El tiempo que pasa y arrasa, que te empuja, te ata, te libera y te desarma. El tiempo que no vuelve, el tiempo que te cambia. El tiempo que pone el punto a un final y comienza de nuevo un principio. El tiempo que sana, el tiempo que mata. El tiempo que olvida, el tiempo que te encadena a un sueño, a un recuerdo.
Un segundo una eternidad o a la vez un suspiro, la rapidez del mismo, la lentitud que conlleva a veces. La desesperación y la alegría que conjunta a un instante.

Y aún así, como estatuas perpetuas, vemos correr el tiempo ante nuestros ojos, pensando si lo haremos o seguiremos inmóviles ante este mundo que nunca deja de girar. Inmóviles y asustados, mientras pasa un tiempo que ya nunca volverá.

El cambio es vida, es la ley por excelencia. El cambio es el mayor reto del ser humano y a la vez la mayor victoria. Dejar que se escurra entre los dedos algo que fue y ya no es, dar un paso hacia adelante sabiendo que lo que ahora te rodea no te seguirá, el miedo que complementa la incertidumbre de un futuro no muy lejano, el valor de caminar escondiendo el temor, el valor de dirigirse hacia un sueño sabiendo que ya no habrá retroceso, que nunca nada, será como ahora es.

Y es que solo quien enfrenta el miedo, digiere el cambio y decide caminar, aún a sabiendas que no será fácil, es capaz de conseguir sus sueños, haciendo por otra parte algo positivo con el tiempo. Dejando de ser este la mayor amenaza que existe, para ser un referente de la valía de nuestra propia trayectoria y en sí mismo de nuestra propia vida.

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