En mi faceta profesional de docente, a menudo me encuentro en la tesitura de haber de hacer recomendaciones y dar consejos a mis alumnos y, de entre las distintas recomendaciones y consejos que he dado a lo largo de los años, quiero compartir contigo dos, en concreto, que he aplicado de forma personal en todo tiempo y en toda circunstancia. Por lo tanto se trata de dos consejos o recomendaciones que no son pura retórica bien intencionada; son pura vida y pura experiencia.

Cada curso, en determinadas ocasiones, dejo a algún alumno desconcertado con mis palabras, puesto que ante un ejercicio realizado con algunas o muchas imperfecciones, le digo: “Bien, te has equivocado, por lo tanto estás en el buen camino; en esta aula las equivocaciones son bien venidas” Puedo asegurar que muchas veces no saben que responder, puesto que están acostumbrados a un contexto en el que se les exige que todo debe de ser realizado a la perfección; que lo correcto es aquello que es acertado a la primera. Yo, luego de ver su expresión sorpresiva, les razono: “Mira, cada equivocación debes de verla como la luz verde de un semáforo que te indica que tienes el paso libre, que avances y no te quedes quieto/a” Cuando te equivocas, has dado con una forma incorrecta de resolver un problema, y esto está bien porqué, a poco que actúes con responsabilidad, en el futuro no volverás a caer en el mismo problema.  ¿Acaso crees que un músico interpreta a la perfección una partitura al primer intento? ¿Acaso crees que un atleta consigue una marca al primer intento?

En otras ocasiones, mis alumnos/as se lamentan de su supuesta mala aptitud para estudiar, a lo cual yo les respondo con una simple analogía: “Supongamos que el objetivo final es desplazarse del punto A al punto B” Nadie ni nada te imponen como condición que debas de hacerlo en un tiempo concreto. ¿Alguien lo consigue en dos horas? ¡Muy bien! ¿Tú lo conseguirías en ocho horas? ¡Muy bien! Entonces, ¿Cuál es el problema? El problema es que no has entendido que el objetivo último era llegar al punto B, no llegar al punto B en un determinado tiempo. Entonces, introduzco una segunda y sencilla analogía: “Imagínate un enorme árbol de más de un metro de diámetro. Supón que un hombre (o una mujer) cada día le aplica cuatro hachazos. Al cabo del tiempo el árbol caerá de forma contundente e indiscutible. No te indico que seas deliberadamente lento/o y negligente; te indico que seas tú mismo/a y actúes con tu ritmo, de forma honesta y con la voluntad e intención de mejorar cada día. Actuar, aunque sea poco, cada día en la dirección de tus sueños, es una de las cosas más inteligentes que podrás hacer  en la vida.


¿Quieres avanzar hacia la excelencia en cualquier ámbito de tu vida? Actúa según estos dos principios tan sumamente sencillos: No temas equivocarte jamás y actúa de forma constante, aunque sea con acciones muy simples. Los grandes cambios, en la mayor parte de ocasiones, no ocurren de un día para otro; ocurren como consecuencia de una acción sostenida en el tiempo y alimentada con pasión. Te invito a que medites un poco al respecto.

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