Qué tan seguido se dice algo sin creer en ello realmente, o sin estar seguros de nuestras convicciones.

¿Ser congruente o incongruente?

He presenciado, y he sido parte afortunadamente, de un fenómeno social tan común en las relaciones personales como los saludos o las sonrisas. Y para ponerte en contexto buen lector, tendré que formular una remembranza verosímil; cuyo estado sea conveniente para entrar los dos: usted amablemente y yo acompañándolo, al curioso mundo de la Psicología Social y el comportamiento humano.

Si yo le contara, querido amigo o amiga, quizá encontraría extrañamente posible el que un sujeto de sexo relativo le gritara exaltado a otra persona cualquiera; con la vista torcida y el entrecejo fruncido: –¡Híjole, ya viste a Ximena? –; o Laura, o Betzabé –¡La muy hipócrita anda diciendo que respetemos las relaciones de los demás, y ahí anda de ganona con Jaimesito, el novio de Lorena! –; o Carmen, o Gabriela.

¿Le sonaría conocido?, tal vez sí. Con sucesos parecidos, llegué a formularme una pregunta que como psicólogo recién graduado no pude evitar dejar al aire sin investigar al respecto: ¿será el ser humano capaz de vivir todos sus años con una convicción de piedra?, siguiendo letra por letra los principios propios y privado; o será, más bien, ¿inherente que todo hombre y mujer pisen fuera de los límites de vez en cuando? Y de ser lo primero, ¿es una vida realmente satisfactoria ser así de estricto con uno mismo?; o de aplicar lo segundo: ¿qué tanto habrá que sentirse culpable, una vez que he violado mis sagradas convicciones?

León Festinger allá por el año de 1959, trabajó con James Carlsmith, ambos psicólogos sociales investigadores, con la intención de realizar un experimento que comprobara su teoría sobre la “disonancia cognitiva”. El estudio pudo reunir setentaiún estudiantes universitarios del departamento de Psicología en la Universidad de Stanford con el propósito de hacerlos trabajar en actividades de sumo tedio y aburrimiento. Se dividió a éstos estudiantes en dos categorías: A y B. Los del grupo A, después de realizar actividades poco interesantes, fueron remunerados con veinte dólares si podían decir a otros estudiantes que la actividad había sido entretenida y muy divertida; mientras que a los del grupo B, se les otorgaba tan sólo un dólar para que hicieran lo mismo.

Los hallazgos de la experimentación fueron realmente fascinantes: los sujetos experimentales del grupo A fácilmente disfrazaron sus convicciones, o aquello en lo que creían, con la mentira de que se habían entretenido; sin embargo, se mantuvieron conscientes ante el disfraz y pudieron aclarar después que la actividad había sido realmente aburrida y que habían dicho lo contrario, sólo por el dinero. Los otros (los del grupo B) por otro lado, debido a la poca remuneración positiva que obtuvieron, resultaron por cambiar sus creencias totalmente para asegurar que la actividad había sido divertida; éstos, una vez terminadas las entrevistas, afirmaron haberse entretenido bastante y optaron por hacerlo otra vez si se les diera la oportunidad.

La conclusión resulta entonces conveniente para la teoría de Disonancia Cognitiva, cuya aclaración es la de adjudicar a todo ser humano con algo llamado Consonancia Cognitiva; o lo que es igual: un equilibrio y bienestar del ente mental. Ésta consonancia se ve alterada cuando el individuo presencia una situación en la cual sus principios están puestos a prueba;viéndose imposibilitado para cumplir convicciones personales, vive el fenómeno de disonancia. Ésta anormalidad prontamente afecta al sujeto causando ansiedad y molestia, para lo cual busca esclarecimiento y lo encuentra en la modificación considerable de sus ideologías.

Así pues, en la imposibilidad de Ximena para resistirse a Jorge, deberá cambiar su certeza en cuanto a las relaciones y optar por aceptar que de vez en cuando está bien dejarse llevar.

El ser humano vive constantemente esta Disonancia Cognitiva y varían sus consecuencias psicológicas dependiendo de la densidad que hay en las convicciones humanas. Sí es posible que un hombre o una mujer vivan enteramente puros y sin ser persuadidos por los demonios tentadores, sin embargo, los principios tendrían que ser poco estrictos; o el sujeto tendría que ser sumamente recto consigo mismo.

Y en cuanto a los placeres y desplaceres que hay en seguir o no aquello que has creído por años, bueno, también resulta relativo; y para responderlo tendrá el lector que cerrar los párpados, escuchar el relajante movimiento de las olas y luego comenzar una evaluación detallada de sus ideologías. Le aseguro, amante de la conducta humana, que al final de ese viaje al interior: encontrará unas doctrinas dignas de seguir tal como están escritas en su moral; y otras también, cuya violación y reescritura podrían ser realmente satisfactorias.

Información de: Festinger, L. (1957). A theory of cognitive dissonance. Stanford, CA: Stanford University Press. ISBN 978-0-8047-0911-8.

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