? Trascendencia en el Umbral

Recuerdo el afán por llegar a quinto y en especial a sexto de bachillerato, que eran los dos cursos finales, donde se evidenciaban los cambios, transformaciones y supuestos privilegios. Para empezar se podía disfrutar del “fumadero” que no era sino un área llena de nicotina, colillas y nubes de denso humo que dispersaba prontamente el viento sabanero, y hacía esquina a manera de balcón donde los “grandes” con autorización del Establecimiento podían enviciarse con entusiasmo a su futuro enfisema pulmonar y quienes atentos chequeaban a quienes no participaban del tertuliadero para tacharles de “pelotas”; por lo tanto todos deberíamos fumar, era la consigna, o exponerse a quedar estigmatizados, como también se señala en otra parte de esta narración.

Propio de sexto de bachillerato eran también el Mosaico, armazón de diseño caprichoso, escaparate repujado en aparente noble y lustrosa madera, en el que se exponían las mejores fotos de estudio de los graduandos y sus ilustres profesores, creíamos que luciría por toda la eternidad en la austera galería central que abarcaba el corredor de la Rectoría del Alma Mater y quien sabe con el tiempo, vaya uno a saber en qué húmedo, mohoso y oscuro garaje o trastienda terminarían estorbando, arrumados y olvidados pudriéndose inexorablemente. Otro distintivo era el Anuario, revista que recogía las sesudas impresiones y programas académicos del plantel, como también el doméstico y cotidiano acontecer del Colegio dentro de estos agitados ciclos, destacando la revista, las excursiones, las fiestas de la Semana Cultural, y en especial para la mayoría de nosotros los esporádicos paseos organizados a la casa campestre de clima medio, cercana a la ciudad que poseía el rector, cuyo nombre, El Ocaso, fue como una anticipada y cruel premonición. Frecuentada también aquella estancia con mayor regularidad pero sin registro oficial, en íntimo concilio, por círculo limitado de predilectos e iniciados escolares para los fines y propósitos de la singular conducta de aquel educador. En el Anuario se podían conocer datos, gustos y aficiones, al igual que los planes futuros de cada uno de los nuevos y entusiastas bachilleres, adornaban la publicación caricaturas, en algunas de las cuales fui partícipe (también solía dejarlas plasmadas en los baños del cream de la 68, en especial la de “Pachito” el español Vicerrector y abnegado administrador del Colegio), refranes y una que otra poesía completaban el material del anuario.

No podía faltar el anillo modelo arzobispal que engalanaría nuestro dedo anular derecho, en la noble y programada ceremonia de graduación, bellamente moldeado éste en oro de 18 kilates, con el emblema distintivo del Establecimiento, la cruz gamada, el libro, la pluma y los haces de luz, que representaban eso, toda una linda retórica. Remataba la pieza de orfebrería, llevando en bajo relieve en el reverso de la argolla, el nombre completo del alumno, y el año de gracia del evento. Su imposición se iniciaba cuando solemne el Rector mencionaba aclarándose la garganta el vocablo “Accedan” y procedía a leer la lista en riguroso orden alfabético de los graduandos quienes orgullosos en fila nos dirigíamos al estrado. La misma operación se repetía para recibir el Diploma que acreditaba el triunfo del largo y torturante camino recorrido, pergamino primorosamente caligrafiado en caracteres y letra gótica, adornado con numerología romana que entregábamos a nuestros padres y familiares quienes con ojos encharcados no podían contener la emoción de aquel momento. Ese día de graduación los souvenir, los regalos y las invitaciones no se hacían esperar. Hasta complot y asesinato de presidente gringo a la hora del almuerzo hubo en el repertorio, acontecimiento conocido intempestivamente al incurrir en el comedor reservado, amplio salón enchapado en nobles maderas del legendario restaurante Gran Vatel, donde invitados por mi padre toda la parentela celebraba la graduación del mucharejo, el impecable maître olvidando su ensayada y normal compostura descontrolado anunciaba en un lenguaje atropellado impreciso y deshilvanado el crimen.

Los comensales inicialmente confundidos y atortolados levantándonos agitadamente de los asientos, creímos que se trataba del presidente Guillermo León quien despachaba y residía en el día a pocas cuadras de donde nos encontrábamos, porque sus calidas noches transcurrían alegres lejos de los fríos muros de palacio, en casa de Doña Blanca Varón, personaje nacional de orgásmica reputación. Toda aquella generación de mayores que aun fresco conservaban el nefasto recuerdo del caótico nueve de Abril, apertrechándose vieron penetrar por un momento en su paranoia el asalto del lugar por ventanas y cubierta de la chusma ebria e incontrolada de aquella inflamable fecha.

Aclarada la noticia, no con preocupación, la calma y la alegría volvió a su cauce, al comprobar que la tragedia se desarrollaba no a cientos de metros de allí, sino a miles de kilómetros y con otro mandatario, eso si igual de faldero.

Pero el éxtasis, de todos estos ilustres acontecimientos rituales de cambio e iniciación a la madurez lo representaba la tradicional cena, ágape brindado con generosidad de logia por los muchachos del curso inferior, realizada en la Posada del Mar, restaurante nómada por su constante y permanente mudanza citadina, negocio reconocido e identificable por la gastada y gigantesca ancla que con su herrumbre terracota permanecía firmemente adosada a la pared de acceso al local de turno y que con su nombre virtual como complemento, nada más lo relacionaba con el mundo marino, o en La Reserve otro memorable restaurante, para no contradecir a mi entrañable colega y amigo Germán Fernández Mejía, quien posee foto histórica del evento.

Festín que se iniciaba solemne y circunspecto, con discursos acartonados y contenidos de mutuo elogio, agradecimiento y votos por la buena fortuna de quienes partían. Sin embargo su aspecto respetable y mesurado un poco más tarde se alteraba siendo prácticamente irreconocible cuando todos los convidados sin excepción, brindando con premura, sin parar en gran algarabía y bullicio una y otra vez por todo, desabrochados, relajados tomaban sin rubor como cocheros de pocilga. Reuniones que siempre contaron con la insustituible compañía del culto y etílico profesor de literatura, eje central y aglutinante social, quien aparte de su estable y precisa personalidad, se destacaba por sus característicos espesos anteojos, que realmente eran dos enormes y potentes lupas de aumento telescópico, reflejando en su fondo verdoso un infinito campo de círculos concéntricos en cuyo profundo interior se destacaban sus minúsculos y entrecerrados vivaces ojillos, tan acostumbrados éstos a bucear en los vastos océanos de la ginebra, su licor preferido. Personaje que adueñándose cómodamente para sí, dentro del jolgorio de cíclicos momentos pasivos de meditación y sueño sorpresivo, adoptando y permaneciendo para ello, su sibarita humanidad peligrosamente en equilibrio, rígida y estática en el alero de cualquier asiento, dibujándose finamente una leve mueca inexpresiva en su semblante blanquecino éste y pálido como el gran cirio de candelero de abadía medieval, sin poder uno atinar o descifrar con certeza si su cadavérico gesto era de éste o de otro alucinado y perdido mundo. Al súbito despertar del intermitente sopor, dispuesto y despabilado, se reintegraba sin más, entonando enlagunado y abúlico desgastadas canciones con los ya ebrios y vomitados bachilleres de la juerga, que iban caracoleando su celebración hasta el amanecer, volviendo luego nuestro profesor de literatura a su último período de hibernación de la jornada, cuando exhalando el tufo del alcohol consumido y procesado, totalmente desgonzado y flojo adquiría el doble de su peso, de su rollizo cuerpo, haciendo más complicada y laboriosa la operación de embutirlo de cualquier forma en el taxi solicitado que más tarde con toda seguridad lo votaría “chalequiado” en el quicio de su casa, permaneciendo allí tirado como cualquier bolsa fofa de basura hasta un nuevo despertar.

Memorable la comida del ritual, como la posterior, martirizante y quejida resaca adquirida aquella noche y don Fernando tan campante.

Comparte este Goo:

¿Tiene contenido inapropiado?

Comparte este goo con un amigo: