La televisión sigue teniendo una fuerza a la que no ha podido llegar, en mi opinión, internet. Al menos, por el momento.

Y creo que la razón puede estar es que el estar ante el ordenador te obliga a estar activo. No pasa lo mismo ante el televisor: nos sentamos y miramos. Como tontos.

Y casi parece que nos dá igual lo que programan: seguimos viendo la tele.

Pero la llegada de la TDT parecía que cambiaría las cosas: de momento, no ha sido así. Los canales de noticias no son suficiente para entretener; los segundos y terceros canales de televisiones privadas no hacen otra cosa que repetir lo que ya han puesto anteriormente; las series nacionales o norteamericanas, cada vez peores, proliferan; y, cuando algo funciona, los canales sólo se dedican a copiar formatos. Pero eso llega a cansar.

A Wyoming le falta el dinamismo de CQC, Buenafuente hace un buen programa que nunca llegará a lo que era en TV3, y el absurdo de Pablo Motos en Cuatro no llega a lo que podría, o debería.

Por supuesto, queda el hueco a los programas del corazón, pero éstos andan de capa caída. Donde Salsa Rosa y Dónde estás, Corazón barrían, ya no llegan los que siguen; y tienen que recurrir a representaciones que uno no sabría ni clasificar.

La verdad es que la competencia nunca puede ser mala para el consumidor. El problema es que el consumidor, que tanto se queja a veces, no demuestra que quiera otro tipo de televisión. En fin, somos España.

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