la alegría en el jardín

¿Qué es la alegría? ¿no es acaso ella, la confirmación de la esperanza? Se preguntó Isabel.

La alegría nació antes de que existiera el tiempo. En medio de un jardín naranja brotó hermosa de la tierra y floreció, floreció al lado del verde de la la fe, y del aura primaveral del amor.

La alegría creció bajo el sol, tardó siglos anidándose, definiéndose, torneando sus fronteras y llenándose de destellos que la nutrieron de infinidad; ella habitaba el jardín antes de que existiera la humanidad y convivía con los ángeles, con el mar, y un azul inmenso sin nombre que todo lo cobijaba.

Pasaron los milenios, la alegría estaba lista, dispuesta para danzar, ese era su anhelo o más bien su esencia. Encontró en la agenda del tiempo una porción llamada: tarde, era una tarde amarilla llena de esperanza y también de fe, simplemente sin preparar nada la alegría fluyó estaba lista, y danzó al ritmo de los deseos de una sombra con aire eterno, danzó hasta que explotó en miles de destellos a los que ella misma bautizó, las nombró: sonrisas.

Entonces las sonrisas, múltiples y nuevas descendieron en un rocío de lluvia de estrellas, descendieron y tomaron el cuerpo de la mujer, iluminándola con brillo color dorado, un color inexistente a los ojos de la rudeza.

Isabel vivía como cualquier mujer en un mundo que era ya el mundo que conocemos, los afanes y las guerras del frío se habían instalado como parte de lo que somos también. Pero esta mujer insistía, insistía, ese era su anhelo, o mejor su esencia, insistía en encontrar algo más, algo más en su cama, algo más en sus días, algo más en la magia, algo más; algo que la hiciera quizás entender la luz de la luna, la permanencia del sol y la fidelidad del amanecer.

La confirmación de sus anhelos le aseguraba que tanto la luna, el sol, y el amanecer, eran reflejos fieles de una verdad refundida en el mundo, la verdad del amor.

Cierta noche en el mundo, Isabel amó sin prevenciones ni excusas a aquel, aquel que descubrió en el poema la manera de refundirse, él encontró formas de escabullirse en medio de versos, sonetos, y dichos de otros, tal vez como una mera forma de no enfrentar cara a cara las palabras que le costaban tanto.

Lo amó intentando tocar al hombre que se escondía en el verso, intentó desgarrar palabras no dichas, intentó escuchar quién era él, intentó saber quién era ella… en él. Isabel sabía el oculto detalle que al escribir se corre el riesgo de no decirse, de no exponerse, de no atreverse.

Las SONRISAS la auxiliaron esta vez, ellas no solo eran una expresión convencional, aquellas sonrisas que la poseyeron en una ráfaga de estrellas violetas, amarillas y blancas guardaban el poder de vencer la desidia, la rudeza, y hasta la incomprensión que se esconde en el silencio.

Las sonrisas fueron cómplices del conjuro, quizás provocarían que aquel hombre perdido en el verso, naciera del vientre de ISABEL, del vientre de ella naciera un hombre, no un simple o común poeta al que los versos ahogaban, confundían y atormentaban en su destino hacia un destierro otoñal y seco; lo ahogaban, lo confundían, lo atormentaban de la manera siniestra en la que el prisionero cree que es feliz con el verdugo.

Aquella noche, el hombre susurró una palabra, una en la que se atrevió a nombrar a Isabel, le dijo: ¡eres una bella!! La frase le salió como si se desprendiera de él, como si le doliera, como si le requiriera sudor y sangre del alma, como si un paralítico temporal, intentara dar un paso.

Ella no se lo reprochó, no lo cuestionó, no lo criticó, solo le regaló una ráfaga de sonrisas, aquellas que venían de un jardín sin tiempo, aquellas que no eran producción ni esfuerzo, ni estrategia, ni táctica de Isabel, eran más bien un regalo legado a ella desde un lugar anterior, en donde fue el comienzo del amor.

Se las entregó a él, una detrás de otra, brotaron al mismo ritmo en que las formas de su cuerpo se fundían a las de él. Dejándolo ser, dejándolo tomar lo guardado, brotaron simples y sencillas, como una danza bajo la melodía del deseo.

Ahora ellas, aquellas SONRISAS que explotaron como ráfagas de colores y aromas en un jardín al que volveremos, un jardín donde habitaba todo, menos las palabras, podrían quizás, encargarsen de hacer en él, lo que le faltaba.

sonrisas para él

Comparte este Goo:

¿Tiene contenido inapropiado?

Comparte este goo con un amigo: