Un domingo en el Mediterráneo. He vuelto a pasear por la playa. Da gusto sentir el suave sol sobre la piel, la caricia de la arena bajo las plantas de los pies, el ruido de las pequeñas olas rompiendo sobre la arena, el plácido y tranquilizante rumor del mar...

¿El romper de las olas sobre la arena? ¿El rumor del mar? No, no, no... eso no... no he podido oírlo, apreciarlo, valorarlo, disfrutarlo... porque a la hora en que he bajado a la playa ya se encontraba llena de gente... y ¿qué ocurre en cualquier playa española cuando hay mucha gente? Pues eso... que hay muchos gritos: gritos de pequeños asustados por las olas o porque se acaban de mojar, insoportables gritos estridentes de progenitores llamando la atención a sus vástagos, horrísonos chillidos de adultos que creen que cuanto más alto hablen, chillen, más razón van a tener, más atención van a recibir.

Así sucede, una y otra vez. Una situación, una actitud que no cambia con el paso de los años, que parece formar parte inherente de la memoria genética colectiva al sur de los Pirineos. Y por eso me sigo sorprendiendo cada vez que cruzo la frontera, cada vez que viajo al país vecino y puedo disfrutar del romper de las olas, del rumor del mar, de la placidez de una playa en verano, incluso en pleno agosto, con las playas llenas de gente... y no se oye nada... Y si acaso se oyera, casi seguro que es de un compatriota nuestro!

Basta acercarse a playas vecinas como Biarritz, San Juan de Luz, Hossegor, Arcachon... y, como en cierta ocasión me dijera un amigo en la playa de San Juan de Luz, repleta de gente en pleno agosto, aquí se respira paz, se respira tranquilidad... ¡Que envidia!

Un poquito de silencio, por favor...

Comparte este Goo:

¿Tiene contenido inapropiado?

Comparte este goo con un amigo: