Es la noche de Todos los Santos. Mi esposa ha encendido una vela y yo he salido a pasear cubierto por el manto de una noche ya avanzada. Hace frío y voy caminando con el paso calmado. Sé que esta noche, precisamente esta noche, en algún lugar del cielo está flotando una gran luna a la que llaman luna de nieve. Tras recorrer una corta distancia, ante mis ojos surge una enorme luna blanca y azulada, una preciosa luna bajo la que vuelvo a conversar con alguien que puede observarla mucho más de cerca que yo.

Escucho con claridad su voz en mi interior. Me dice que ya no siente ningún dolor, que ha vuelto a tocar las castañuelas y a bailar con sus hijas, y que ha ido con ellas y con el amor de su vida en romería a la ermita de San Isidro. Sabe que me preocupa cómo es el lugar donde está, y me responde que le resulta muy difícil explicármelo, pero decide intentarlo: me pregunta si puedo recordar los momentos más felices de mi vida, aunque estén ya lejanos en el tiempo. Le contesto que sí, que recuerdo muchos de ellos: ese día en que mi madre me dijo que me mantuviera con ella en silencio para escuchar el canto del cuco; el día en que nació cada uno de mis hijos y cuando supe que quería compartir mi vida con la que hoy es mi esposa; aquel día en que mi padre mandó de un puntapié el balón muy, muy alto, y se quedó atrapado en una nube; los paseos por la calle Mayor en las tardes veraniegas, presumiendo de mi helado de caramelo; ...

Imagina —me dice— que puedes vivir de nuevo, cuando lo desees, esos momentos que fueron intensamente felices. Compararlos con lo que tengo delante de mis ojos, es como comparar la oscuridad más profunda con la claridad más resplandeciente, la guerra eterna con la calma perpetua, la luz con su propia sombra.

Doy las gracias por tener dos madres a las que quiero con toda mi alma, y a la que está en ese lugar tan cercano le dedico una oración maravillosa: La sombra de la luz.

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