Sentada sobre el suelo de la buhardilla, navegando entre mis recuerdos, abro cajas que ya ni me acuerdo el  tiempo que llevan cerradas, amontonadas en un rincón parecían esperar ser descubiertas por su dueña; tesoros de niña que un día dejó de serlo y voló convertida en mujer, dejando esa parte de su vida arrinconada.

Cómo una chiquilla que abre entusiasada sus regalos de reyes, iba abriendo mis cajas polvorientas por el tiempo.  Mi cajita de música, a la que dí cuerda y empezó a sonar "Fascinacion" de Marchetti con esa bailarina que gira y gira al compás de los acordes...; mi muñeco llorón, aún llevaba puesto el baberito que le cosió la abuela Julia; mi álbum de fotos del colegio, todas iguales con nuestros uniformes, y a nuestro lado la madre Matilde, siempre tan bien peinada y con esa dulce mirada... Las horas pasaron casi sin darme cuenta embelasada entre tanta remembranza, dibujos, tebeos, libros,...

 

 

 En una de las cajas, encontré un bolso que solía llevar cuando empecé a trabajar; abrí la cremallera no esperando encontrar nada, solo por curiosidad. En el fondo apareció una servilleta arrugada con unas letras escritas a bolígrafo, "Te quiero", que me hizo viajar a los años de mi más temprana juventud.

"Fue una tarde de Mayo a la salida del trabajo, cuando Rafael, mi compañero, me invitó a tomar un refresco en la terraza de un bar. El sol brillaba y podía ver el resplandor en sus ojos azules. Entre risas y bromas, pintaba en las servilletas, y yo tenía que adivinar lo que dibujaba. En ésta, puso ese te quiero pretendiendo decirme lo que con palabras no se atrevía. En un principio pensé que era broma, pero su silencio manifestaba lo contrario. ¡Pero cómo ese muchacho  hacía aquello! ¡El ya tenía su corazón ocupado! ¡Su novia de toda la vida lo estaría esperando! En mi  corazón no mando, decía, que sin saber cómo, ¡de mí se había enamorado!  Empecé a comprender todas las alabanzas que me hacía, sus miradas y ese roce de sus manos con la mías."

Fue una vocecita desde la planta de abajo de la casa la que me devolvió al presente y me reclamaba, "mamá, mamá". Con mi corazón un poco arrugado, como la servilleta, bajaba las escaleras, con Rafael en mi mente. ¿Qué sería de ese muchacho? ¿Se habría casado con su novia?

"Mamá ven, un hombre pregunta por tí," decía mi hijo, corriendo hacia mí. Cuando llegué a la puerta de entrada de la casa, ¡no lo podían creer!, era él, Rafael, con algunas canas en sus sienes y pequeñas arrugas alrededor de sus ojos, pero con la misma mirada cristalina.

Aún con la servilleta en mi mano me acerqué a él, sin poder articular palabra. Sólo pensaba "y yo también..."

 

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