Creo que el otoño es la estación más bella del año. Más que cualquier otra. Más bella que el verano, demasiado fulgurante y luminoso. El otoño tiene la luminosidad perfecta para dorar nuestro rostro sin quemarlo y resaltar nuestros ánimos sin llegar a exacerbarnos demasiado. Más bella que el invierno, frio , triste y largo, como el vino agrio o el regusto amargo de las lágrimas de desamor. El otoño tiene la duración perfecta, tres meses que podemos disfrutar entre las hojas rojizas de los sauces caidos en el parque de la ciudad, junto a un amor  recién estrenado. Y más bella  que la primavera, que aún rezuma los restos del frio glacial del su antecesor invernal,  y nos deja esperando la llegada del estio con intriga ...

Sin embargo el otoño es el presente, el presente más dulce de todas las estaciones, como el anis  de las bodegas añejas , o la compañía de un hombre de pelo cano,  o de una joven de ojos dorados... como el presente perfecto de la lengua castellana, como la noches suaves y templadas de octubre,  y desafiantes de finales de noviembre...

Porque el otoño cuenta con todo ésto y mucho más:  castañas asadas en la aldea de nuestra niñez, enormes olas marinas saladas junto a las costas  de una ciudad norteña,  gamas cromáticas de exultantes tonalidades, sensaciones embriagadores de regocijo y recuerdo ....

¿Qué más se le puede pedir a una humilde estación del año...? qué nos ha dado todo sin pedir nada a cambio...

Por ello, escribo hoy parte de ésta "trilogia de las estaciones", y me quedo con tres solamente, porque el verano me deslumbra y el invierno me congela el alma... pero el otoño es todo lo que yo deseo ... cuando me reencuentre con las demás estaciones y alguna de ellas me encandile tanto como el otoño, le dedicaré algún soneto enamorado, os lo dejaré aqui como antaño, para que comprendais lo que yo siento por las estaciones más bellas del año.

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