Hace frío. Mucho frío. Las malditas olas siberianas nos dejan escondidos en casa, agazapados bajo mantas (el kilowatio de la bomba de calor asusta más que congelarse las narices), y algunos/as desempolvan los pijamas de tergal.Esta noche, lo juro, he mantenido una conversación muy agradable con un pingüino en el cuarto de baño de mi casa mientras visitaba al tío Roca. Me decía el bichejo que él ya estaba acostumbrado a estas temperaturas, que para él esto es lo normal. Menos mal que este frío pasará pronto (lo siento por los carnavales).

Sin embargo este optimismo metereológico no se contagia cual gripe a la meteorología económica. Aquí la cosa es mucho peor. Dura mucho. Empezó hace tiempo (no recuerdo lo que es llegar al 15 del mes) y no tiene visos de acabar pronto. Qué digo pronto. De acabar nunca. Nadie se atreve a jugarse el bigote como aquel Medina de la tele y hacer una predicción sobre el fin de estas inclementes inclemencias. Y el que habla, manifiesta todo lo contrario; vamos los últimos, empatados con Grecia, en lo de resucitar los bolsillos.

Todo tiene muy mala pinta. y no es ser pesimista, no. La realidad presenta un dibujo gélido, sin soluciones que aporten calor y, lo que es peor, sin personas que muestren alguna capacidad para arreglar el cotarro. Tendremos que ser como mi colega nocturno, como el pingüino y acostumbrarnos a esto, a ver normal el pasarlas canutas para llenar la nevera, pagar los recibos y sobrevivir bajo este cielo tan,tan,tan encapotado. Hace frío. Mucho frío. Y puede que haga más.

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