quedó quieta allí, entre meditando y dormitando, él puso algo de música como entendiendo el estado de Ana, eligiendo el blues que a ella le encantaba, ese de Charlie Parker; y siguió leyendo. De repente ANA le pregunta ¿qué crees que sería lo cotidiano José, cuando la magia de estos momentos pase? pregunto con algo de tristeza, pensando más en el cuadernillo, que en ese momento.

El sonrió, y quitando el mechón del cabello de su cara, le dijo: ay!! mariposa, lo que sigue es simplemente toda la vida. La vida junto a alguien es un constante enamorarse una y otra vez, en los momentos en los que la magia decae, ¿sabes qué queda? el verdadero amor, aquello que son juntos, lo que hacen juntos, la cotidianidad, sabiéndose de alguien; la paciencia, la gratitud, por encontrar alguien en el mundo que viva con uno, que lo ame, en medio de tanto ruido, eso es maravilloso; y luego, si tienes la convicción que sostiene la vida de dos, y esperas, vuelves a enamorarte con esa certeza y realidad de siempre, una y otra vez.

ANA, escuchó en un hombre, uruguayo, lo que ella creía que era vivir con alguien. Y eso le replanteó, por un instante fugaz, algunas decisiones. Con cierta premura, o tal vez temor, lo despidió. José, insistió en hacer algo de comer, Ana insistió en que mejor, mucho mejor, se fuera. Acordaron seguir hablando, tal vez.

Ana volvió a sus letras, en donde construía y deconstruía, posibilidades, pero sobre todo en donde lidiaba, con lo que no era posible. Finalmente, estaba de acuerdo con Durrel, ¿acaso no depende todo de nuestra manera de interpretar el silencio que nos ronda?.. había silencios en su vida que era necesario seguir interpretando, como esas voces ancestrales en las que se oyen los ecos de fantasmas que lo saben todo. 

 

El silencio que nos ronda

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