Recuerdo a Flavio Comodín como un amigo pintoresco de mi progenitor, personaje muy bogotano, algo deschavetado, mezcla del sesudo, ingenioso y despierto abogado y del histriónico, mañoso y simulador leguleyo. Con una adicta inclinación a beber, afiebrado con fervor religioso por el coñac Hennessy especial, con el cual su fina licorera de bolsillo mantenía siempre bien aprovisionada, facilitando y permitiéndole no alejarse de éste durante las horas laborales, apurando de tanto en tanto su ración personal, como un obligado medicamento. Dispuesto a lo que fuera, desempeñaba cientos de trabajos y actividades de todo orden, vinieran de donde vinieran, santas y no tanto. Si se le solicitaba obtenía, sabrase cómo, pulcras recomendaciones y certificados de trabajo, diplomas de estudio y capacitación, licencias de construcción, magníficos y solventes balances o declaraciones de renta, que cualquier banco no negaría y de inmediato aprobaría el crédito gestionado, también conseguía pasaportes, visas, permisos diplomáticos, manifiestos de aduana, en tres días los documentos estaban expedidos y listos.

Se comprometió con mi padre en obtener para esta criaturita su licencia de conducción, que tanta falta le hacía al mucharejo. Sin importar la edad, pues me faltaban 2 años para cumplir 18, edad reglamentaria establecida para expedir tal documento, con fiador de por medio como requisito básico, porque sólo hasta los 21 años en aquella época se obtenía la ciudadanía y eso era mucho, pero mucho tiempo. ¡Usted todavía no tiene pase, está friquiado maestro! Frase que a esa edad voluble inquietaba.

Reunidos en las oficinas de Circulación y Transito de la Alcaldía de Soacha, donde Flavio nos había conducido, jactándose de ser aquel lugar el adecuado para el tramite que se pensaba adelantar, por los amplios y convenientes contactos que conservaba, facilitándose allí la inmediata obtención, sin ninguna dificultad de la licencia. Dependencia municipal donde el soborno era frecuente, expidiéndose pases a invidentes, sordos, cojos, mancos ó epilépticos, que por la cantidad de lisiados que se veían atiborrados en patios y corredores de la vetusta edificación más parecía un sito de peregrinación a la reliquia venerada, con la fe expuesta al milagro, que oficinas estatales de expedición de licencias de conducción.

Hecho confirmado años después cuando una ejecutiva de la Alcaldía Mayor narraba la experiencia que vivió en esa benemérita institución. Señalaba que un día el conductor, porque en aquella época la gran mayoría de los empleados oficiales tenían conductor asignado a su cargo, fue transferido, nombrando en su reemplazo uno de recomendación política. El día del estrene, el recomendado la esperaba sentado muy aconductado y listo al frente del timón del automóvil, al entrar, ella le indicó el destino, en vista que no iniciaba la marcha, le volvió a dar la orden, pero nada, a la cuarta indicación, pensó que el individuo era sordo, pero fue peor, de repente este empezó a llorar desgarradoramente, confirmando que él si tenía licencia de conducción expedida en Soacha hacía muchos años, pero no sabía manejar, que él era un pobre crucificado padre de familia con doce hijos, que la última cena ni la conocían, que por favor comprendiera su situación, que el único trabajo conseguido después de mucha lucha e intrigas era éste. Total la ejecutiva acabó esa tarde conduciendo, haciéndose participe del infortunio, le pagó clases de enseñanza automovilística al desdichado padre de familia, quien con el tiempo acabó estrellando, volteando y destrozando el carro oficial. Don Bayardo dejo su huellaza.

 

Apeñuscados en el estrecho salón de la Comisaría, en cuyas mugrientas y desaseadas paredes colgaba el único e insustancial adorno, una mediana y gastada litografía del Libertador, recordando con ello, la presencia omnipresente del Estado. Lugar atiborrado de expectantes beneficiarios en promiscua transpiración. Con tropiezos y empujones logramos llegar a la baranda de madera de aquella sórdida oficina, barrera que nos separaba del secretario, quien como sumo sacerdote permanecía impertérrito ante el ensordecedor alboroto, división de por medio de aquel caótico despacho. Hombrecillo entrado en años, de avanzada calvicie, con anteojos reflectivos de gruesa montura, sus antebrazos cubiertos por protectores de tela de ordinario dril negro que le amparaban su chaqueta de repugnante color lila. Burócrata alcohólico instalado allí como Sísifo milenariamente por sus influyentes y definitivas fichas polítiqueras, que le protegían y a las cuales ayudaba con abyecto servilismo, “Care Chicha” le decían sus copartidarios, entre los que se contaban concejales de la ciudad, honorables senadores de la Republica y altos funcionarios del gobierno; peones colocados en esas instituciones por la dominante mafia del transporte, actuando todos ellos como sumisos esbirros que le sirven a sus corruptos y particulares intereses económicos. Beneficiándose de forma geométrica con el detrimento y la vejación de indefensos usuarios que soportan a diario la denigrante calidad del servicio público urbano de la ciudad. Que en ochenta y cinco años de existencia, desde cuando el acaudalado y visionario comerciante Don Tarcisio Holguín Koppel importara los primeros autobuses. El Estado nunca ha podido o quiso como es de suponer, por que hasta reglamentar y normalizar lo ha hecho, encuadrar con firmeza y justicia al insatisfecho y ninfómano gremio que controla tan vital sistema de transporte. Circunstancias todas estas que recuerdan el aberrante mundo vivido en la novela de George Orwell, “Rebelión en la Granja”, los cerdos históricamente siempre dominando.

Abalanzándose en un impulso, nuestro tramitador por encima del gentío venciendo el último escollo, trabajosamente logró entregarle al remoto secretario un desordenado racimo de papeles. Tomándolos con aprensión el funcionario, circunspecto y siseando absorto empezó a despulgarlos, pasando cada hoja despacio, lenta y cuidadosamente, deteniéndose a cada instante frotándose la quijada; de pronto uno de aquellos documentos le llamó poderosamente la atención, se detuvo observándolo con mayor interés, Comodín, ante este inusual gesto, empezó prudentemente a escurrirse detrás de los presentes. Levantándose parsimoniosamente de su sillón el apoltronado secretario, elevó el documento como en la eucaristía, con sus dos manos, colocándolo a trasluz contra los vidrios de la ventana del despacho e increpando atronadoramente, contra todos los presentes, quienes callaron, vocifero ¡Estos papeles son falsos! Para entonces el tramitador había huido en veloz carrera digno de raponero de la décima. Quedándome con mis compañeros, futuros clientes de Flavio despistados. Atolondrados y haciendo conjeturas salimos de la oficina estatal a una esquina del marco de la plaza, desde donde notamos cómo el leguleyo desencajado nos hacía tímidas señas acurrucado detrás de unos costales, canastos y jotos que cargaba una raquítica zorra, al lado de los toldos y los pañolones de las marchantas del mercado. Alterado daba falsas y mentirosas explicaciones, indicando que posteriormente se comunicaría. Con el ánimo descosido desapareció rápidamente por entre el tumulto de parroquianos y mercaderes.

Esperando la llamada de aquel marrullero individuo, veía días después el habitual noticiero donde destacaban la cíclica reseña de la compra por parte de la Secretaría de Circulación y Transito de veinticinco motocicletas Harley-Davidson para solucionar definitivamente, decía con elocuencia el locutor, el problema del transito en la ciudad. Compra que permitió como ha sido costumbre de las administraciones armar un espectáculo circense de primer orden. Se veían engalanados al señor Alcalde previo discurso patriotero y su sequito, con la consabida solemne bendición de su eminencia el Arzobispo Primado, sacristanes y monaguillos acompañantes, repartiendo sobre los presentes incienso y agua bendita a diestra y siniestra con fondo de triquitraques y voladores acompasado por tonadas de la banda municipal, procedimiento también habitual y corriente cada vez que la monopolística compañía aérea de la nación compraba y traía un avión; allí estaban en el aeropuerto siempre presentes el prelado y la congregación con ritos y bendiciones, pretendiendo con la maniobra exorcizar el aparato por todos lados, de posibles y lamentables siniestros. Máxime si este avichucho había hecho parte de los incontables bienes familiares del harem de un hereje y obeso jeque árabe y las posibles perversiones que allí se desarrollarían. ¡Santo Dios!. Líbranos Señor!.

La cámara del noticiero ponchaba, el alineamiento de los barrigones y bigotudos patrulleros tipo mariachi, quienes permanecían en perfecta formación en frente a sus doncellescas máquinas, prestos a montarlas. Con sus uniformes azules y pecuecas botas de cuero ceñidas y ajustadas hasta las rodillas, represando por la distancia, afortunadamente, su alborotado y punzante olor. Trajes inspirados posiblemente en la Luftwaffe alemana y trasportados a estas tierras sabaneras por algún engendro distrital, frenético funcionario hincha de lo nacional socialista. Al sonido de un penetrante y agudo pitazo los uniformados corrían, y setenta o más chupas trepándose a las motos como hormigas, cabalgándolas formaban ridículas y peligrosas pirámides y puentes humanos. Tambaleantes se paseaban en circunvalaciones concéntricas realizando piruetas y malabares una y otra vez por toda la adoquinada Plaza de Bolívar, tirándose la plata de los contribuyentes en semejantes estupideces. Curiosa forma ésta de entender la eficaz vigilancia del transito capitalino por las autoridades. El subdesarrollo en acción.

Finalmente con mis amigos y Comodín viajamos a Zipaquirá, destino donde aseguraba que en esta oportunidad todo estaba controlado, como después evidenciamos. La jornada se cumplió en el Jeep Willys de mi papá vehículo de amplia trayectoria y servicios prestados a la plaga. Conduciéndolo el tramitador, al llegar a la localidad nos esperaba un chupa de obesa y mofletuda contextura como son generalmente sus humanidades. Intercambiando algunas frases entregó un formulario para diligenciar, con la advertencia de no llenar algunos espacios que él completaría. Indicando que nos esperaba en la Alcaldía Municipal, donde posteriormente recibieron el formulario y los demás documentos solicitados, también cuatro fotos de 3 x 4 en fondo blanco, de frente, sin anteojos ni sonrisas. Pasado algún tiempo el chupa intermediario o enlace me indicó que subiera al jeep para realizar el examen de conducción. Me sorprendí cuando el inspector asignado me señaló que diera vueltas a la manzana, que él estaría en la cantina de la esquina, expendio de su propiedad, atento observando mi desempeño y habilidad. Al completar la primera vuelta y pasar frente a la taberna, vi a los tres, el inspector propietario, el chupa intermediario y a Comodín departiendo festivamente varias cervezas, después de muchas vueltas, con mis amigos incorporados al examen y una canasta de cerveza consumida por los evaluadores, valor del derroche incluido para mi progenitor en el rubro de gastos de representación, el inspector consideró valido el examen, media hora después me entregaban la flamante Licencia de Conducción certificada, y auténtica, con dos años más de edad y listo para conducir legalmente por todo el territorio nacional. Patria querida.

El regreso lo hicimos estrenando pase. Flavio Comodín de copiloto, cumplida la misión, roncaba como manifestación de su organismo digiriendo y procesando esa indigesta y promiscua combinación detonante de cerveza y coñac. Salud!

En tanto amenizando el viaje de retorno a la ciudad, Eduardo Cuellar Hernández leía un curioso volante premonitorio sobre aspectos del futuro transporte colectivo de la ciudad. Que por esos días había caído en sus manos, titulado “Confusión igual más ingresos”, este decía:

“Dentro de la perversidad que caracteriza desde sus inicios el sistema de transporte público colectivo de Bogotá, se destaca un florido y enigmático tablero generalmente elaborado de madera prensada, adosado siempre internamente al vidrio delantero del vehiculo urbano. En el cual de forma atiborrada aparecen allí garabatos indicando estos el número de la ruta, acompañado también de nombres y direcciones escritos en diversas dimensiones y colorines, que como pistas de un rompecabezas señalan el caótico recorrido por los laberintos de la ciudad. Jeroglífico solo interpretado correctamente por un docto usuario experimentado.

Colocado a propósito sobre el vidrio panorámico, exclusivo sitio frontal del vehiculo, lugar que permite la confusión del usuario que es el objetivo y finalidad que se busca, para obtener ingresos adicionales mejorando la mafia el ya lucrativo negocio del transporte colectivo.

Al ser visible en el tablero el destino y la ruta del vehiculo solo en la parte delantera del bus, muchas personas toman el transporte equivocado, percatándose de ello cuando han traspasado la talanquera ó registradora, otro aparato perverso e infernal adoptado también por el sádico transporte público, equivocación que genera permanentes ingresos adicionales al gremio del transporte.

Si la buseta o el bus esta obligatoriamente atascado en alguno de los innumerables trancones de la ciudad, esta es una inmejorable oportunidad para el usuario al poder encaramarse con mayor sosiego al camión modificado, (que no reconoce norma internacional de diseño industrial alguna) sin embargo para lograrlo primero tiene que apresuradamente adelantarse al vehiculo, con el fin de poder leer de carrera el particular tablero y comprobar si es la ruta y el recorrido que le sirve, generalmente el afán y la ansiedad desembocan nuevamente en la equivocación, generando otra vez ingresos adicionales al gremio del transporte.

Otra opción que le queda al usuario en el trancón vehicular es correr zigzagueando apresuradamente por entre buses y busetas detenidos, para gritar o hacer muecas al conductor desde la mitad de la vía, exponiéndose a ser arroyado, anhelante preguntando por el recorrido del bus, por que el dichoso tablero informativo no le aclara nada, sin obtener aquel parroquiano respuesta alguna, por que el chofer encerrado como esta en su anacrónica cabina antiatraco no oye, ni ve. O porque la ensordecedora, estridente, chillona y diarreica música de alharaquientas y ramplonas emisoras que lleva sintonizada le impide cualquier comunicación con el mundo exterior. O por que el señor conductor va alegremente “recochando” con su amiga sentimental, quien le colabora en el trabajo, llevando el producido señalado en un grueso fajo de billetes que cuenta y recuenta, fuertemente apretado en sus sudorosas manos de las cuales chorrea un turbio y sinuoso zumo que lento desciende por el cobrizo antebrazo, perdiéndose en su húmeda y manchada manga. Mezcla almizclosa de líquidos, por ir la dama a la vez sincronizada conjuntamente con los negocios, rechupando una jugosa rodaja de piña o un grande, dulce e hilachado mango pintón. El Casanova al volante, en aquel momento exacerbado no tiene más miramientos para nada distinto que su amada, como va a rebajarse contestándole a un inoportuno peatón. O simplemente por que al chofer no se le da la gana responder, quizás por ir ensimismado pensando en los cachos que a esa hora le estará poniendo su mujer; optando el angustiado usuario en tomar otra vez el bus equivocado, generando nuevamente más ingresos adicionales al gremio transportador.

Tratándose de perversidades está también la trampa mortífera que padecen los usuarios con una trilogía de peldaños al acceso o la salida de aquellos carromatos, clásicos escalones que conforman diversas figuras geométricas de altura y tamaño de inconcebibles dimensiones, donde al usarlos las humilladas victimas sufren permanentes luxaciones y desgarramientos musculares en sus extremidades al no poder asentarlas adecuadamente. Donde más de una doncella perdió su virginidad (por lo menos eso aseguran la mamá y las tías en vísperas del compromiso matrimonial de la creatura) y otro anciano hasta la vida al intentar trepar ó aventarse del bus en la mitad de la vía, sitio normal de detención de estos transgresores.

Finalmente si el desorientado usuario se decide subir al bus preguntando a los pasajeros antes de pasar la registradora por el circuito y el rumbo que lleva el endemoniado carromato, estos con su mutismo reflejan igual despiste, quedando el individuo atorado y sin respuesta entre el artefacto registrador, cinco o seis pasajeros, un vendedor ambulante con su canasto de maní, habas y patacones, un cantante, músico o mendigo que vienen empujando afanosamente detrás de el, los últimos de los cuales apoyados precariamente en el estribo del bus afirman todo su cuerpo tan solo en el dedo gordo del pie haciendo gala de equilibrio digno de malabarista del reconocido circo de Tayler Barnum. No quedándole alguna opción al atormentado usuario puesto que no puede devolverse, sino solo ingresar, marcando irremediablemente la registradora, para beneficio de la mafia, a pesar que en ese preciso instante se oye una voz que desde el fondo del autobús pronostica con suficiente conocimiento de causa, que esa ruta no le sirve, opinión ratificada por el músico todo terreno, de dulzaina, guitarra y maracas enredadas en la nuca o el poeta y mimo que van amenizando el flagelante viaje. Igual el vehículo a esta altura avanza a toda marcha devorando cuadras, equivocación que genera nuevamente como se señalo ingresos adicionales al gremio del transporte urbano.

Pero aquí no se limita el alcance del nefasto tablero informativo, creación propia de cabezas criollas, recursivo y rentable adminículo que con su precaria señalización tantos dividendos les proporciona a los dueños del prospero y mefistofélico negocio.

Letrero emblemático de mentes perturbadas, iluminado en la noche por una insipiente y titilante bombilla. Imperfecto letrero cuya información diurna o nocturna es igual de defectuosa, de día solo es posible distinguir su mensaje a pocos metros de distancia, cuando veloz por el carril izquierdo se aproxima el bus o la buseta y el atento peatón a último momento comprendiendo el significado del jeroglífico esgrime el brazo y agita compulsivamente la mano, señal que de inmediato comprende el condicionado conductor de recoger pronto su diario salario, porque a aquel sujeto no ve sino monedas donde hay usuarios. Obligado a detenerse de inesperado y violento giro con simultaneo y súbito frenazo del carromato, acción suicida que al distraído pasajero le puede costar desde un simple moretón por el ardiente pisotón recibido de sus cimbroneados congéneres de infortunio, hasta la fractura de una costilla al rodar trastrabillando, angustiado y sin control hacia atrás ante la brutal e inesperada sacudida ejercida por la inercia liberada en su modesta humanidad cayendo pesadamente quedando tendido debajo de grasosas y desaseadas sillas, esto al interior del automotor o coctelera rodante.

En el exterior o vía pública como consecuencia perniciosa del florido tablero también un automovilista distraído se encontrará de pronto y de frente con un bus urbano detenido en seco y atravesado de cualquier forma en la mitad de la calle y por más que intente frenar, el angustiado automovilista ve como el capó de su carro se incrustará irremediablemente hasta la mitad quedando arremangado y enredado en el guardafango trasero del bus, construido con resistentes rieles de ferrocarril, vehículo blindado que no sufre ningún rasguño. Intempestivo acople que generará nuevamente y de seguro, ingresos adicionales al gremio del transporte urbano. Por que la norma establecida por sus amangualados compadres de la oficina Distrital de Transito es ¡El que golpea por detrás paga mi hermano. Que le vamos a hacer, si me entiende, me explicó Doftor!.”

En fin, nunca imaginamos en aquellos tiempos al escuchar esta angustiosa descripción, de tan solo una pequeña parte de la absurda futura movilidad urbana de la capital, que aquellas condiciones aleatorias llegaran a ser realidad algún día. Comprobando que efectivamente el generalizado caos del transporte se gesto desde la más remota antigüedad.

Concluimos, viene a la memoria un familiar accidente urbano, protagonizado por los desvencijados vehículos transportadores de ladrillo, utilizados antiguamente también para llevar carbón a domicilio. Carromatos cargados pesadamente con cuatro mil o más ladrillos, que en la aurora diaria arrancan del empinado y resbaladizo chircal, desplazándose con dificultad en su lentitud contaminante y cuyo destino son las obras de construcción ó los especulativos depósitos de material de la ciudad. Teniendo en su recorrido un primer obstáculo en el sencillo puente vehicular, que con tanto bombo inaugurara algún burgomaestre. Allí queda el camión paralizado con su maciza mercancía, bien a la subida del puente o a la bajada de este da igual. Permaneciendo el automotor dos o tres días mal atravesado en tan peligroso lugar. Apuntaladas las ruedas, acuñadas con inestables arrumes de ladrillo, que posteriormente reparado el daño, quedaran desordenadamente esparcidos en la vía al partir el vehículo y sus delincuentes propietarios, piezas causantes de futuros amortiguadores reventados y desalineadas direcciones del trafico que por allí transita.

Por ahora, el enfranelado chofer y su imberbe ayudante desmontando la chipoteada y deshilachada llanta de inocultables lonas irán a despinchar al lejano montallantas. Esto en el mejor de los casos, cuando no, se dedicaran en el mismo lugar de la varada en la ardua tarea de bajar el cigüeñal, el eje de levas o la culata para mandarlos rectificar. También podrán en el sitio arreglar la chumacera, el mofle, la chupa, el muñeco ó el esparrago, no me pregunten que son, pero tiempo si gastan, tomándose todo el necesario, tan tranquilamente como si se estuviera en el solar de la casa lote, ¡mija Dioselinaaa, no sea malita, tráigame un tinto, si!.

Notándose la divina ausencia de una oportuna grúa y peor aun de un chupa, tombo ó patrullero como dicen ahora, que sancionara ejemplarmente semejante infracción criminal.

La operación mecánica de arreglo y reparación del camión, durante el día produce un fenomenal trancón automovilístico de incomparables dimensiones desde el estrecho puente y por varias cuadras a la redonda. En la noche, lluviosa y oscura ó en la clasica madrugada del sábado, sin ninguna señal que anuncie y advierta su homicida presencia, solitario en la bruma permanece el vulgar carromato como una pared asesina, esperando irremediablemente al automóvil de amanecidos juerguistas que alegre y velozmente viajan y se aproximan borrachos por la avenida, para terminar sus días de juventud degollados ó parapléjicos de frente contra el guillotinesco planchón del monstruo.

Todos preguntan, incluidos los periodistas, ¿Dónde estaban las autoridades?, el director de la secretaria de transito y transporte, sínicamente en el lugar de la tragedia, anuncia ante las cámaras de televisión, con el automóvil mutilado como telón de fondo, la exhaustiva investigación que se inicia y adelantara hasta llegar a las últimas consecuencias, si es del caso. Escena repetitiva, “toda una vida”, como señala la canción del viejo tango, el ex secretario con los años, sin ningún arrepentimiento o culpabilidad de conciencia, por el contrario disfrutará de su vejez, con inmejorable salud, pensión, reconocimiento social y solvencia económica. Así sea. Y el servicio colectivo de transporte urbano, ¿Dónde quedo?

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