Quince de noviembre de 1922

El gobierno ecuatoriano de Tamayo ordena fusilar a los trabajadores de Guayaquil en una de las mayores carnicerias jamas cometidas en Ecuador.

 

 

La verdad es que me he extraviado. No quería admitirlo por ese orgullo tan grande que tengo; pero, al final, he terminado recordando y aceptando las palabras de mi preocupada madre: «No seas pendejo y quedate en casa» —me dijo mientras, acto seguido, sacaba del rostro sus agrietados labios hacia nuestra gata que yacía moribunda sobre la calle—. «Se habrá suicidado para sortear el dolor de no tener que comer» —pensé—. Pero no era el caso. Eso lo supe cuando su cabecita blanca comenzaba a empaparse de un rojo oscuro y el ambiente comenzó a inundarse de un olor ferroso.

Este tipo…¿Cómo era que se llamaba? Ah, si… Alfonso. Era Alfonso. Ahora que lo recuerdo él fue quien nos llevó a Transito aquella vez. Decía algo asi como que su madre había hecho en unos minutos lo que nosotros no habíamos podido en años, que la había aleccionado para que no se comporte como una delincuente. Cuando lo oí me parecía que hablaba con una satisfacción tal, que casi pedía nuestro agradecimiento. Quería saber mas pero ese día tenía prisa. Mi madre se entretuvo preguntando mas cosas después de pegarme mi hablada, pero yo —Hay que ver cómo soy— aproveché y después de mirar una vez mas a mi Transito, corrí con la esperanza de alcanzar a un padre que hasta la fecha encuentro.

A esta hora siento bastante cambiada la ciudad. No se; quizá estoy alucinando debido a las horas que llevo caminando. Es que cuando inicié mi recorrido me parecía ver rostros de personas que ya había visto antes por donde vivo. Veia a don Zaracay, trabajador de la empresa electrica; don Tayupanda, del ferrocarril ese de la discordia y don Lopez que era constructor. Y asi como veia a ellos, tambien veia a sus compañeros. Era facil identificarlos. Hablaban entre ellos y entre ellos se convencian de lo justa que era su causa y no les faltaba razon si alguien me hubiese pedido la opinion a mi. Casi ni veia a mi padre porque solo se la pasaba en el trabajo. Y él por eso habia salido. Mi madre, despues de que se calmo tras su lapso semanal de carajeos e insultos a su suegra por la inseguridad de no tener mas tiempo a su hombre en casa; en el momento de repartir la comida, se habia olvidado de que mi padre hoy no iba a comer con nosotros por la huelga. Yo estaba allí cuando vi una risita escaparsele de la boca y su rostro encenderse. Me miro de soslayo y muy cariñosasmente me dijo: «Anda sapo, anda. Coje la ollita y vacea la comida; despues metela en la maleta esa que suele llevar tu papa allá a la construcción. Corre. Seguro que rápido lo alcanzas». Pero luego se arrepintió y claro, fue entonces cuando me escapé.

Cuando llegue había bastante gente, de muchas edades y todas tenían algo en común: cicatrices. Unos las tenían en la cara; otros, en las manos; incluso había alguno al que le faltaba un brazo. Todo un abanico de gente; que, como la misma tierra, parecía haber sido erosionada por el exceso de arado.

Cuando decidí poner fin a mi distracción para seguir buscando a mi padre entre la multitud, se empezó a escuchar una ráfaga que no dejo de oírse durante mucho tiempo. Con la ráfaga llego también la agitación; y de pronto, tenia frente a mi a un mar de gente que se movía hacia todas las direcciones tratando de salir apresuradamente del lugar y poco a poco la calle se fue vaciando hasta que me quede solo. Estoy casi seguro de que eran disparos y digo «casi» porque si lo hubieran sido; todos, incluido yo, hubiéramos muerto.

He seguido caminando. Poco a poco los pilares de madera van tornándose de cemento y las calles están llenas de adoquines rojos. Allá en la lejanía, al final de esta calle que parece infinita, puedo divisar un tumulto de gente vestida de la misma forma: todos de blanco. No recordaba la huelga asi. Como era una HUELGA de trabajadores de diferentes sectores, era normal ver a cada grupo con su uniforme característico o simplemente con la ropa de siempre. Ya solo me faltan dos cuadras para llegar. Hay una tarima y un grupo de gente entre la cual resalta un hombre con un bigote que llama bastante la atención. Tiene ademas, algo en la mano que; según parece, le hace amplificar su voz y esta dando un discurso. ¡Por fin he llegado! No hay de otra. Seguro que allí están los mios; y con ellos, mi padre. ¡Este quince de noviembre sera histórico!

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