La gente de bien es hermosa por dentro, porque es la bondad lo que la embellece desde siempre para siempre; hay que cuidar el bien de nuestra gente de bien. Si se le va la "luz", pronto hay que alumbrarle el camino si se tiene a mano una “lamparita” disponible. La lamparita, aquí, es la invitación a reflexionar profundo sobre lo planteado.

En mi poco tiempo en artigoo, he experimentado muchísimas consideraciones: hermosas, la gran mayoría;  vacías, demasiado pocas; preocupantes..., algunas. Quiero compartir una reflexión que urge, así como tal, claramente se ve.
La crítica, aunque no guste, si es constructiva de todas todas, hay que plantearla (como al niño acatarrado que, bravo porque no le gustan los remedios, hay que darle a beber un amargo jarabe panacea para su mal). ¡Pero cuidémonos, mejor, de formular críticas no constructivas!.
De plano voy a hablar, antes de la propuesta, de política; pero de política callejera, de política popular, ...de política a ciegas.
Nosotros, los comunes mortales, siempre tenemos un juicio (crítica gruesa) en contra de los políticos; pero no aportamos ni el más mínimo pensamiento en positivo (no me refiero sólo a lo que podamos desear); en tal condición, imposible es aportar palabras y mucho menos resultados mejoradores. Yo aprendí, tuve que aprender. Yo era un mordaz crítico de Luis Herrera, de Jaime, de Carlos Andrés, de Rafael (todos son hoy ex-presidentes de Venezuela); pero inclusive también de Hugo, desde el mismo  año 1992. Criticar a Rafael me movió a la reflexión (desde su cuestionada propia “victoria” en las elecciones de 1993). Fue grave, muy grave lo que pasó entonces (que nadie pregunte por qué; pero el hecho fue tratado como sin importancia y casi irreseñado. Hay que averiguar, porque a mí el “papel” aquí no me alcanza); ese fue el inicio de una secuencia que aún se desarrolla y la consecuencia no hay que ser profeta para saberla. Ya en 1998 los venezolanos estaban muy bravos con todos los que hasta entonces habían sido presidentes (hoy se escucha con frecuencia en Venezuela, para referirse a los cuarenta años anteriores, la frase siguiente: “Era la época en que éramos felices y no lo sabíamos”). La inclemente crítica no constructiva que rodaba por las calles, para colmo de males aupada y promovida por muchos medios de comunicación y hasta por algunos periodistas, hizo de Hugo Chávez la tromba de un revuelto mar popular. Es tan así que los venezolanos vivimos en un país... mejor no calificarlo ¿porqué?: porque el hoy presidente nunca se juramentó, a efectos de su asunción al poder, lejos de ello creó su propio juramento in situ y mancilló como nadie la entonces vigente Carta Magna; ya en el poder, cual tromba marina incontenible, iniciando el cambio institucional a fondo, provocó que la entonces presidente de la Corte Suprema de Justicia profiriera una tristemente célebre frase (dijo Cecilia Sosa: “La Corte se suicida, para evitar ser asesinada”). Todo esto, y más, es la siembra de una nociva semilla: la crítica no constructiva. ¡Yo no quiero ir al campo a cosechar esos frutos!. ¡No se molesten por mi “perorata”!, créanme, la siento necesaria.
Latinoamérica toda, y más allá (lástima que no oímos nunca el clamor de Blade, en sus canciones que tanto escuchábamos y bailábamos), está corriendo un profundo riesgo: el sudor de nosotros, los venezolanos, está sirviendo para dañarla (estén seguros de que si pasa lo pagaremos caro). Amigos, hermanos todos, que viven en países que, con todo y sus defectos gubernamentales, luchan contra el daño mismo que en Venezuela tiene más de veinticinco años en gestación, por favor: tomen un día y aíslense a reflexionar profundo. Hay que cuidar el producto de nuestras críticas (a menos que queramos causarnos daño adrede). Es cierto, los gobiernos nunca son como deben ser, pero... ¿sabemos porqué?, porque así lo quieran no pueden; imaginariamente ¿nos habremos metido alguna vez en sus zapatos?; ¿estamos bien documentados, concientes y maduros, como para evaluar honestamente cuál sería nuestro propio proceder, si proceder correcto significara riesgos, por los que nuestra familia y nosotros mismos pudiéramos perder hasta la vida gratuitamente?. Si no lo saben, entre otros tantos y tantos casos, averigüen qué les pasó, quiénes eran y cuáles principios movían a los tres personajes siguientes: Renaldo José Ottolina Pinto (Reny); Omar Torrijos; Albino Luciani (Juan Pablo I). Si diera el “papel” para escribir bastante, espantaría con más referencias.
Yo propongo la mesura, yo propongo sembrar con la crítica paz; yo propongo pensar y crear los mecanismos sanos que nos garanticen la consecución del bienestar y plantearlos; yo propongo evitar la creación de resentimiento en otras personas, porque eso exacerba las pasiones y nubla las razones; yo propongo un trabajo interior individual saneador y preparador; yo propongo liberar el espíritu, para ver la verdad y corregir. Vestidos sólo de carne y hueso, no podemos lucir la perfección; estar aquí es un constante corregir y corregir.
Dichosas las naciones que pueden tener un imperfecto presidente que quisiera favorecer a su gente; desgraciadas las que, con gente ciega delirante de "perfección", se destinan a venerar a un "perfecto" como presidente.
Dañando la imagen de un  imperfecto presidente, empujamos a la gente, con lo cual nos vamos también nosotros, a la servidumbre de cualquier "perfecto" (en los países donde aún no hay uno, pudieran prepararlo aceleradamente, pueden creerlo).

Vestidos sólo de carne y hueso, nunca seremos perfectos; si no lo podemos ser, no se lo pidamos a otro que, con el mismo traje, como nosotros tiene que luchar por corregir él también.

Me declaro imperfecto; seguiré corrigiendo, corrigiendo y corrigiendo, hasta que me vista de limpio.

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