SIEMPRE LISTOS. UNO

Recuerdo las frecuentes excursiones campestres programadas por el grupo de Boy Scouts del colegio, del que durante un buen tiempo hice parte.

Época aquella que nos permitió andar libremente por montes, cerros y veredas de este nuestro territorio, sin la aprehensión y zozobra del atraco, el secuestro, la violación o el vil e impune asesinato. Saludables y enriquecedores paseos de los muchachos exploradores que permitieron reconocer regiones y costumbres, comportamientos y actitudes de propios y extraños.

Para empezar, recuerdo aquel viaje en las vacaciones de mitad de año, donde adormilado en mi sleeping sentía muy próximo el nítido cacareo del mimetizado e impertinente gallo campesino al despuntar la aurora. Predominante sonido de todos los rurales que allí se escuchaban. Alharaca que con facilidad se colaba por el formidable follaje de vivos tonos verduscos, aun húmedo y goteante, fumigado por la alquimia de Merlín en ardientes flores de cromáticos colores tropicales, que los tibios rayos del sol a esa temprana hora empezaban a lamer. Agrestes matorrales y exuberantes arbustos que obscenamente se introducían en todas direcciones, rodeando y asfixiando la abandonada construcción de gruesas y largas varas de guadua, pisos de anchos y burdos tablones de madera solamente, porque ni paredes o tabiques divisorios existían en aquel modesto cobertizo.

Sostenido milagrosamente en la inclinada pendiente, de la pedregosa cañada por donde rugiente se encauza la temible y crecida quebrada.

Asentamiento donde habíamos llegado tras agotadora marcha la noche anterior, retrazados cansados y empapados por la torrencial tormenta que de repente nos embistió en la travesía del ascendiente y tortuoso camino asignado a las tres patrullas de las siete que conformaban el grupo de excursionistas.

El aroma del fresco café mañanero preparado por los centinelas de turno, mezclado con la fragancia y el vaho de la tierra caliente, me impulsó a levantarme y cumplir con los deberes fijados en el código de honor establecido por el general inglés Robert Baden-Powell, en la organización juvenil que institucionalizó a principios del Siglo XX.

Antes de iniciar el día descubrimos que observando desde un alto rincón de esta inconclusa estructura, se podía divisar y apreciar a lo lejos en toda su dimensión reverberando el extenso Valle del Magdalena con su plateado, resplandeciente y serpentino río. Cerrando el horizonte en contorno, en un primer plano imponentes aparecían los farallones que caracterizan aquella bella región cuyas cicatrices exponían sus infinitas edades geológicas, como tallas interrumpidas de dioses escultores que con sus gigantescos cinceles cavaron sepulcros, en su eterno cónclave.

Después de consumir un abundante y ahumado desayuno, alistándonos para partir, trincando morrales en la briosa mula alquilada, ocupados recogiendo y guardando corotos, dos nenes, no encontraron mejor diversión que lanzarse a los pies, sus cuchillos de explorador, artefactos que hacían parte del variado equipo de supervivencia, armas tan mortíferas como las eficaces dagas de la secta de los Hashishins de la inexpugnable fortaleza de Alamut, la guarida del viejo, conocido de autos por los Templarios.

Aprovechando el adecuado piso de madera les gusto a aquellos improvisados artistas circenses, ver cómo sus cortantes cuchillos al clavarse contra el suelo, las afiladas hojas de acero quedaban vibrando con su tenue lamento violinezco, por la fuerte energía liberada del impacto. Saltando aquí, haciendo el quite allí alegres corrían de un lado para el otro los hasta ahora compadres, en una danza de riesgo y dentro del círculo de entusiastas seguidores que se había formado, quienes los vitoreaban incitándolos aun más en esta sangrienta y peligrosa diversión de clavados.

Cuando la puñaleta certeramente como una carga explosiva, crucificó el pie de uno de ellos, a la altura del empeine, paralizados vimos penetrar el tennis azul del contrincante. En aquel ofuscado momento sólo se oyó en el entorno el sordo bramido de la quebrada, hasta las estridentes e indiferentes chicharras perdieron el aliento y pasaron saliva. Después de ese interminable momento inicial de estupor la tropa maduró, quizás por un interno sentimiento de culpa, reaccionando de inmediato. Se organizó aceleradamente cuadrillas de primeros auxilios, solícitos ejecutaron el torniquete, que detuvo el escandaloso torrente de sangre que a borbotones manaba, calentaron agua hirviente para lavar la herida y salirle al paso con la infección, aparecieron limpias vendas y la improvisada y desguarambilada camilla de lona y nudos a la marinera no se hizo esperar.

Con este amargo acontecimiento no sólo se descompuso la programación de la aventura, además se alborotó la gastritis aguda que padecía el guía que también nuestro profesor era. Su nombre Camilo, alto y desgarbado, ahora retorcido por los intensos y ardientes dolores estomacales que lo invadían, suavizados con Milanta-Emulsión, indignado y molesto se quedó con el apuñaleado a quien la benefactora inyección antitetánica le esperaba en el primer puesto de salud veredal que apareciera.

El resto de imberbes continuamos la travesía por el húmedo sendero de charcos y fango al encuentro de las otras cuatro patrullas, según el programa previamente establecido. Cita fijada en “Tres Esquinas”, intersección de caminos y como referencia inequívoca la tienducha de paredes blancas, puerta y ventanas de colores allí plantada, donde se vendía pocos víveres y abarrotes y si mucho chisme y desinformación. Reunidos los grupos esperamos la primera flota que acertó a pasar, automotor como todos los de su clase, de rechinantes colorines, letreros y emblemas en pintorescas y grandes letras góticas o algo parecido, con descalzurriado ayudante incorporado, quien viaja con tan sólo una pata en el estribo del bus, porque el resto de su cuerpo en perfecto equilibrio se mantenía afuera de este todo el tiempo. Futuro chofer, propietario, empresario, político, y porque no, Presidente, casos se han visto, después vendrán y se coleccionaran al igual que sauvenirs “las Honoris Causa”, y emitirá sentencias como “ Reduciré la corrupción a sus justas proporciones”, al mucharejo desde pequeño no le gusto la competencia, o “Todo fue a mis espaldas”, “ Bien venidos al futuro”, “ Nunca estuvimos mejor”, expresiones presidenciables referentes seguramente en su alusión cada susodicho a El y su exclusiva familia. Por ahora este descamisado ayudante es frágil e insignificante, estando adherido al interdepartamental, agitándose como banderín de promoción. Morirá de vejez fosilizada, quien lo creyera no en el Panóptico, sino en el Elíptico. Preguntándose con cinismo después de su perturbadora gestión “Porque recordarán mi gobierno?”, poniendo a pensar al país, no se sabe pensando que, pero seguro si poniéndolo.

Acomodados lo mejor posible, devorando frutos de la región, nos encaminamos al próximo pueblo. Dos horas después, el autobús levantando polvareda interrumpió con su llegada, la tediosa calma del lugar rechiflando con estridencia consecutivamente sus poderosas cornetas de aire, que también aprovechaban los ojos del Sagrado Corazón por ingeniosa conexión, al iluminarse intensamente y de forma simultanea con el accionar del pito. Venerada imagen que piadosa se protegía en un adorado nicho de plástico y brillantes velitas artificiales a manera de retablo, icono criollo en la parte superior de la cabina del conductor al lado de una descolorida y rasgada lámina de calendario que dejaba ver una exuberante modelo semiempelota.

Atravesado el bus en el centro de la pequeña plaza del pueblo, donde con gran algarabía cual lagartijas y renacuajos espantados de todos los rincones brotaban corriendo descalzos, abalanzándose los vendedores de comida y chucherías, compitiendo pegados y atiborrados a la flota, ofreciendo avena helada, jugo de tamarindo, achiras, alfandoques, mazorcas, chicharrón, morcillas, variedad de frutas, y el plato principal, la tiesa, curtida y gélida gallina de mortecino color amarilloso, dispuesta y atestada en cajones de vidrio, como acuarios, de grasosas y pegachentas paredes y su marcado toque ácido, el enredado mosco de siempre, que difícilmente de desplaza a trompicones por aquellas patinadas superficies, intentándolo todo hasta su agónica muerte en el fondo del recipiente, acumulando sus restos con los de sus antecesores congéneres, como impúdicos arrumes de cadáveres de eficaz campo de concentración nazi.

Comida servida en irregulares pedazos rasgados de papel periódico o en hojas de plátano cuando éste faltaba, la verdad ninguno de los dos métodos ayudaban mucho.

Después de la pausa, aprovechando el orinal pestilente y colectivo de la ruidosa cantina y billar del municipio, enrumbamos hacia Bogotá. En el ascenso, con el sol para ocultarse a poco salir del pueblo, divisamos el inconfundible automóvil Plymouth negro, modelo 46, del señor Ortegón, prospero comerciante de abarrotes y granos del almacén El Portin, conocido por su patético eslogan “El de las novedades sin fin”, atendido directamente por su gerente y propietario Don Pompilio Ortegón Tinjaca, y su querida familia, personajes de otra larga historia que narrar, que aquí brevemente reseñamos.

Venía aquel “engallado” coche pesado, sobrecargado, lento y jetiando, por el grueso equipaje y los numerosos familiares y parientes que viajaban con don Pompilio. Peso que iba levantando la parte delantera, del auto apoyado aquel carromato como brioso corcel solamente en sus cuartos traseros, de tal forma que el guardafango posterior casi raspaba el pavimento al vaivén de los flácidos amortiguadores. Servía este amplio guardafango para colgarle todos los chingues y toallas que húmedos chorreaban todavía abundante agua, de la última y apresurada zambullida que se dieron todas aquellas criaturas en los pozos del río antes de partir. Visible se destacaba en la ventana trasera, dentro del revoltillo de suéteres, ruanas y prendas de lana, previstos para la entrada a la fría capital, una colorida y tricolor esfera grande de caucho con letras y números, grabados en altorrelieve, conocida como la pelota de letras, objeto de venta en cualquier cacharrería y almacenes de miscelánea de barrio. Juguete muy apetecido por los nietecillos, e infaltable en los frecuentes paseos y piquetes sabaneros de parrilla y olla con papa salada y huevo cocido tan acostumbrados por la familia Ortegón, oportunidad que también aprovechaba el rico tendero para hacerle entrenamiento de campo a sus gallos de pelea favoritos. Al lado de la pelota pero un poco al fondo, destacaba la siempre utilizada amplia pañoleta verde fosforescente y estampada de rosas amarillas que cubría hasta el cuello la cabellera gris, recogida cuidadosamente con hebilla de carey de la señora madre, doña María Tinjacá viuda de Ortegón. La ancha capota del vehículo servía y se aprovechaba para situar en ella bien atados con la gruesa cuerda de manila, tan útil para las varadas, al igual que la legitima navaja suiza multiusos victorinus llevada siempre al cinto del comerciante, dos encostalados bultos completos de naranjas y uno de plátano hartón verde, que le agregaban más peso al carro, pero que valía la pena llevar por su sabor y precio.

Transitando muy orondo don Pompilio por el centro de la carretera, ausente impedía el normal transito vehicular, exacerbando al chofer de la flota, quien accionaba para pasar las violentas cornetas, sin inmutarse ni amedrentarse. Por el contrario, en el cáustico andar del Plymouth de tanto en tanto en el trayecto, expulsaban manojos de abundantes cáscaras de naranja, mandarina, plátano o huevo duro, cuando no tusas, huesos de gallina y hojas de tamal, sobrantes de las viandas que iban consumiendo y saboreando como en la jaula de los micos, en su viaje de regreso, después de temperar, toda esta numerosa, creyente y supersticiosa familia, dejando esparcidos sin turbarse de su inculto comportamiento, sucia y mugrienta la carretera de todos los desechos de su indigesta y ahíta merienda.

Finalmente, conjurando los humeantes y sulfúreos infiernos el chofer de la flota en un acto de tenebrosa irracionalidad, acelerando a fondo en una abismal curva de la angosta vía, arrinconando altaneramente contra el barranco el mamotétrico carromato, ocupando la flota el carril contrario logró sobrepasarlo, acción que permitió con mayor precisión detallar de cerca a don Pompilio quien con barba de tres días, vestía una empapada y sudada franela, que blanca fue, arremangados calzones negros de brillante paño, mareado sombrero alón de fieltro gris, supusimos posiblemente que sus hinchados y recalentados pies desnudos, sin medias, calzarían unas gastadas chagualas de añejo color marrón y suela de caucho, sin cordones y deslengüetadas por supuesto, para mayor comodidad, ¡Porque mi hermano, póngale cuidado la calor si es berraca; me entiende! Expresaba aquel comerciante toda vez que se refería a la tierra caliente.

Escupiendo trozos del palillo, que chasqueando masticaba macerándolo entre las muelas por horas, frenéticamente de lado a lado de la comisura de la boca, iracundo, gesticulaba emitiendo improperios contra la flota y su chofer, agitando en señal de protesta por la ventanilla del conductor, blandiendo con fuerza la mediana toalla que nunca dejaba, color café de anchas listas rojas, que usualmente mantenía enjoscada al cuello, facilitando así, por la cercanía, secar periódicamente sus fértiles axilas rivalizando aquellas en su perturbada capacidad sudorífera con las palmas de sus manos.

Vimos cómo nos íbamos distanciando cada vez más de don Pompilio, su familia y su jadeante Plymouth, hasta perderlos de vista en alguna curva de aquel desfiladero, vital artería de la rala red vial nacional, llegando de noche, con cernida llovizna a la titilante, fría y desolada ciudad, cumpliéndose otro ciclo exploratorio.

 

 

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