soledad

La soledad y yo; o tú

Tener conocimientos y certificados, para no sentirnos solos con nuestra ignorancia. Mantener muchos afectos para estar acompañados con nuestras alegrías y sinsabores, degustando siempre la necesidad de alguien más.

Tener alguna persona, con quien compartir esa sabrosa enfermedad llamada amor, para contagiar y, unidos olvidarnos de la inhóspita sensación de soledad que nos invade, haciendo ruta con nosotros.

Procrear hijos sin querer queriendo (a consciencia o sin ella), que no nos abandonen, cosa que por ley natural algún día ocurrirá, sin poderlo remediar, al final de la vida. Luego, solo nos acompañará el silencio.

Poseer una nave extraordinaria, para andar con nuestra soledad en un periplo más confortable, ella; se aferra invariablemente a la certeza de estar allí presente. Tener un gran festival gastronómico, más para alimentar el miedo a las ausencias, que las necesidades de este cuerpo que nos porta. Habitar una hermosa casa, para deambular por sus pasillos y cuartos y, de esta manera mantenernos a distancia de nuestros afectos. Ayer apenas la hicimos nuestra, como un clamor urgente reclamando reunión.

Estar cada día más cerca, recurrentemente a la cacofonía de la multitud, para gritar voz a cuello que estamos vivos, para acallar el rumor apenas perceptible de nuestros pensamientos, que expresan lo que yace allá en las insondables profundidades de nuestro ser.

más sola

Qué hacer con la soledad

Tener en mano una copa de vino glorioso, para sentirnos en fiesta o, en su defecto para acompañar la decepción de estar solo.

Atrapar la mirada, el aroma y el calor de otro ser, pegados a tu piel, luego de explorar su estuche corporal con nuestro cuerpo, para apoyar nuestra cabeza después, en una almohada, la misma que es testigo de nuestra angustia de no saber qué hacer con la soledad.

Hablar, escribir, educar, moldear, crear, viajar, cocinar, en fin tantas cosas que se hacen para alimentar el ego, para sentirse productivos y útiles, no son más que motivos, esos que solo llenan el ego que cuanto más lleno está, está más vacio.

Atesoramos un cajón de recuerdos, que cada vez que acudimos a él, lo hacemos para justificar que no hemos estado solos Abrazamos la certeza que esos momentos pasaron con una velocidad vertiginosa o con tan poca energía, cuan desamparados nos sentimos.

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