Hace poco me encontré con un viejo amigo al que veo de cuando en cuando y estuvimos hablando largo y tendido sobre los avatares de la vida. Al principio la situación no parecía mas que un encuentro pasajero entre dos personas que se conocen y apenas se ven, un cruce de palabras y convencionalismos propios del saludo por cortesía o de la conversación cuasi obligada, pero al final resultó que, entre vino y vino, pudimos sacar conclusiones de corte existencial. Fue un buen intercambio, y en contra de todo pronostico, resultó ser un bálsamo muy curativo. Conversaciones que nunca ves venir y que pillan por sorpresa al alma y la conciencia.

Todo comenzó por los derroteros habituales: el como estás, que tal te va todo, tu trabajo bien, planes de futuro etc. Como ya he comentado antes, parecía que la conversación iba a transcurrir sin sorpresas, solo educación, cortesía y poco más. Y entonces Vaco se presentó e hizo de las suyas, “dos copas de vino por aquí, por favor”. Si bien hablamos de muchos temas, nuestros dimes y diretes giraron, en su mayoría, en torno al tiempo y los tupidos velos que se van descorriendo ante nuestros ojos. De como este va eliminando filtros de nuestra forma de pensar y ante todo, de como te permite desprenderte de elementos que antes eran indispensables y hoy día no son mas que pesos muertos.

Hablamos de la amistad, de como los años allanan el camino y te dejan ver mas allá, mas allá de estereotipos e imágenes predefinidas. Nos pusimos de acuerdo en el hecho de que la juventud, en cierto modo, es un cumulo de ilusiones, un saco lleno de sueños que se vacía a medida que nos hacemos mayores y vamos comprobando que en cierto modo, nada es lo que parece. Gente, situaciones, planes; elementos que se van diluyendo con el paso de los días pero que, en contra de lo que podamos pensar, dejan paso a formas mas definidas y hermosas.

Recordamos durante la conversación los incontables amigos que teníamos y cómo se han ido alejando a medida que ha pasado el tiempo. Y no lo veo como un drama o un defecto inherente a mí, ni mucho menos. Me parece una oportunidad para adquirir un conocimiento casi atemporal, y es que la vida es liquida y el tiempo su metrónomo, y que nada dura, y que lo que dura, es oro. Por esa razón solo tengo 5 amigos.

Tendemos a mantener relaciones en base a memorias del pasado, nos anquilosamos en recuerdos de la juventud para evocar la esencia de aquellos tiempos y egoístamente esperamos ver que nuestros amigos no hayan cambiado. Pero lo hacen, todo el mundo cambia, y aunque los recuerdos sigan intactos, acabas heredando del tiempo parte de su soledad.

El panorama puede parecer algo pesimista, no lo niego, pero hay que decir que es una bella forma de ver el tiempo. El tiempo nos actualiza, hace mella en nosotros y en muchas ocasiones, no siempre, nos permite convertirnos en seres humanos mas completos y complejos. Nuestra evolución personal depende, en gran medida y como el resto de las especies, de lo nuevo que vamos interiorizando, experiencias, relaciones o situaciones. Y aunque el recuerdo es lo único que nos queda, debemos aprender a separarlo, en la medida de lo posible, de nuestro presente. No podemos dejar que el pasado nos ate y haga de nosotros su prisionero, pues a parte de alguacil, también hace las veces de droga y además puede resultar muy adictiva.

Al final quedamos en silencio, en una especie de letargo fruto de la extenuación y el éxtasis de la verborrea acelerada y existencial. Las copas se terminaron y nuestra conversación también. Nos despedimos y cada uno siguió su camino. De todo esto al final solo quedo una charla y una reflexión… y un recuerdo. El tiempo sigue y el momento permanece en nuestra memoria, pero ya es pasado. Supongo que le volveré a ver, pero ya nada será como ese momento en el que los dos convergimos en un espacio y un tiempo especifico para hablar de algo que nos hizo crecer a los dos juntos pero separados. Sigo teniendo 5 amigos, pero un filtro menos.

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