Simón vivía en Roma; contaba ya, con un poco más de cincuenta años. Eran los años setenta; varios italianos, entre ellos Simón, organizarían el Club de Roma, cuyo informe entendido en su momento como alarmistas, empezó a señalar la precaria condición ambiental, y la necesidad de tomar medidas globales frente a la ecología, para intentar salvar al planeta de una crisis climática futura, ante las concentraciones de dióxido de carbono generadas.

Simón preveía las implicaciones serias en el clima, ante la falta de medidas ambientales mundiales. El calor y el frío podrían llegar a extremos insoportables para la humanidad. El, pasaba largos tiempos en el club con otros científicos, bajo la organización suiza, convocaban a gobiernos incrédulos frente al paroxismos del hallazgo.

Pero Simón conocía maneras privadas de cuidarse de ciertos cambios climáticos y cómo encender y apagar los fuegos de su alma, de maneras que la temperatura nunca lo derrumbara. Tal vez influído por sus hallazgos, se preparó casi sin notarlo, para sino influir en el manejo ambiental del mundo, promoviendo las medidas para mantener en ciertos límites al clima; si para gobernar sus propias entrañas, y lograr enfriar el calor, que le inspiraba la variable del deseo.

Julia llegó a la ciudad por los tiempos del primer informe del club de Roma, era una mujer aristócrata, que en su momento significaría, una mujer que no requería trabajar, ya que su esposo, con un prestigio incalculado, proveía lo necesario y más, para los caprichos de Julia. Llegaron a pasar una corta temporada a esta ciudad que conocían bien. Se encontraron con viejos amigos, y familiares que no veían hace tiempo, entre ellos SIMON, con quien JULIA desarrolló algunos proyectos ambientales años antes.

Simón y Julia habían sido muy cercanos, amigos a pesar de la frialdad de Simón, ya que sufría una especie de parálisis emocional, que lo hundían en la incomprensión de la cortesía, como forma no solo de cumplir con normas de educación, sino más bien con las formas de dar un lugar de respeto o mejor honrra, a los que importan.

Julia lo conocía, por lo que guardaba cierta distancia de él.

Era de esos hombre desprovisto del deseo de complacer a los demás, si no le traían una camplacencia propia. Julia en cambio entendía que las relaciones de amistad y de amor, requieren muchos momentos de complacer al otro. Las conversaciones, las acciones, invitaciones, lo que no gusta del otro, en fin, sabía que no todo en una relación gira entorno a la autocomplacencia, de no entender esto, suponía que ninguna relación prosperaría.

Ella sabía, que muchas cosas se pueden hacer como una dádiva para el otro, que se aprenden a disfrutar, solo porque para el otro son importantes.

Simón era de aquellos hombres que dormitan y se ausentan en los relatos de los otros, aún cuando quiera que se escuchen los suyos, no hacía nada, que no le motivara a él, así a Julia le encantara, por ejemplo, viajar un domingo a un pueblo cercano, caminar por calles con historias relatadas, ser incluída en visitas o pequeños detalles de la vida diaria. Simón no proponía nada, más bien esperaba que el otro le planteara qué hacer, lo que a Julia no le incomodaría tanto, si él ante la falta de iniciativa, se dispusiera a disfrutar lo que se le proponía; pero además de no proponer, a todo lo propuesto le encontraba los peros de su comodidad, de esos peros en los que algunos ancianos se especializan, por razones entendibles.

Simón se aburría con facilidad, como si los demás, las situaciones, la vida, fueran hechos simplemente para su propio divertimento. Tomaba cierta distancia cuando por decirlo de alguna manera, se sentía saciado en su nostalgia de compañía, y volvía a acercarse cuando pasado algún tiempo, se sentía de nuevo anhelante. No podía simplemente estar ahí, constante y dispuesto a dar, no podía hacerlo sino tenía claro qué recibiría, lo que entonces dependía del ciclo del anhelo por saciar, para saber así, qué intentaría esprimir a la presa. Esta era su estrategia climática frente a sí mismo.

Por lo tanto era un hombre para ratos, no para la vida; pero ante su incansable comodidad prefería abastecerse de quien lo quería, más que en asumir otras posibilidades callejeras, menos románticas, pero más prácticas.

Julia lo conocía bien, lo había aprendido a leer en tantos días cerca;  ella era una mujer, que tendía también a aburrirse con el desinterés de los demás, pero nunca por ello dejaba de dar.

Ella lo conocía, porque a pesar de todo, lo amó antes de casarse. Lo amó cuando lo creyó realmente tranquilo, cuando hablaba de lo que él sentía, y no solo de historias que lo enmascaraban; lo amó cuando se relajaba y llegaba a ser tan dulce y cálido que se desvestía de sus armaduras, lo amó cuando era apegado y buscaba a Julia a diario, como una necesidad, más que un deseo, o tal vez las dos cosas. Lo amó en instantes, en los que Simón parecía entender que al amarlo, Julia le pertenecía, y entonces él daba tímidos pasos de propiedad.

Pero no importó, al final JULIA lo dejó, y él la dejó. Julia decepcionada de toda su apuesta a Simón;  él no logró más que una aburridora negativa a intentar lanzarse a algo decidido, con alegría y convicción. Desde que Julia se había casado no se veían, tal vez hasta se olvidaron; para Julia él era un hombre tan inconstante que era peligroso para una mujer como ella; y para Simón ella era tan convencida de lo que quería, que temía perder sus lánguidos logros, de científico y solitario.

Julia al desperdirse de él, le dijo: no olvides Simón, si para tí es importante la soledad, la podrías conservar aún amándome... todo es posible cuando amamos, es asunto de intentar y ser recursivos, como todo en la vida.

El esposo de Julia, viajó a Florencia, dejando a Julia en Roma, ante un problema intempestivo de negocios. JULIA desconcertada ante la ausencia obligada de su esposo en sus primeras vacaciones juntos, volvió al hotel después de la partida de él, se encerró allí a admirar la vista expectacular, y a escribir. Un golpe en la puerta, el camarero, con un recado, "se que estás aquí, anhelo verte". Así recibió recados tres veces al día, durante dos días, cuando Julia finalmente respondió, " dónde quieres que nos veamos, te parece en el café Dondolo?"; recibió un recado final: " SI!!! a las cuatro".

Se encontraron a las cuatro en el café Dondolo. Como era de esperarse, SIMON callado, algo nervioso, pero cambiado. Como la víbora de Paringuey se camufla para cazar, así lo veía JULIA, sorprendida de sus dotes de camuflaje, para atrapar a un animal más pequeño que él.

Julia se había distanciado de él en su memoria;  al verlo solo sentía su acostumbrada incertidumbre, pues Simón había abierto preguntas en ella, a través de las que ella se replanteó por un tiempo, solucionó algunas, retrocedió en otras, seguía sin entender las fundamentales; tal vez buscando respuestas, seguía asida a él. Intercambiaron las frases y conversaciones de rigor; hasta que Simón le pidió a Julia quedarse con él. Mientras Julia pensaba en su esposo, en Florencia, en el problema del negocio, en los días que le quedaban en Roma, en la ambiguedad de sentido de esa frase "quedarse con él" y en la curiosidad de que la palabra Roma, se lea a la inversa: amor.

No aceptó, sabía que él necesitaba algo de ella, que al conseguirlo, simplemente volvería a desaparecer, para digerirla. Se levantó y se marchó; Simón esperó un rato sentado en la silla, viendo sin pensar en nada, dos perros que peleaban por un hueso, en el centro de la calle. El se sentía alguien medianamente decente, honesto, alguien brava gente, como se les dice en italiano a aquellos con bondad. Pasó allí la tarde, escribiendo en una servilleta, la necesidad que tenía de sentirse querido. Nunca encontraba las maneras de decir lo que quería, lo que sentía, porque hasta las letras cuidaba, para no comprometerse.

"El regreso nada significa para quien recuerda el lugar de los encuentros y añora la fronda del abeto donde todo se confunde con el canto de las aves" recurrió al fragmento de ese poema que leyó de un escritor anónimo, cuyo poema venía en un papel arrugado dentro de una botella en la costa Civitavecchia, arrugado como si alguien lo hubiera encontrado botado en la basura, y al leerlo quisiera darle otra oportunidad de ser recibido, por un naúfrago que lo necesitara, tal vez al otro lado del mundo.

Llegó la servilleta a manos de Julia, por medio del camarero de las notas anteriores. Ella le devolvió la servilleta con una nota al reverso, que se encargó no fuera vista por el mensajero. Al recibirla Simón, quien esperaba en la recepción como quien espera noticias de un examen importante, para el cual tuvo que recurrir a copiarse de otro aspirante. La abrió, leyó las letras que fueron como un suave perdón, decía: si quieres sube y hablamos.

El tomó el asensor al quinto piso, pero se devolvió a la recepción, fue a la pastelería para llevarle a Julia el pastelito de piña de siempre. Llegó a la habitación 504, Julia lo recibió amablemente, invitándolo a sentarse. Simón salió de allí a las diez de la mañana. Siguiendo su rutina diaria sin cambios, sin novedades, tal vez solo la de sentirse sin la necesidad de hundirse por ahora, en meditaciones trascendentes. JULIA y SIMON nunca habían pasado un tiempo así juntos, encontrándose acoplados en un querer sin presente.

Seis noches repitieron su encuentro, explorándose y conociéndose como si hasta ahora se vieran, hombre y mujer en un espejo del paraiso. Julia realmente lo quería, y eso se percibía en su forma de permitirse para él. El quería saciarse, eso le sería suficiente. Se mostraba a Julia con cierta naturalidad y hasta indiferencia con lo que ocurría; Julia sabía que significaba para ambos cosas diferente, su encantador encuentro. El dormía, sin palabras, ni poemas, ni servilletas como papiros de la esperanza; Julia prefería no pensar en nada, ella era una mujer de otra época, eso le decían sus amigos, de aquella época en la que las palabras tenían honor, no solo se usaban para seducir, sino para amar.

Se fueron las noches y los amaneceres, sin que Simón dijera nada. Nada de valor al destino, nada para retenerla, nada para no dejarla ir de nuevo, nada para quedarse con ella, no solo una noche, sino como un verso en los diarios de las letras del futuro; nada para despedirse con la gala que tal vez JULIA creía merecer. Ninguna cortesía que le hiciera entender a Julia, qué tan temporal era ella para él.

Volvió el esposo, y Julia se marchó con él.

No hubo cartas, no hubo las letras que hubiesen alimentado el alma y que ella le había pedido, no hubo solicitudes de regreso, no  hubo espacio en la memoria, no hubo cortesía ni para decir adios, no hubo amor en ROMA.

Simón y Julia

Comparte este Goo:

¿Tiene contenido inapropiado?

Comparte este goo con un amigo: