Jesús fue especialmente combativo en la defensa de los más débiles. En sus predicas destaca su aprecio por los pobres, los marginados y los perseguidos. Pero su reivindicación de la mujer fue mucho mas lejos de lo que su sociedad admitía, llegando a erigirse en una contestación radical de la Ley y de los usos y costumbres de su tiempo.

La situación de la mujer era especial­mente penosa en la sociedad judía del tiempo de Jesús. Las fuentes rabínicas recogen hasta qué extremos llegaba esta marginación femenina. Las mu­jeres eran consideradas seres inferiores, has­ta el punto de que su testimonio no tenía nin­gún valor jurídico. Entre las costumbres sociales del varón ni siquiera faltaba la de darle gracias a Dios «por no haberme hecho perro ni mujer». No sólo ocupaban un lugar inferior en un patio acotado para ellas y exterior al Templo, sino que también se les reservaba un lugar marginal en las sinago­gas. Por si fuera poco, se consideraba que una mujer tenía suficiente con dedicar una hora a los oficios religiosos y que, aparte de es­ta salida, debía evitar cruzar el umbral de su casa.

Los pre­ceptos rabínicos recomenda­ban conversar poco con la propia esposa. De hecho, estaba hasta mal visto hablarle en la vía pública y, en el caso de que se tratase de una desconocida, resultaba escandaloso dirigirse a ella en la calle. Para esta cul­tura misógina, las cuatro características del sexo femeni­no eran: voracidad al comer, maledicencia al hablar, pereza para trabajar y celos. Para re­matar, había proverbios tan llamativos como el que afirmaba: «Quien habla mucho a su mujer atrae sobre sí la mala suerte». En este contexto cultural es significativo y asombroso que Jesús reivindique a la mujer de una forma tan radical. Así, por ejemplo, provoca el escándalo de sus propios discípu­los al hablar con la mujer samaritana, dado que si ya estaba mal visto dirigirle la palabra a cualquier mujer judía en la vía pública, re­sultaba el colmo de la impertinencia hacerlo con una de un pueblo considerado inferior. Más aún, dirá de la samaritana: «No he visto fe mayor en toda Judea».

En cuanta oportu­nidad se le presenta, Jesús las defiende, las alaba, les habla coloquialmente de un modo cariñoso que contrasta con la dureza que em­plea a menudo y las pone como ejemplo de virtud continuamente, como se ve en el pa­saje en el cual sostiene que una pobre ancia­na que dejó una moneda en limosna había dado más que un hombre rico, porque mien­tras ella debió dar de lo que le faltaba él ha­bía contribuido con lo que le sobraba. Esta actitud de defensa de la mujer se ex­tiende a las peor consideradas: las adúlteras y las prostitutas, llegando al extremo de opo­nerse a la lapidación que la Ley preveía pa­ra las primeras. En su rechazo del divorcio se aprecia asimismo con claridad su crítica demoledora a un orden jurídico que sólo le concedía este derecho al varón. La razón que esgri­me en este caso constituye otra defensa de los dere­chos de la mujer, a pesar y en contra de la forma de entender y aplicar la Ley en su tiempo. También tie­ne especial relevancia el pasaje en el cual una mujer que padecía flujo perma­nente desde hacía doce años se cura tocando su tú­nica y a la que dice: «Tu fe te ha curado». No hay reproche alguno, pese a que, estando con el período menstrual o con flujo, la mujer era considerada especialmente «im­pura» y quedaba excluida del trato social. Estaba prohibido tocarla, a ella o a cualquier objeto con el que hubiese tenido contacto en ese estado, que por supuesto también la ex­cluía de los lugares de culto.

No era simple piedad, sino una reivindi­cación sin reservas. Las tres resurrecciones que recogen los Evangelios canónicos giran en torno a mujeres: la de la hija de Jairo (Mt, 9), que es el único cadáver que toca, siendo éstos impuros en su cultura; la de Lázaro (a petición de las hermanas de éste, Marta y María); y la suya propia, de la que hace tes­tigo a María Magdalena, precisamente en un marco cultural en el cual dicho testimonio carecía de todo valor ante la Ley. Tanto era así que los discípulos no le creyeron por ser mu­jer, según los mismos Evangelios canónicos. Más aún: Jesús roza la blasfemia ante los judíos en el pasaje que recoge Lucas 13, en el cual relata tres parábolas sobre la actitud de Dios ante los hombres. En la primera, la del pastor que perdió una oveja y sale en su busca dejando las otras 99, Dios es «el Buen Pastor». En la tercera, la famosa historia del hijo pródigo, es «el Padre» amoroso... Pero en la segunda parábola, que narra la historia de la mujer que perdió una mone­da y la buscó hasta encontrarla, Dios está simbolizado por la mujer. Tan escandalosa resultó esta imagen femenina de Dios que nadie se atrevió a deducir que, sobre la ba­se de dicho pasaje, era obvio que cabía una interpretación trinitaria del mismo, en el cual el Padre del hijo pródigo sería la pri­mera persona, el Buen Pastor simbolizaría a Cristo y la mujer al Espíritu Santo.

No es casual que las mujeres se contaran entre sus seguidores más próximos, que se mencione que varias de ellas le cuidaban, asistían y hasta sostenían con sus recursos, o que siempre Jesús aparezca manteniendo con ellas una relación mucho más amistosa que con los varones, hasta el extremo de pro­vocar los celos de algunos apóstoles. Todos estos pasajes -como muchos otros- indican que Jesús debió ser objeto de un odio intenso por parte de quienes sostenían una ideología tan represiva hacia la mujer. No hubo tabú religioso ni social respecto a ésta que él no desafiara públicamente. El hecho mismo de que este talante sea un rasgo tan reiterado en los Evangelios, como insólito para su época y la que corresponde al período durante el cual dichos textos fue­ron seleccionados como inspirados por Dios, es un indicador fiable de que fue parte de su magisterio original y de su propia existencia. Lo que llama la atención, en todo caso, es que, con estos antecedentes clamorosos que únicamente pueden calificarse de «feminis­mo radical», el cristianismo posterior que los adoptó como fundamento teológico y doc­trinal se haya manifestado tan poco sensible a esta promoción de la mujer.

¿Omitieron los copistas de los Evangelios canónicos otros pasajes que hablaban de sus relaciones íntimas con algunas de esas mujeres tan próximas a él? No parece probable, ya que en esta hipótesis también deberían haber suprimido con mayor razón otros epi­sodios de gran impacto, como el célebre «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», una piedra con la que tropieza siempre la fe del cristiano, o incluso el pasaje, ciertamen­te incómodo para la Iglesia, en el cual Jesús concede a una mujer (Magdalena), y no a uno de sus apóstoles varones, el privilegio de ser la primera persona que le ve después de su resurrección.

Al fin y al cabo, el sexo de los doce discípulos fue el argumento teoló­gico para negarle el sacerdocio a la mujer y el citado pasaje evangélico suponía una fuer­te objeción a esa exclusión. Pero ni siquiera se omitió que ella le llamara «Rabboni», for­ma íntima y cariñosa de «Rabbí» (Maestro), que equivalía a nuestro diminutivo familiar. En las últimas décadas ha surgido una abundante literatura que cuestiona la imagen de un Jesús célibe y casto. No es una idea nueva: recoge una tradición que, si bien se sostenía en secreto por herética en el Medievo, cuenta con antecedentes históricos, que incluyen su presunto matrimonio con María Magdalena y la supuesta existencia de descendientes directos de ambos. Según estas leyendas, sostenidas como historia re­al por sociedades secretas como el Priorato de Sion en nuestros días, la esposa de Jesús habría encontrado refugio en las comunida­des judías asentadas en Europa occidental.

Algunas corrientes cristianas, como los mormones también sostienen la creencia de que mantuvo relaciones íntimas con va­rias de sus seguidoras, con quienes se habría casado, entre ellas Marta y María de Betania. Sin embargo, las doctrinas que sostie­nen estos extremos carecen de base docu­mental fiable y, en general, se apoyan en supuestas revelaciones directas. En este contexto, ¿cuáles son los argu­mentos que pueden aducir tanto quienes sostienen su castidad como quienes mantienen que se casó y tuvo hijos? ¿Existen realmen­te elementos objetivos que puedan examinarse críticamente para conocer este aspec­to de la vida de Jesús o estamos ante simples especulaciones? La verdad, desde el punto de vista histórico -y sin menoscabo alguno de la perspectiva de la fe religiosa-, es que no existen documentos que nos permitan acla­rar esta cuestión de forma inequívoca. En los Evangelios canónicos tenemos un Jesús casto y célibe, que incluso recurre a la ima­gen de castración («Y hay quien se hace eunuco por el Reino»), pero también la versión opuesta en varios apócrifos posteriores, se­gún los expertos mucho menos fiables.

En estas condiciones, ¿qué podemos de­ducir de lo que sabemos? La razón de mayor peso que esgrimen los partida­rios de un Jesús casado se remite al entorno cultu­ral y sostiene que resul­taba impensable para un judío de su tiempo no hacerlo: formar una familia era un imperativo de su sociedad y, en con­secuencia, no parece ve­rosímil que alguien que se presentaba como Me­sías de Israel y preten­diente al trono, en cali­dad de heredero de la Casa de David, no hubie­se formalizado el preceptivo matrimonio. Sin embargo, también es evidente que Je­sús encarnó un arquetipo mesiánico espe­cialmente heterodoxo en todos los aspectos, que incluso escandalizaba a sus discípulos más directos. Su vida y magisterio resultaron fuertemente rupturistas en todos los órde­nes. De modo que, a esta luz, el argumento se debilita sensiblemente: no parece Jesús una figura cuya existencia pueda recons­truirse sobre la base de lo que un judío me­dio estimaba como correcto, por la sencilla razón de que fue un ser excepcional que pro­vocó el escándalo de su entorno social en in­finidad de ocasiones, precisamente por su contestación a la Ley y a las costumbres.

Más fuerza tiene el argumento de que el celibato sacerdotal no se impuso sino hasta 1.000 años después de su muerte. Las mismas fuentes en las cuales se apoya la tradición de la Iglesia muestran que era común entre sus apóstoles y primeros seguidores tener mujeres y concubinas, que incluso les acompañaban en sus misiones, sin que en ningún caso sintieran necesidad de justificar esta conducta. Tampoco existe base documental para considerar que la abstinencia sexual se adop­tara como ideal antes del siglo II d.C, cuando aparece la tradición eremítica y se ponen las bases de la vida monástica. Más aún, es sig­nificativo que sólo entonces aparezca en la cultura cristiana el dia­blo súcubo (hembra), que sin embargo era bien conocido en la cultura judía. Jesús nunca menciona a este demonio concreto (Lilith), a pesar de que en las creencias po­pulares existían incluso conjuros formales contra su actividad perturbadora de la se­xualidad del varón. Los únicos demonios que expulsa en sus exorcismos aparecen relacionados con la cólera, la enfermedad o los estados de delirio, pero los Evange­lios no recogen ningún caso de diablesa que atormente con tentaciones a los posesos que él cura. En su magisterio público, además, el «Maligno» está presente co­mo enemigo del hombre, pero jamás aso­ciado con la mujer ni el sexo, sino sólo con el fraude («Padre de la Mentira») y el poder («Príncipe de este Mundo»). Y este es otro elemento que avala la fideli­dad de los Evangelios canónicos al origi­nal, puesto que no se interpoló a pos-teriori en los textos ninguna de las fuertes imágenes demoníacas, tan frecuentes en la tradición eremítica posterior a Jesús, plagada de diablesas lascivas dispuestas a tentar al santo.

En nítido contraste con el nuevo modelo de Diablo cristiano surgido en el siglo II -cu­ya actividad se reduce en la práctica obsesivamente al sexo-, las tres célebres tenta­ciones evangélicas ni siquiera aluden indirectamente a este tema. A su vez, el tér­mino «adulterio» no tiene en la prédica de Jesús el estrecho sentido moderno de infidelidad conyugal, sino el significado genéri­co de «fraude» o «impostura». La Iglesia siempre ha interpretado su re­lación con Magdalena en clave de matrimo­nio místico, como demuestra el hecho de que en su festividad se entonaran los pasajes del Cantar de los Cantares en los cuales la novia busca al novio perdido; es decir, la Iglesia recogió el hecho de que su relación con Mag­dalena fue especialmente íntima.

¿Estamos ante una unión mística o ante in­dicios de que hubo un matrimonio con des­cendencia y este aspecto fue omitido posteriormente? En principio, no parece probable que hubiese ninguna censura, puesto que, en ese caso, lo más lógico hubiese sido su­primir todos los otros pasajes que pudieran interpretarse en ese mismo sentido o sugerir la mínima sospecha de que existió una rela­ción muy especial.

 

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