En la construcción de muebles, es corriente, como se ha podido ver en capítulos anteriores, aprovechar con fines decorativos el rico y cálido aspecto natural de la madera, y ello tanto en muebles macizos como en chapeados decorativos.

No obstante, las superficies de la madera son fácilmente alterables por los agentes atmosféricos y poco resistentes a los accidentes domésticos. Por otra parte, la falta de homogeneidad de la madera de distintas procedencias, aun siendo de la misma especie arbórea, puede producir un aspecto en el conjunto de un mueble, irregular y poco agradable. Tales motivos han hecho que, desde antiguo, se utilicen procedimientos de acabado de las superficies que eviten estos inconvenientes sin ocultar el aspecto natural de la madera y aumento aún más la belleza de éste.

La finalidad de estos procedimientos de acabado, podemos considerarla doble, por una parte realzar, uniformar, suavizar o entonar el color de la madera y por la otra proteger la superficie aumentando a la vez su brillo y su lisura, y permitiendo la vista del veteado natural.

La primera de estas finalidades es atendida por las operaciones de decoloración, mordentado y teñido. La segunda puede cubrirse con las operaciones de encerado o barnizado. Los modernos procesos de acabado suelen incluir operaciones de ambos tipos.

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