Cuando se habla con tanta familiaridad de las cantidades de dinero extraviadas por estos políticos salteadores y de la alegría con la que se lo pulen, a un españolito acostumbrado a sufrir por un euro le invade un sentimiento revolucionario, un despertar hacia la rebelión que puede llegar a trastornarle. De buenas a primeras, lo que apetece es echarse a la calle y reventar el sistema. Luego, el sentido común traiciona y domina a sus impulsos y le conduce por la senda de la cordura y los principios democráticos. Se convence de que el sistema no es el malo, de que los dañinos son estos maleantes, que abusan de él y de aquellos que con su fe lo defienden día a día.

No vale la pena bautizarles como corruptos, chorizos o ladrones. Les importa un comino, y se parten el pecho de risa; se burlan de todos, pues se creen y se saben intocables. Y les da lo mismo chuparse una temporadita de trena, se lo toman como vacaciones pagadas. Cuando salen, siguen siendo los amos del paraíso, ya que la justicia y unas leyes que hacen agua nunca consiguen recuperar lo que han esquilmado. Vomitan sobre nosotros su soberbia y prepotencia, y nos insultan sin descanso, tomándonos por tontos. Y nosotros, a tragar. Porque no nos queda otra, si queremos salir en la foto.

Son malos tiempos para las ideas. La necesidad es la dueña de la situación y controla los sentimientos. El socialismo simplemente no existe, pues su espíritu revolucionario ha sido devorado por un feroz consumismo y un atroz capitalismo. Además, ya no quedan revolucionarios de verdad, aquellos que llevan la justicia y la libertad en el corazón. Los que hay ahora la portan en la boca y en la cartera, pues viven de las fábulas que inventan sobre ellas. Está la cosa muy fea para esto de pensar.

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