Desde muy joven Rodolfo asumió la profesión familiar: «lector de tabaquería». Se inició incluso antes de comenzar, practicando en la casa.

  Él prestaba mucha atención a las historias de su abuelo y su padre. ¡Cuántas cosas no veía, disfrutaba o sufría un lector de tabaquería! Todo eso mientras pasaba las horas leyendo en los diarios de la ciudad las noticias que él consideraba más interesantes para aquellos cientos de torcedores que sin levantar la mirada no dejaban de escucharlo.

  Pero el torcedor del asiento ciento cuatro mantenía a Rodolfo en ascuas.

  En una oportunidad, cuando fue a voltear la página del libro, porque Rodolfo prefería leer novelas o cuentos, él se percató que el torcedor ciento cuatro para nada atendía a su actividad. El hombre solo observaba a todas partes girando la vista por todo el salón; prácticamente fotografiando cada detalle.

  A partir de ese momento, cada vez que volteaba una página o hacía un pequeño alto en su lectura le echaba un vistazo y en más de una ocasión ambas miradas tropezaron.

  Casi una semana estuvo Rodolfo a la «caza», en cualquier momento el encargado de recoger y chequear la calidad de los tabacos le tenía que llamar la atención al torcedor ciento cuatro.

  Él ni siquiera se había preocupado por el nombre porque con esa poca atención que ponía a su trabajo lo sacarían de la fábrica. ¡Un tabaco mal torcido! Eso no lo admitirían los dueños.

  Pero no fue así. Cada mañana el hombre llegaba a ocupar su sitio y comenzar a torcer.  Sin, al parecer, poner la debida atención a su labor, tal como hacían los muy experimentados. 

  Rodolfo fue el que salió requerido, porque al ponerle atención al torcedor repitió varias veces el mismo capítulo en la lectura de su novela y los torcedores, que la seguían al hilo, se quejaron.

  Aquel sábado el joven lector tomó la decisión de esperar fuera de la fábrica al torcedor ciento cuatro.

  Lo invitó a la esquina de San Rafael y         para tomar una cerveza y conversar un rato.

—Yo sé que me observas con atención hace días y esperaba esto —así le dijo el torcedor al sentarse, dejando más confundido a Rodolfo.

— ¿Qué me veías como te vigilaba?

—Lo notaba.

—Pero entonces…

— ¿Y la cerveza? —lo interrumpió el torcedor.

  Rodolfo hizo una señal para que los atendieran y de alguna manera el torcedor ciento cuatro fue guiando la conversación hacia las emocionantes historias que podían ocurrir en una fábrica de tabaco.

  Ese encuentro de sábado se fue haciéndose habitual. Y diversos los temas de pláticas; pero el salón de hacer tabaco era un tema invariable; Rodolfo no disimulaba para nada su orgullo por la profesión familiar.

— ¡Este es mi tatarabuelo! —le mostró Rodolfo la foto de un periódico de época a su amigo.

— ¿Me la regalas? —Rodolfo dudó.

—También quiero confiarte una cosa…, porque mañana no me verás en el salón —con un gesto impidió que Rodolfo hablara—. Esto que te diré no debes comentarlo…

— ¿Qué pasa? Tenemos confianza, ¿o no?

—Por eso te voy a decir que no soy de este mundo

— ¡¿Qué?!

—En un momento, a diez metros en esa dirección —el torcedor señaló con el dedo—, se abrirá un portal para que yo regrese a mi dimensión.

  Rodolfo miró la jarra de cerveza, miró al rostro del amigo…

—Sí Rodolfo, no soy de este mundo —el escepticismo del lector de tabaquería casi lo hace reír—. A nuestra dimensión llegaron comentarios del Habano y me enviaron acá para que buscara información. ¿Y dónde si no en Cuba?

  El torcedor ciento cuatro le habló a Rodolfo hasta de los indios nativos en la isla que fumaban la hoja.

—Me has ayudado mucho y por supuesto que todos conocerán a Rodolfo en mi mundo —este continuaba sin palabras—, ya no puedo estar más; tengo que cruzar. Recuerda siempre que en una dimensión paralela tienes un amigo.

  El lunes, cuando llegó a su fábrica, Rodolfo la miró.

  Tenía una historia que sobrepasaba con creces todas las de su familia. La del torcedor ciento cuatro a quien nunca le preguntó el nombre.

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