Tengo una cita reservada, una cita con la oportunidad de lo perdido; una cita acordada en las huellas de un camino que fue elegido antes, como un destino ya señalado. Una cita que fue gestada desde el pasado, y antes de él. Los días se acercan, el tiempo acaba, todo volverá a ser nuevo.

Hay que escoger el mejor vestido, tal vez el azul que él prefería; la mejor sonrisa, aquella que olvida pedir ya nada; la chalina que cubre y embellece, la timidez de lo natural; la disposición a sucumbir, con las reservas del que ama; el alma guererra para derribar, las murallas necias que se hayan levantado.

Hay que hacer algunos preparativos justos; hay que hacer ajustes a la coraza del alma; hay que tal vez, probar los pulimentos inciertos de la dulzura del perdón; y claro, serán necesarios los homenajes de despedida, despedida a la memoria; como quien se entierra vivo, para encontrarse con la sombra del que ama.

Las dádivas no pueden olvidarse; habrá que entregarlas como un gesto de rendición, hacen parte de la cortesía, hacen parte del pacto, hacen parte de lo que se tiene, hacen parte de lo que se dice. Está listo el olvido, que va enrollado en cintas sensuales de nostalgia; y la esperanza, que se camufla en los colores de la convicción; está listo de nuevo el anillo, que estaba refundido en las contingencias pasajeras; el de siempre, el que decora definiendo, territorios de propiedad y pertenencia, como los mapas de conquistas heroicas.

La antigua novia está lista, su velo recuerda el poco cubrimiento que ella requiere. Me aproximo a la cita reservada, todo dispuesto, todo está decidido. La duda ronda, haciendo algunos extragos sin consecuencias, propone posponer la CITA, o quizás esta vez, hasta perderla; la duda aparece cuando la fragilidad consume, y el abrazo se acaba. Pero el novio se anticipa, como un buen esposo soluciona mis incertidumbres; él logra ver un reflejo que no ha pasado, descubre en la mirada, en el olor de las entrañas, en lágrimas involuntarias, que algo le ha sido robado.

La novia no lo entiende; ella quiere volver a dejar todo por él; pero él le suspende los sacrificios, ahora la ama más que nunca. Su amor de esposo, se hace claro, sabiéndose derrotado por la dulzura expontánea; descubre la palabra para decirle que la ama más de lo que creía, decide regalarle la posibilidad de estar sin él.

Aun cuando, quién sabe, si este marinero se hunda; ahora sabe que AMA.

Eduard Monet

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