Mucho tiempo libre tienen los jóvenes y niños cuyos recintos educacionales fueron destruidos o dañados por el fuerte sismo que se produjo en el país el pasado 27 de febrero. Una alternativa para evitar estos vacíos temporales sería que el hogar y la familia lograran recuperar su espacio educativo.



Trabajo conjunto entre familias y colegios será fundamental para  enfrentar un año escolar más corto 

Este lunes ingresaron 400 mil estudiantes a clases. El retraso fue  producto del mal estado en que quedó la infraestructura de varias  escuelas, colegios y liceos de la zona centro-sur del país, azotada por  el terremoto de febrero pasado. Sin embargo, aún falta medio millón de  estudiantes que espera una solución.

Pero esta situación tiene  un lado positivo. Así lo cree la académica e investigadora del  Departamento de Educación de la Universidad de Santiago de Chile, de la Gricelda Figueroa, quien asegura que tantas horas libres para los  estudiantes se transforman en la instancia precisa para recuperar el  espacio de la familia y dar una nueva visión al hogar.

“Lo más  importante es tomar este problema, que podríamos entenderlo como una  situación crítica, y transformarlo en una oportunidad. A lo mejor es el  momento de recuperar el espacio de la familia y del hogar, como un  espacio educativo lúdico”, explica Figueroa.

La docente también  plantea que sería positivo que se dieran instancias de colaboración,  entre la escuela, la familia y la comunidad, y de esa forma plantearse  cuáles son los pasos a seguir más pertinentes para los estudiantes.

Ante  esto, la primera tarea en la que debe enfocarse la familia es dar a los  niños la sensación de recuperar la normalidad. “Los niños deben sentir  que no vivimos en una situación de crisis permanente, porque esa  condición emocional va a afectar mucho el proceso base de aprendizaje.  Entonces hay que dar esa confianza de construir diálogo, conversar sobre  ese tema, acoger esa situación, hacerse cargo y después plantearse la  serie de contenidos que están trazados por el ministerio, pero  centrándose en el proceso con estrategias distintas”, aclara la  investigadora.

¿Alcanzará el tiempo?

Respecto  a la duda de si los profesores alcanzarán a pasar todos los contenidos y  los alumnos a aprenderlos, Figueroa señala que hay dos formas de ver el  tema. La primera, se basa en una óptica estructural y, la segunda, en  una óptica más utilitaria, siendo la última la más optima según su  apreciación para lograr un mejor trabajo.

“Cuando uno es capaz  de sintetizar los contenidos, estos se pueden ir centrando en las  principales materias”, comenta.

Según la investigadora, la  modalidad de seleccionar qué es lo más importante, evitaría que se trate  de comprimir toda la materia en poco tiempo, lo que ayudaría a que las  familias y los niños no estén sometidos a nuevos estados de estrés,  producto de lo demandante que es abarcar tantas materias sin el tiempo  necesario.

Lo anterior, sería posible si se logra establecer un  trabajo en conjunto entre las escuelas y las familias. “Se pueden hacer  trabajos en equipos, potenciar otras estrategias. Si un profesor trabaja  un contenido, el otro no lo trabaja y así se van poniendo de acuerdo  para avanzar y no repetir contenidos”, plantea.

Para lograr este  proceso de cooperación se requiere una coordinación totalmente  definida, para evitar así que se anulen o compriman contenidos de manera  excesiva, advierte la doctora en educación de la Usach, Gricelda  Figueroa.

En relación a la solicitud de eliminar la evaluación  de la prueba SIMCE por parte de algunos profesores, la académica cree  que no será necesario, pues estos exámenes abarcan procesos más largos y  complejos que un año académico, por lo que no debería verse mermado el  resultado de los alumnos.

Edición: Universia / RR

Fuente:  Universidad de Santiago de Chile

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