Un rescate es una suma de dinero exigida para dar la libertad a una persona cautiva. Ahora bien, los pecados que cada uno comete son una ofensa a la santidad divina y constituyen una deuda para con Dios. Su pago está asimilado a un rescate.

Si alguien pretende no haber pecado, quizá piense que no necesita un rescate. Pero la Biblia declara: “Todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23).

Al contrario, el que siente el peso de sus pecados no debe procurar conseguir él mismo su rescate. El primer versículo citado nos quita todas las ilusiones: nosotros mismos no podemos hallar el rescate, ni contar para ello con nuestros hermanos o amigos. Pero el segundo versículo nos tranquiliza: Dios se ocupó de ello, su propio Hijo se dio a sí mismo y la sangre derramada en la cruz del Gólgota basta para borrar enteramente nuestra deuda.

Ahora Dios afirma: “Nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones” (Hebreos 10:17). Si Dios declara que está satisfecho con ese rescate y que éste tiene para él un valor infinito, ¿quién podría decir lo contrario? “Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará?” (Romanos 8:33-34).

Hoy Dios ofrece su perdón gratuitamente, porque el precio fue pagado por Jesús en la cruz.

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