Hace pocos días hemos vivido el último capítulo protagonizado por el sector radical de la afición de un club de fútbol en España.

Los protagonistas en cuestión fueron el Atlético de Madrid y su sector ultra, el Frente Atlético. Una representación de éstos se personaron en el estadio Vicente Calderón el pasado domingo, en un entrenamiento que, a priori, era a puerta cerrada, para mantener una "charla" con algunos de los miembros de la plantilla rojiblanca; entre ellos, los capitanes.

Para más inri, esto se produjo durante el primer entrenamiento del nuevo técnico, Quique Sánchez Flores, con el equipo. Éste ha quitado hierro al asunto, al igual que los jugadores, asegurando que fue una simple charla con unos aficionados.

¿Pero de qué van? ¿De verdad es normal eso? Pues no, no lo es. De hecho, miembros del Frente Atlético ya protagonizaron un hecho similar hace algunas temporadas, personándose en el entrenamiento del equipo incluso con una porra.

Lo cierto es que algunos presidentes ya han demostrado que se puede luchar contra los ultras, como Joan Laporta, que los borró del mapa del Camp Nou; o Florentino Pérez, que consiguió que el comportamiento de los Ultra Sur madridista se moderase hasta donde nadie podía creerlo.

Sin embargo, no es España uno de los peores países en ese sentido: Fabio Capello se ha quejado hace unos días del control que tienen los "tifosi" italianos en el fútbol de su país, donde son los auténticos jefes, manejando a jugadores y dirigentes de los clubes a su antojo.

Otro caso es Argentina y algunos otros países sudamericanos, donde la violencia en los campos de fútbol es una constante. Ejemplo se debería tomar del fútbol inglés, que fue el primero en quitar vallas y protecciones, y donde los incidentes se cuentan con los dedos de una mano.

Dejando a un lado el hecho de que debe ser una vida muy triste aquella que tiene como máxima preocupación el fútbol, alguna solución se debería encontrar. ¿Qué tal prohibir el fútbol (o cualquier otro deporte donde exista violencia o ultras) durante 3 años? Supongo que alguno se tiraría de un puente, pero a lo mejor merecía la pena... ¿no creéis?

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