El Silencio y la Soledad, disfrute y placer

El silencio y la soledad para infinidad de personas son un disfrute, un verdadero placer, sin embargo; a veces da la impresión de que son muchas también las que sienten un temor inusual por el silencio y la soledad. Tomemos por caso o ejemplo que; dentro de esos grupos, bastante personas que se sienten atraídos por la meditación pero, no lo hacen porque; se sienten aterrados de conectarse con sus emociones más profundas, difíciles, con la propia mente enteramente atiborrada por pensamientos confusos y turbulentos.

Estas personas sienten un miedo menor, inclusive ante la impresión de una calle atestada de personas y vehículos, que por el contrario, quedarse apenas unos minutos consigo mismo. No es de extrañar esta aptitud: Cuando nos sentimos, ansiosos, agitados, rehuimos el silencio, ante la perspectiva de que ello empeore nuestra situación. Una pregunta. ¿Y si nos sujetamos a la acción de trascender el muro que representa las emociones difíciles y nos sumimos en el silencio?

Esta experiencia, seguramente; nos hará ver todo lo que pasa sin derrumbarnos, quizás; del lado de las aguas turbias de nuestro sentimientos, hay un lugar en el que reina la belleza. No hay ninguna seguridad en esta cuestión, contrariamente, asumamos que vale la pena voltear en nosotros este asomo de ruido que se encuentra enquistado en un sinnúmero de personas.

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Aprendiendo a cultivar el silencio

Aprendamos a cultivar el silencio, porque; este es el santuario de nuestro templo interior, el espacio donde se asienta la verdad del corazón. Sin este estado no podríamos llegar, allá donde habita el conocimiento verdadero. El silencio nos conduce mansamente al sitio en que la vida crece verdaderamente, más allá de nuestro bagaje intelectual.

El auténtico silencio interior, nos conecta con la sabiduría verdadera, aquella; que olvidamos apenas después del nacimiento. El silencio se encuentra imbuido de lo que no se expresa, lo que está más allá de las palabras, de lo que en verdad quisiéramos decir. Observemos a la naturaleza, como nos abre sus brazos para enseñarnos a guardar silencio, expresado en bosques y montañas.

Aunque no tengamos “naturaleza” cerca, podemos ejercer el silencio, en nuestra habitación, en el jardín, caminar, o sentarnos en el rincón de una plaza tranquila, mirar el cielo, así; podemos animarnos a escuchar el silencio, contrastándolo con los demás sonidos. De esta manera disfrutaremos de la divina dulzura contemplativa de unos momentos de silencio.

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