Qué tragedia!!  es común escuchar esta frase en noticieros, y en los mismos comentarios de la vida común, al referirse a la muerte; ¿por qué nos parece una tragedia la muerte? será que creemos que de una u otra manera, somos inmortales?.

Es común la sopresa, el pesar, el impacto en nosotros cuando alguien muere, así no lo conozcamos. Los noticieros enfatizan estos sucesos; los atracos, las peleas, los atentados, las catástrofe naturales, las enfermedades, que conllevan muerte, son presentados de manera que alimentan un sentir; de que el morir es una tragedia.

Esta idea de tragedia nos hace aún más difícil el desprendimiento de los que amamos, o conocemos, cuando mueren. Tengo muchos amigos que me hablan de su propia muerte con miedo, y aún hasta evitan el tema, en una especie de superstición estratégica, como si el no hablar de ella les implicara una posibilidad menor.

Amamos demasiado la vida, o el estar vivos, que no siempre es lo mismo. Efectivamente la muerte, lleva implícita, la idea de la vida que cada cual tiene; si nos hemos acostumbrado a creer que ella en sí misma es el triunfo, creemos entonces que la muerte en muchos casos, es la derrota a esa vida, a estar vivos; y no el porvenir seguro por ser humanos; como lo puede ser el amor, la amistad, la familia, los vínculos, la soledad.

Claro!! la vida es maravillosa, pero podríamos decir que la muerte también.

La VIDA cotidiana, nos implica tantos aprendizajes exóticos y tantas posibilidades que  nos aferramos a ella como todo lo que somos y tenemos. De manera curiosa me he encontrado con un sentir necesario en mi caso, de aferrarme también a la idea de morir como algo maravilloso.

De hecho de manera muy profunda siento un cierto anhelo por ello, ésto que en principio surgió como resultado inefable frente a la descepción, descepción de todo, frente al sin sentido de casi todo, frente al vacío de no encontrar lo que se busca, y de si acaso creer  que se encuentra, descubrir en el acto de develarlo que no era lo que se buscaba.

Pero luego, cuando ya la necesaria descepción se tramitó y me he encontrado en un estado feliz, sin muchas expectativas sobre los otros, amando lo que se hace, y lo que se es, amando los detalles que hacen a la VIDA; ese sentimiento de tranquilidad ante el MORIR, no ha cambiado.

Estoy convencida tal como lo decía Pablo, que el morir es ganancia, que es más anhelante lo que sigue después que aún, lo maravilloso que podamos vivir antes, siempre temporal.

Desaría maneras de MORIR en las que no se sufra demasiado, pues el dolor en este mundo de excesiva conciencia, creo que es la conmoción de la existencia, cómo plantearía la filosofía cuando algo me duele, todo mi yo se vuelve DOLOR. En él, tal como lo entendemos, hay poco espacio para otras cosas, otros percibires, cuando todo lo que creemos que somos está inmerso en un dolor; lo más grave del dolor creo yo, es que el inspira un anhelo incierto de morir, solo para terminarlo; pues nos instaura en el laberinto de entender a la muerte como una suerte de derrota, la MUERTE de un yo que creemos lo gobierna todo.

Tal vez, si el yo es destronado, el dolor también tome otras características; hay maneras de conocer y de sentir que no son concientes, no son del pensamiento, dijo Woody Allen en la película Manhattan; si el yo es destronado, el dolor sería menos nombrado, ya que solo tendemos a nombrar lo que existe como imperativo conciente para nosotros.

Si el yo ya no es el articulador de la vida, entendiendo al yo como el conciente uso racional y sentimental del ser, se vuelve simplemente DOLOR que no es necesario nombrar: me duele esto o aquello; y se tramitaría de otras maneras en la vida. Así como no nombramos que la sangre me circula, o que el hígado me palpita, o que el corazón me irriga.

En este sentido, la idea de MORIR me afecta, para los que les afectaría que yo muriera; paradójico, pues al llorar un muerto parece que lloramos por nosotros mismos, más que por él; por nuestra interpretación ya sin riesgo del que se fué.

Así como creo en una eternidad después de la MUERTE, que en la muerte física y espiritual está la posibilidad de encontrame con lo divino; creo en un soberano que se encarga de los que aquí quedan; encargo que sería más llevadero si le ponemos menos trabas explicativas al cuidado tranquilo y sabio del cielo.

Evidentemente estamos tan llenos de emociones, que ellas nos enceguecen a lo natural, nos llenamos con las formas de esta cultura, de sentimentalismos, y de racionalismos, lo que nos dificulta todo, todo un ciclo de la vida tan natural como hermoso.

¿Por qué recibimos a la VIDA con gozo, y a la MUERTE con llanto? ¿no serían ambas condiciones un motivo de celebración? ¿de dónde viene la idea contraria? ¿por qué replicamos éste mandato con tanta naturalidad? tal vez el gobierno del yo, lo que yo quiero, yo necesito, yo siento, yo busco, yo requiero, nos gobierna tanto, que perder lo que yo quiero se hace inaguatable y a eso llamamos muerte.

Sueño con la posibilidad de festejar a la muerte; es un basto camino con las propias emociones aprendidas y reforzadas por una cultura perdida de lo importante, en la que entronamos el lograr, los éxitos, las ganacias, con la vida y la alegría; y el perder, los "fracasos", las necesidades, las enfermedades, con la muerte y el dolor; construyendo un imperio frente al miedo de salir de nosotros mismos, de un mundo que aspiramos a controlar, donde el emperador es el yo, que siempre quiere y espera demasiadas cosas.

Podríamos festejar tanto lo bueno como lo que llamamos malo, si nuestro entendimiento de esta diada, dejara de polarizarse en el acomodo tan básico que hemos hecho de ella, tal vez empezaríamos a entender el mundo del bien, y del mal, que es otra cosa; dice Job: si de Dios sabemos recibir lo bueno, ¿ no sabremos también recibir lo malo? sabiendo que como dice Pablo en su carta a los romanos: "todas las cosas ayudan a BIEN"...

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